
Más estrellas que en el cielo
Lo que no se vio de la entrega de los premios ?a lo mejor de la TV norteamericana
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LOS ANGELES.– Puede que alguna vez alguien cuente esta historia. Puede que alguna vez, uno de los muchos guionistas y productores que trabajan en la industria televisiva de Hollywood decida relatar en detalle el detrás de escena de una entrega de premios. Si eligiera contar la de los Emmy, tendría que empezar por la secuencia del policía sonriendo mientras revisa los muchos autos –limusinas, en su mayoría– y pregunta con peculiar humor: "¿No hay bombas por acá, no?" En la ficción, a ese comienzo probablemente le seguiría un estallido y una trama de acción a desarrollar entre las cuadras cerradas al tránsito y la alfombra roja, donde un heroico guardaespaldas descubriría a los culpables.
Pero, en la realidad, por suerte, no hay bombas ni estallidos y al guardaespaldas en cuestión le toca lidiar con los muchos invitados a la ceremonia de entrega de los premios de la TV, que anteanoche emitió Warner. Que no serán malvados terroristas, pero tampoco gente sencilla de llevar.
Es que quien camine por la alfombra roja debe perfeccionar el arte de simular movimiento y la habilidad de fingir una sordera selectiva que saca de quicio a los organizadores de la fiesta. Cuando te dicen que camines, tenés que mover los pies sin ir a ningún lado. Cuando te insisten en que no saques fotos ni mires embobado a las estrellas que se paran ahí, al lado tuyo, rumbo a la ceremonia de los Emmy, debés poner cara de no entender qué pasa. Porque lo que pasa es demasiado divertido, demasiado único y extraordinario como para perdérselo avanzando rápido.
En esta ciudad en la que todo gira alrededor de la industria del entretenimiento, las entregas de premios forman parte esencial de su maquinaria creativa y económica. Aquí, con el espléndido sol californiano sobre la cabeza y la legendaria alfombra roja bajo los pies, uno se integra, aunque sea como invitado, a este reino que vende glamour, belleza y éxito al mundo entero. Y que gusta de celebrarlo en grande. Un festejo a la medida de la excelente TV que producen en la actualidad.
Los héroes anónimos. No son actores, directores ni guionistas, pero sin ellos los Emmy no podrían realizarse. Si los "rellenadores" de asientos no estuvieran ahí para ocupar los lugares de las estrellas que se demoran en la alfombra roja o que se levantan para buscar su premio, la transmisión mostraría las primeras filas del enorme teatro Nokia semivacías. Y si los lazarillos del escenario no estuviesen ahí con sus linternitas, la mitad de los presentadores se perderían en esa inmensidad, sin saber a dónde ir. O peor, se caerían de frente ante los millones que los miran por TV.
El productor comediante. Todo premio que se precie tiene que tener su personaje. Y en el caso de los Emmy ese personaje es, sin duda, Ken Ehrlich, su productor ejecutivo. Minutos antes del comienzo de la ceremonia, el tipo se planta frente a la platea repleta de estrellas y les muestra lo que les puede suceder si se extienden demasiado en su agradecimiento. En las pantallas gigantes aparece la escena de la masacre del capítulo "Red Wedding" de la última temporada de Game of Thrones ("baño de sangre" queda corto para describirla). Todo el mundo se ríe con la ocurrencia, pero la primera ganadora, Merritt Wever, de Nurse Jackie, apenas dice "gracias" y deja el escenario. ¿Casualidad?
Las predicciones vía aplausómetro. Entregados los primeros galardones de la noche, mejor actriz y actor de reparto de comedia, el ambiente se llena de desconcierto y adrenalina. Sin premios asegurados para los favoritos, todo puede pasar, y predecir quién se llevará el próximo ya no resulta tan fácil. Hay que probar algún método adivinatorio y uno de los más efectivos es el aplausómetro. Después de todo, muchos de los que están aquí y se enrojecen las palmas por Julia Louis-Dreyfus son los propios integrantes de la academia que la votaron como mejor comediante. Su rival más cercana en el volumen de aplausos fue la genial Amy Poehler, que alguna vez tiene que ganar algo: si no es un Emmy, que sea un Oscar, un Martín Fierro, lo que sea.
