Registro directo de una tenaz resistencia
"Grissinopoli - El país de los grisines" (Idem, Argentina/2004). Dirección: Darío Doria. Guión: Luis Camardella. Fotografía y edición: Darío Doria. Música: Martín de Aguirre y Sebastián Ruiz. Producción: Luis Camardella y Darío Doria. Documental presentado por Americine. Hablado en español. Duración: 81 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: buena
"Todos somos Grissinopoli", exclama uno de los trabajadores de la otrora próspera fábrica de grisines que no hace mucho ha entrado en convocatoria de acreedores y está a punto de desaparecer. La frase no responde a la encendida retórica de un romántico ni a la sagaz elocuencia de algún oportunista: es el sentimiento que anima al puñado de hombres y mujeres que se encuentran frente al abismo de la pérdida del empleo y se resisten a considerar esa nefasta consecuencia de la crisis como una fatalidad.
Han trabajado durante años en esa pequeña planta de Chacarita, quizá desde los tiempos en que todavía estaba al frente el turinés Carlo Savio, que la fundó en 1964, cuando trajo a la Argentina la primera línea automática de producción de grisines. Y han seguido trabajando hasta hace poco, aunque pasaran casi un año sin cobrar. La quiebra les muestra un horizonte negro, les vaticina el fin de su vida laboral: casi todos tienen más de 40, ya son "viejos para la sociedad". Y no están dispuestos a irse a casa sin luchar.
Que todos son Grissinopoli no sólo significa que quieren seguir sintiendo el orgullo de hacer "los mejores grisines del país": también expresa su sentimiento de pertenencia a una casa que ayudaron a hacer sólida y que se consideran en condiciones de recuperar. Tienen su oficio, sus conocimientos y su experiencia, y sobre todo el objetivo común y la voluntad de perseverar en él. Tendrán que aprender todo lo demás: a superar diferencias y armonizar criterios; a coexistir en la fábrica ocupada, con la tensión propia de la situación y lejos de sus familias; a distinguir entre quienes se acercan a ellos con verdadero ánimo solidario y quienes lo hacen para sacar de la situación algún rédito político. También deberán acostumbrarse a recorrer despachos de jueces y legisladores en busca de una normativa que los ampare. Y, más tarde, a ocuparse de los números, de los costos, de la comercialización.
Sin intermediarios
Es una lucha larga y tenaz que el miniequipo integrado por Darío Doria y Luis Camardella quiso registrar directamente, día por día, con una cámara que estuvo presente donde los hechos se producían y en el momento en que se producían, de modo que no hicieran falta explicaciones, ni entrevistas, ni relatos en off ni intermediarios de ninguna índole. La cámara estuvo casi desde el principio del conflicto, a mediados de 2002, en la panificadora de la calle Charlone, donde permanecían los dieciséis trabajadores que son los protagonistas del documental; asistió a sus debates, fue testigo de sus vacilaciones, de sus temores y sus recelos, registró la emoción ante el triunfo de la primera hornada, la ayuda solidaria de los vecinos y la oferta espontánea de un grupo de estudiantes secundarios; estuvo en las reuniones con universitarios, en las manifestaciones públicas y los espectáculos a beneficio. Y continuó recogiendo material para su testimonio hasta llegar a las sesiones de la Legislatura, donde se dispuso la cesión transitoria del inmueble, la maquinaria y el uso de la marca a la cooperativa, bautizada La Nueva Esperanza. El film se cierra con esas imágenes de alegría; la historia de Grissinopoli sigue hasta hoy.
La dificultosa tarea de edición fue resuelta con visible dominio del lenguaje cinematográfico. La hábil concertación del material confiere al film un crescendo sostenido en el que no faltan los momentos de emoción, la pizca de humor ni el toque de suspenso. Son elocuentes los rostros de los trabajadores sorprendidos mientras escuchan en silencio la opinión de los compañeros o la palabra de abogados, políticos y funcionarios; los pequeños gestos, los comentarios recogidos al pasar, las reflexiones e inquietudes que comparten entre amigos. La cámara sabe ser ubicua sin hacer subrayados innecesarios y sin interferir jamás en la acción, de modo que el espectador vive el proceso de cerca, como un testigo privilegiado.
El valor del film -premiado en Barcelona y Nyon (Suiza)- no sólo procede de esa inmediatez que lo caracteriza y de la fuerte carga de verdad que trae consigo el cinéma direct. "Grissinopoli" interesa y conmueve especialmente porque muestra los rostros reales de un problema del que suele hablarse mucho, pero en forma vaga, genérica e impersonal.





