
Stéphane, Isabelle y las mujeres de Chabrol
Misteriosas, elegantes, seductoras, cerebrales, sensuales, egoístas, a veces víctimas de la sociedad, a veces marginales, manipuladoras y hasta temibles, pero siempre fascinantes, las mujeres son frecuentes heroínas en las películas de Claude Chabrol. Y, como sus films, son variadas, pertenecen a distintos ambientes y aun a diferentes épocas históricas. Estas buenas mujeres (1960), Las infieles (1969) o Madame Bovary (1991) dan cuenta de esa diversidad. No puede decirse que haya un rasgo que las identifique como no sea el de que nunca aparecen como meras figuras decorativas. Difícil recortar un perfil que defina algo así como "la mujer en el cine de Chabrol", pero sí puede observarse que a lo largo de su extensa obra y a través de sus personajes femeninos, el gran director francés fallecido hace poco más de una semana fue registrando sutilmente la evolución del papel de la mujer en la sociedad francesa. Ellas viven en medio de los otros -maridos, amantes, hijos, parientes-, pero su intervención es cada vez más protagónica: no se funden en el grupo, no se limitan al ámbito familiar ni al plano de los sentimientos. En su carácter de observador crítico de la sociedad (por lo general, la burguesía de provincias), Chabrol estaba atento a las transformaciones culturales (el habla, la vestimenta, los hábitos sociales, la evolución de la conciencias): sus personajes femeninos contribuyen decisivamente a ilustrarlas.
El supo encontrar, en cada momento, la actriz que mejor podía responder a la imagen que quería retratar. Con dos de ellas entabló sociedades artísticas que dieron frutos memorables: Stéphane Audran (que fue su esposa entre 1964 y 1980) e Isabelle Huppert, a quien proyectó a la fama internacional en 1978 cuando le confió el exigente papel de la parricida Violette Nozière en Niña de día, mujer de noche . (Pero no sería justo ignorar a Bernadette Lafont, que fue su primera musa -lo fue, en realidad, de varios cineastas de la nouvelle vague -: desde su ópera prima, El bello Sergio (1958), y en otros cinco títulos entre los que vale citar Doble vida (1959) y Estas buenas mujeres , Chabrol supo aprovechar su sensualidad, su brío y cierto desenfado muy representativo de cierta juventud de la época.)
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Con Stéphane Audran, acorde con los tiempos, el personaje femenino ganó complejidad psicológica, independencia y una personalidad más fuerte y definida. Elegante y a veces altiva, fue la encarnación de la burguesa de los 60 y 70, lo que él llamaba los años Pompidou: Las dulces amigas (1968) El carnicero (1970) y La ruptura (1970) muestran algunas de sus caras. Después, en Isabelle Huppert encontró Chabrol a su actriz más cerebral; con ella ahondó en la indagación psicológica y en la inquietante ambigüedad de los personajes.
El encuentro los benefició a los dos, como bien sabrán quienes hayan visto, por ejemplo, Un asunto de mujeres (1988), La ceremonia (1995) o Gracias por el chocolate (2000). El prodigioso talento de la actriz y las cada vez más refinadas sutilezas de un Chabrol maduro dieron a sus intrigas nuevas resonancias. Son films que siempre vale la pena volver a ver.
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