Cuando los Emmy fueron los Grammy. Si te distraes, te lo perdés. Durante un corte publicitario, en poco más de cinco minutos, el escenario se llena de instrumentos musicales, unas gradas para el coro y los instrumentos de viento. Instalados por una cuadrilla de más de veinte personas, todo está impecable y sonando en vivo, listo para que Elton John apareciera para homenajear a Liberace tocando una canción de su nuevo disco. Terminado el número musical, en otro corte, se llevan todo sin tropiezos. Hollywood.
Las estrellas siempre al frente. Las reglas no escritas de las entregas de premios dicen que los actores más nominados deben estar en las primeras filas. También dicen que acercarse a esas filas para espiar a las estrellas está prohibido. Sin embargo, parece que al acomodador no le llega esa notificación. Es que en lugar de pedir la entrada correspondiente para alejar a curiosos de las primeras filas el hombre, amablemente, marca el camino de los intrusos con su linternita. Una línea luminosa que nos deposita casi en el regazo de Claire Danes. Gracias.
Un premio para Neil Patrick Harris. Cuando la ceremonia ya lleva más de tres horas y el productor aparece sobre el escenario en mangas de camisa para rogarles a los próximos ganadores –mejor comedia y mejor drama– que elijan a un delegado por grupo para agradecer, también pide un aplauso para el conductor: Neil Patrick Harris. Un tipo talentoso y carismático que se merece que lo dejen hacerse cargo del Oscar: peor que Seth McFarlane no lo hará seguro.
Mañana hay que madrugar. Algunos todavía aplauden y gritan. Otros se abrazan. Breaking Bad acaba de ganar como mejor drama, y mientras su creador, Vince Gilligan, ensaya un discurso, sorprendido de que finalmente le dieran un premio en una noche esquiva, muchos de los invitados empiezan a irse. Como quien se va de un recital antes de los bises, tratan de evitar las aglomeraciones. No queda bien, pero se entiende. El tránsito atorado por cientos de limusinas que intentan salir del centro de Los Angeles es una imagen tan surrealista como repetida en estos premios.
Una fiesta en Pandora. Un galpón gigantesco con una decoración que parece sacada de los sueños del James Cameron de Avatar. La cena de los ganadores tiene como tema "el bosque encantado". Una tierra de ensueño en la que Kevin Spacey conversa con sus compañeros de elenco de House of Cards, y su esposa en la ficción, Robin Wright, baila al ritmo de Miami Sound Machine mientras se abraza con su novio, el actor Ben Foster. Un lugar donde los fotógrafos se abalanzan sobre la mesa de Breaking Bad, en la que la actriz Anna Gunn posa feliz con su Emmy mientras sus colegas brindan y brindan. Un poco más allá, Jane Campion de Top of the Lake disfruta de la cena aunque se haya quedado con las manos vacías
Brody baila el twist. La imagen es fuerte. El intenso Nicholas Brody, militar de carrera y terrorista de ocasión, ensaya pasos de rock y twist con su esposa. Damien Lewis, el actor que interpreta al personaje central de Homeland, lleva la cabeza rapada y una sonrisa de oreja a oreja que lo vuelve más irresistible que nunca. Imposible llevarse mejor recuerdo de la fiesta que se termina. Hasta el año que viene.
Una noche llena de sorpresas
Modern Family fue la mejor comedia; Breaking Bad, el mejor drama

- Claire Danes, Homeland
La mejor actriz dramática brindó uno de los discursos más pulidos y articulados de la noche

- Behind the Candelabra
Michael Douglas y Steven Soderbergh se llevaron Emmys por el telefilm sobre la vida de Liberace

- El humor político
La vicepresidenta Julia Louis-Dreyfus y su "segundo", Tony Hale, premiados por Veep

- Jeff Daniels, la sorpresa
Nadie esperaba que el protagonista de The Newsroom desbancara a la fija, Bryan Cranston

- Jim Parsons, la fija
La popularidad global de The Big Bang Theory es asegurada por su protagonista, otra vez ganador
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