Retrato exagerado de una asesina
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Rosario Tijeras (México-Colombia-España-Francia-Brasil/2005). Dirección: Emilio Maillé. Con Flora Martínez, Unax Ugalde, Manolo Cardona, Rodrigo Oviedo, Alonso Arias, Catalina Aristizábal y Alex Cox. Guión: Marcelo Figueras, basado en la novela de Jorge Franco Ramos. Fotografía: Pascal Martí. Música: Roque Baños. Edición: Irene Blecua. Diseño de producción: Salvador Parra. Producción hablada en español y presentada por CDI Films. Duración: 126 minutos. Sólo apto para mayores de 16 años con reservas.
Nuestra opinión: regular
Novelas como Rosario Tijeras , El divino , Leopardo al sol , La virgen de los sicarios o Noticia de un secuestro conformaron prácticamente un género literario en sí mismo, que pintó en toda su dimensión -social, económica y hasta sexual- la cruda y vertiginosa existencia de los asesinos a sueldo y de otros personajes vinculados con el narcotráfico, así como los efectos de la violencia sobre la vida cotidiana de los colombianos.
Mientras La virgen de los sicarios -cuyo eje eran jóvenes homosexuales utilizados como carne de cañón por el cartel de Medellín- tuvo hace seis años una aclamada versión cinematográfica dirigida por Barbet Schroeder, ahora es el turno de otra conocida sicaresca como Rosario Tijeras, la historia -mitad mito urbano y mitad basada en hechos reales- de una muy seductora killer de la misma ciudad en 1989, pero en este caso directamente ligada a la clase alta, cuya transposición estuvo a cargo de Marcelo Figueras.
El talentoso guionista, escritor y periodista argentino construyó un sofisticado e ingenioso andamiaje estructural con saltos temporales y cambios de tono y de puntos de vista para narrar el derrotero inevitablemente trágico de una heroína vengadora que utiliza su cuerpo como un arma más dentro de ese submundo nocturno de las discotecas de Medellín, con sus dosis -por momentos extremas- de sexo, drogas, sangre y música disco.
El principal problema es que la novela original de Jorge Franco Ramos y el trabajo de adaptación de Figueras son filmados por el director mexicano -radicado en Francia- Emilio Maillé, cuyos antecedentes se limitaban a documentales y trabajos televisivos, con una estilización tan fría y artificial, una superficialidad y una incapacidad para contener los desbordes de sus actores que resultan alarmantes.
La estética publicitaria (mal entendida, ya que la publicidad ha generado pequeñas obra maestras y ha aportado mucho a la evolución del lenguaje audiovisual) hace que Maillé filme cada plano -y en especial los abundantes desnudos de su escultural diva surgida de la telenovela Flora Martínez- con una supuesta belleza perfeccionista, con un regodeo en la puesta de luces y de cámara que no hace otra cosa que limitar el sentido, el poder dramático de la odisea íntima de una mujer que está arriesgando su vida a cada instante. Esa modernidad ya vetusta, que se ha dejado de lado incluso en la inmensa mayoría de los comerciales, hiere de muerte al retrato de un universo marcado por la sordidez, por la manipulación, por las traiciones cruzadas, por una violencia que se desata de la manera más absurda, por la tensión de lo efímero. Y conspira, también, contra la búsqueda del suspenso de cualquier relato de corte policial.
La destreza técnica del equipo para narrar este triángulo sexual (trabajado con la obviedad de un mediocre culebrón) entre Rosario y dos carilindos exponentes de clase media (el vasco Unax Ugalde y el colombiano Manolo Cardona) no hace otra cosa que marcar un salto cualitativo en la formación de sus hacedores y en los estándares de producción del cine latinoamericano con pretensiones industriales.
Pero, más allá de que el film tuvo un recibimiento masivo en su país (es uno de los títulos más vistos en la historia de Colombia), Rosario Tijeras resulta demasiado heredera de formatos y búsquedas formales previas (y perimidas), y ofrece muchos altibajos en el terreno interpretativo con un festival de clisés, de falso histrionismo y de muecas exageradas.
No es cuestión de castigar al film por su apuesta obvia y superficial en contraposición con las profundidades de las obras literarias de un Gabriel García Márquez, un Fernando Vallejo o una Laura Restrepo.
Pero, incluso en los propios términos que elige (un cine accesible y de alcance popular), Rosario Tijeras deja, más allá de su imagen cuidada y de la belleza de su actriz protagónica, demasiadas dudas y limitaciones al descubierto.
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