Regresa el gran policial francés
"El muelle" ("36 Quai des Orfèvres", Francia/2004). Dirección: Olivier Marchal. Con Daniel Auteuil, Gérard Depardieu, André Dussolier, Roschdy Zem, Valeria Golino, Daniel Duval, Francis Renaud, Mylène Demongeot. Guión: Dominique Loiseau, Frank Mancuso, Olivier Marchal y Julien Rappeneau. Fotografía: Denis Rouden. Música: Erwann Kermorvant y Axelle Renoir. Edición: Hachdé. Presentada por Alfa. Hablada en francés. 110 minutos. Calificación: para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: muy buena
Denso y sombrío, con el clima pesado que presagia una violencia siempre a punto de estallar y la austeridad formal y el detallismo psicológico propios del cine policial francés, "36, Quai des Orfèvres" (aquí estrenado con el equívoco título de "El muelle") confirma la revitalización que ha traído al género el surgimiento de libretistas y realizadores con experiencia en las fuerzas de seguridad. La mayor contribución de este fenómeno es, probablemente, la recuperación de un personaje, el policía, que había ido fosilizándose en el estereotipo y que recobra así su dimensión humana. La autenticidad que se percibe en la composición de cada retrato no sólo enriquece el espesor dramático de los personajes: también confiere a la historia una credibilidad que compromete el ánimo del espectador.
Marchal, ex policía, actor y guionista, sabe de qué habla. Se inspiró en sucesos reales -de hecho concibió su film como homenaje a un ex colega que fue víctima de la razón de estado y pasó años en prisión hasta que Miterrand firmó su indulto-, pero no fueron los informes de la prensa su fuente fundamental, sino el testimonio aportado por ese oficial que jugó el papel de chivo emisario en un momento en que sonados casos de corrupción en la policía y el estruendoso fracaso de una operación contra la delincuencia -debido a discordancias internas- habían puesto a la fuerza en la mira de la opinión pública y exigían el sacrificio de un culpable.
A esa visión desde adentro sumó Marchal sus propias vivencias para situarnos en medio de una implacable competencia por el poder en la que se juegan lealtades, traiciones, rencores y ambiciones. El duelo lo propone el propio jefe de la policía judicial al anunciar su retiro, informa a los líderes de sus dos cuerpos de elite que entre ellos está su sucesor y será quien primero logre desarticular a la brutal banda que viene atacando los transportes de caudales en París.
Los contendientes son viejos amigos separados por sus métodos de trabajo (y también por una rivalidad amorosa que el film apenas insinúa); la lucha, implacable. La historia se centra en ese duelo de personalidades fuertes que Daniel Auteuil y Gérard Depardieu enriquecen al traducir su compleja interioridad con gestos sutiles -el primero, con su extraña mezcla de nobleza y brutalidad; el segundo, más oscuro, con su animalidad y su ambigüedad inquietantes-, pero en el film importan, y mucho, los personajes secundarios.
Los que Marchal imaginó, o que combinan rasgos de antiguos colegas, son descriptos tanto en la acción como en los momentos más banales de su experiencia cotidiana, siempre marcada por la tensión extrema de la profesión. Dos escenas en el comienzo son bien ilustrativas: en una, se muestra la salvaje reacción de un grupo de policías contra quienes atacaron a sus informantes; en la otra, el exceso de alcohol y la presencia de un ratón alcanzan para que el banquete en que se despide afectuosamente a un camarada termine en escándalo y tiroteo.
Los retratos son ricos en matices. La mirada del realizador puede parecer amigable, sobre todo cuando apunta al personaje de Auteuil, pero esa actitud no lo conduce a ocultar su ferocidad así como tampoco a disimular los comportamientos abusivos de los demás, ni su violencia exacerbada ni sus métodos de acción tantas veces similares a los del hampa. La frágil frontera entre legalidad e ilegalidad, la proximidad entre policías y delincuentes es expuesta, pero no juzgada.
En este film austero y apasionante a cuyo oscuro clima crepuscular mucho contribuyen los azules glaciales de la fotografía, la acción, cuando se produce es especialmente brutal por su sequedad. Toda una marca que recoge la mejor tradición francesa del género.
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