¿Se acuerdan de Fernandel?

Fernando López
(0)
6 de mayo de 2003  

El hombre de la sonrisa caballuna y el aire ingenuo y benévolo de quien parece siempre dispuesto a disfrutar de la broma más simple estaba destinado a pasarse la vida detrás de un escritorio. Aunque desde chico se había mostrado curioso, sensible, inestable, trabajador, a veces melancólico, pero también jovial y bromista -es decir, con los rasgos de un actor-, todo parecía conducir a Fernand Joseph Désiré Contandin a repetir los pasos de su padre, un marsellés de doble vida que durante el día trabajaba como bancario y por las noches, oculto bajo el seudónimo de Sined, daba rienda suelta a su vocación interpretativa. El también, muchísimo antes de convertirse en Fernandel, encontró la vía alternativa para darse el gusto de entretener a los demás: en la escuela, probando el efecto de sus ocurrencias en los compañeros, o en la escena de verdad, donde el padre fue haciéndole un lugarcito a medida que comprobaba su natural desenvoltura.

Pero llegó la guerra -la primera-, el señor Contandin padre fue movilizado y el joven Fernand tuvo que ayudar al sostén de la familia: fue mozo, barrendero, empleado en una escribanía y finalmente bancario. Sin abandonar, claro, sus prácticas de comediante amateur: el music hall, la opereta, el café concert, pulieron su oficio y le dieron satisfacciones. Pero había que vivir y el banco (los bancos, porque fueron muchos) le garantizaba un buen pasar.

* * *

Para que abandonara el escritorio fue preciso que los éxitos artísticos se hicieran más frecuentes. La presión constante de su amigo Marcel Pagnol terminó por convencerlo y el rebautizado Fernandel comprobó que los triunfos se empezaban a encadenar: primero un contrato para animar los entreactos en los cines Pathé; después, Bobino, legendario espacio parisiense; finalmente el cine: un papelito en "Le blanc et le noir" (1930, Marc Allegret y Robert Florey), donde se haría amigo de Raimú, protagonista del film, y de Sacha Guitry, autor del libro. Y de ahí en adelante una carrera imparable, hecha de a tres films por año, ahora ya en papeles cada vez más comprometidos, casi siempre con la risa como objetivo, pero sin desechar el costado dramático para el que también le sobraban dotes.

Renoir, Pagnol, Christian Jaque, Claude Autant-Lara, Henri Verneuil y Julien Duvivier fueron algunos de los cineastas de renombre que contribuyeron a su consagración como el cómico más popular de Francia y uno de los más reconocidos en el resto del mundo. Con Duvivier no sólo se lució al lado de Marie Bell en uno de los episodios de "Carnet de baile" (1937); también concretó a partir de 1952 el entrañable personaje con el cual quedó asociado en la memoria de todos: el del cura Don Camilo, enredado en una eterna discusión con el comunista Peppone, que encarnaba Gino Cervi. La serie, amable representación de una Italia entonces dividida en dos y al mismo tiempo una exaltación de la amistad y de la sensatez por encima de las diferencias ideológicas, se extendió a cuatro films, dos con Duvivier y dos con Carmine Gallone, todos éxitos rotundos. La enfermedad le impidió completar el quinto título -"Don Camilo y los jóvenes de hoy"-, y su reemplazo por Gastone Moschin (en el film que Mario Camerini concluyó en 1972) mostró que la ausencia del actor marsellés (fallecido en 1971 en París) había marcado el fin de la risueña pareja en la pantalla.

Pasado mañana se cumplirá un siglo del nacimiento de Fernandel. Recordar al comediante que reinó durante cuatro décadas como el número uno en Francia será también recordar una época del cine en que los cómicos todavía no se habían convertido en una rareza.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.