Pepita, la pistolera: el true crime se vuelve melodrama en la historia de una mujer llena de claroscuros
Lucía Puenzo dirige a Luisana Lopilato en la biopic de Margarita Di Tullio, la legendaria “reina de la noche marplatense”, en un relato tan comprensivo como desagarrador
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Pepita, la pistolera (Argentina/2026). Dirección: Lucía Puenzo. Guion: Lucía Puenzo, Andrés Gelos, Tatiana Mereñuk. Fotografía: Iván Gierasinchuk. Música: Andrés Goldstein, Daniel Tarrab. Edición: Misael Bustos. Elenco: Luisana Lopilato, Claudio Tolcachir, Alberto Ajaka, Charo López, Marcelo Subiotto, Camila Peralta, Esteban Bigliardi, Gustavo Bassani. Duración: 106 minutos. Calificación: Restringida para menores de 17 años. Distribuidora: Buena Vista International. Nuestra opinión: muy buena.
El true crime llegó al cine argentino para quedarse y, contra lo que podían suponer los agoreros de siempre, es una muy buena noticia. Pepita, la pistolera de Lucía Puenzo, trasciende el mero relato policial para revelarse como un poderoso y oscuro melodrama.
La materia prima que derivó en el guion firmado por Puenzo, Andrés Gelos y Tatiana Mereñuk es la historia real de Margarita Di Tullio, “la reina de la noche marplatense”: prostituta, administradora de burdeles y con vínculos con el hampa de la zona.
Quien conoce en profundidad la vida de Pepita, descubrirá que la película opta por delinear a un personaje muy interesante sin, necesariamente, circunscribirse únicamente al archivo. Al contrario, lo importante aquí es sumergirse en la complejidad moral de la protagonista, que no es ni víctima ni heroína, sino una sobreviviente con una esencia en claroscuro, que complejiza sus decisiones y a la vez las vuelve creíbles, interesantes y abiertas a debate.
No es fácil hacer equilibrio a la hora de retratar el mundo de una mujer como Di Tullio; sin embargo, Puenzo sabe cómo: mediante una serie de situaciones que van empujando a la protagonista cada vez más al límite. La construcción narrativa es tan sólida que se permite ser tan comprensiva como desagradable, sin que estos cambios de registro afecten el devenir del relato. Lo que una lectura fría invitaría a pensar en contradicción o ambigüedad, en pantalla se transforma en sucesivas causas y consecuencias, hasta la situación límite final.
Si Pepita, la pistolera consigue su objetivo de contundencia es, en gran medida -además del libro y la dirección-, gracias a su protagonista. Por sucesivas entrevistas durante el rodaje, se sabía que hacer esta biografía era un proyecto largamente deseado por la actriz. Sin embargo, más allá del lógico entusiasmo, el deseo no alcanzaba para confiar en que Luisana Lopilato estuviera a la altura del rol. Incluso cuando desde hace tiempo se sabe que es mucho mejor actriz de lo que el medio ha instalado con los años. Por eso, por si hacía falta reafirmarlo, su Marga (sobrenombre previo al que la inmortalizara) hace gala de una suma de matices que dialogan con las distintas aristas del personaje. Incluso, en algunos momentos, va más allá de la criminal de la vida real. Y es que, en la búsqueda de los porqué, el equipo eligió “entender” a la mujer real, intentar comprender por qué fue lo que fue e hizo lo que hizo; y al mismo tiempo, dejar en blanco aquellos espacios de su vida que no tuvieron explicación. La de la ficción es cerebral, pero también impulsiva; por momentos frágil, por momentos cínica. Dispuesta a plantarse en un submundo masculino cueste lo que cueste, y sin medir las consecuencias.
El guion confía tanto en la arquitectura de sus personajes (principalmente en los femeninos) que por momentos deja a un costado algunos elementos que se diluyen con el avance de la historia. Por poner algunos ejemplos: ni el asesino de prostitutas, ni los ajustes de cuenta alcanzan una contundencia a la altura de lo que prometían al comienzo. No se siente tanto a la hora de la evaluación final del espectador, pero la pérdida de fuerza se nota.
Pepita, la pistolera acumula méritos para no pasar inadvertida. Más allá de su mayor o menor adhesión a los expedientes y su retrato de una Mar del Plata años 80, dominada por la corrupción política y policial, Lucía Puenzo decide sumergirse en las sombras de una historia real, hasta encontrar a esa mujer que supo hacerse fuerte a partir de sus propias contradicciones.



