
Perrone: verdad y toques de poesía
"Peluca y Marisita" (Argentina/ 2001, color). Dirección: Raúl Perrone. Con Iván Noble, Gabriela Canaves, María Scarvacchi, María Lorenzutti, Gerardo Baamonde. Guión: Raúl Perrone, inspirado en textos de Iván Noble. Fotografía y cámara: Rolando Rauwolf. Música: Alejandro Seoane. Edición: Luis Barros. Presentada por Primer Plano Film Group. Duración: 85 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Nunca está de más recordar que el cine de Raúl Perrone es un fenómeno aparte ni advertir que no está hecho para los espectadores que prefieren la familiaridad de las fórmulas, de las estructuras narrativas y de los códigos habituales del cine comercial. Tampoco para quienes esperan su (generalmente aséptica) pulcritud formal. Independiente de verdad, Perrone cuenta sus historias con los medios que tiene a su alcance (por lo general, y también aquí, el video), empleando equipos reducidos, pocos actores -muchos de ellos no profesionales-, y escenarios naturales que encuentra en su entrañable Ituzaingó.
Los rasgos de su estética responden a una elección expresiva: cronista de lo que ve -como él mismo se define-, no busca disimular las desprolijidades de la realidad ni volverlas más fotogénicas; así, destierra de sus imágenes cualquier glamour, incluido ese glamour involuntario que suele acompañar a la imagen fotográfica. Los colores saturados, la escasa iluminación de los interiores, la composición misma de cada cuadro, donde no siempre todos los elementos se distinguen con nitidez: todo es deliberado pero no forzado; no responde a ninguna moda, "dogmática" o de otra especie. Busca, por un lado, demostrar que el soporte es lo de menos y que lo importante es la verdad y la emoción que puedan transmitir los personajes que crea y las historias que narra, y por otro encuentra en ese modo distinto (y posible) de hacer cine el mejor sostén para darles a sus realizaciones una verdad reconocible. No es casual que haya encontrado un público propio, numeroso y devoto, aun sin haber entrado en el circuito comercial, y que haya sido esa corriente subterránea y alternativa la que hizo de su nombre un sinónimo de cine independiente de veras.
Sólo el presente
Si "Peluca y Marisita" marca algún cambio en su filmografía porque es más sombría su visión y más dramática su anécdota, es probablemente porque el panorama suburbano que Perrone observa a su alrededor también se ha vuelto más oscuro y no hay horizonte que se vislumbre a través de tanta cerrazón. La breve y conmovedora historia es la de una joven pareja de desempleados que sobreviven a duras penas y en el día a día: sólo cuentan con el presente porque no hay para ellos proyectos ni perspectivas ni soluciones. La ilusión -una ilusión de vuelo corto- apenas despunta a veces en Peluca, como en la escena de la conversación con El Huevo, su leal amigo, en el bar del club. Marisita, quizá más consciente de la realidad y por eso más empeñada en evadirse de ella, se anestesia en largas tardes de clausura frente al televisor.
El film se cierra sobre ellos dos (el verbo es deliberado) y sobre los conflictos que les salen al paso cada día, ya en familia -son constantes los reclamos de la madre de la chica, que a cada rato amenaza con echarlos de su casa-, ya en la calle, donde Peluca lucha por conseguir (y por cobrar) sus ocasionales "trabajitos". Aunque a veces la historia se abre para incluir una certera pintura de personajes laterales que traen distintos ecos de la misma crisis y de la misma desesperanza, la tensión narrativa siempre obedece a la dura cotidianidad de la pareja, a la que el inesperado anuncio de la llegada de un hijo empuja a tomar una decisión y promueve un doloroso desencuentro.
La conmovedora historia de Peluca y Marisita tiene menos humor y es más visceral y más intensa que las anteriores crónicas suburbanas donde Perrone resumía las pequeñas vivencias de los jóvenes de clase media baja, pero el ambiente es el mismo. Es también la misma esa prodigiosa autenticidad que hace creíble cada palabra y reconocible cada situación, y que confiere tanta vida a los personajes como para que el espectador se sienta personalmente comprometido con los azarosos vaivenes de su destino. Es en ese sentido decisiva la naturalidad de un elenco encabezado por el entrañable Peluca de Iván Noble, en cuyos textos se inspiró el director para elaborar el guión. Perrone es un cronista de la vida, sí, pero es también un artista y como tal sabe trascender el puro registro documental para iluminar el cuadro con un tenue soplo de poesía (en la secuencia del parque, por ejemplo, o en la despojada melancolía de la imagen final). Es esa poesía suburbana que su público percibe y disfruta y a la que seguramente no ha de ser indiferente el espectador sensible, por mucho que le cueste en un principio acostumbrarse a este cine de formato diferente, pero cargado de humanidad y de sincera emoción.




