Todos los hombres del presidente: la apuesta de Robert Redford y por qué sigue más vigente que nunca
Este clásico cinematográfico cumplió 50 años, fue un gran éxito y aún hoy tiene mucho que decir
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Hay aniversarios que sorprenden. Por ejemplo, el de los cincuenta años -hace cincuenta años que se estrenó, nada menos- de Todos los hombres del Presidente, la película que podemos llamar paradigma del thriller político. De algún modo inventó un género o un subgénero. También, a pesar de su tema y de su contexto, a pesar de que podía considerarse —si se hubiera utilizado el término— un docudrama, resumía cierta tradición del Hollywood clásico incluso si pasaba por algo más moderno. Cuando se la vuelve a ver (está en HBO Max), parece filmada ayer. Lo más pesimista que podemos decir de este film de Alan J. Pakula (que nunca fue un gran cineasta, pero aquí no solo hizo los deberes sino que además legó un clásico) es que el mundo no ha cambiado demasiado desde Watergate. Por lo menos en el comportamiento de los políticos, aunque vaya uno a saber si espiar opositores hoy tiraría a un gobierno. No creemos. Sí, eso también es pesimista.
Los hechos: durante la campaña política de 1972, cuando Richard Nixon buscaba una reelección que estaba casi cantada, su enorme paranoia lo llevó a espiar a los demócratas. Para eso, un grupo de agentes federales y “plomeros” camuflados entraron en las oficinas del partido en el edificio Watergate, en Washington D.C. Un poco por casualidad, un poco por perspicacia, un mucho por oficio, los entonces jóvenes periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, comenzaron a investigar sobre aquella entrada ilegal. El resultado, dos años más tarde, fue que Nixon, ahora en su segundo mandato, tuvo que dejar el cargo. Fue la única vez que, sin mediar asesinato, un presidente norteamericano tuvo que irse antes de tiempo.
Estamos en 1975, aún en el gobierno de Gerald Ford, vice de Nixon que hizo un decoroso papel hasta que perdió las elecciones contra el demócrata Jimmy Carter en 1977. Watergate era el punto de inflexión final para una sociedad estadounidense que venía de decepción en decepción. La primera, fundamental, fue la retirada de Vietnam, trauma que acompañaría por décadas —incluso hoy, aunque no se note tanto— a la sociedad estadounidense. La segunda, el malestar político y eso que hoy podríamos llamar “grieta”, que aparecía alrededor de la propia figura de Nixon. Luego, discusiones sociales (en ese 1975 finalmente se legalizaría la pornografía, lo que hablaba claramente de cambios en la percepción de lo permisible no sólo en el cine; al mismo tiempo que se agotaba el “flower power” hippie) que tomaban temas nuevos. Y por último, la idea de que era imposible, definitivamente, confiar en el gobierno. Si eso había comenzado con el asesinato de Kennedy, la debacle de Nixon era básicamente dejar a un país que siempre tuvo en alta consideración sus instituciones completamente a la deriva. En gran medida, por lo menos entre la población urbana, el sentimiento era “¿Y ahora, qué?”.

De algún modo, Todos los hombres... implicó ese “qué”. Aquí entra Robert Redford, que le compró los derechos a Woodward y Bernstein por casi medio millón de dólares en 1974 y se puso a trabajar inmediatamente contratando a Alan J. Pakula, que era un realizador de la generación formada en la pantalla chica, un poco a contrapelo del New Hollywood de Coppola, Scorsese et al. Como Sidney Pollack o Sidney Lumet, era un realizador comprometido —es decir, politizado— y crítico de la sociedad. No el mejor, por cierto (aquí habría que nombrar a Jerry Schatzberg, creador de Espantapájaros, o Ulu Grosbard, de Enamorándose, como mejores representantes de esa camada), pero resultó el adecuado para esta película en particular. Y si bien el elenco era pura estrella, con Redford interpretando a Woodward y Dustin Hoffmann como Bernstein, se entendía desde el principio que la verdadera estrella era el método, la forma de mostrar el periodismo en acción sin recurrir a ninguna fantasía. El caso en sí era suficientemente excepcional (un presidente paranoico que construye su propia caída) como para optar por artificios. El oficio televisivo, directo y realista extremo de Pakula cabía perfecto. Es, en ese sentido, una película moderna y esa modernidad estilística, más allá de que hoy hay celulares y computadoras en lugar de teléfonos de línea y máquinas de escribir Remington, es la que le otorga actualidad.
Porque lo interesante de Todos... proviene de su precisión narrativa, de que el suspenso no proviene de alterar el tiempo y el espacio —el método Hitchcock, digamos, pura estilización— sino de optar por algo más cercano al documental. Todos los actores comprendieron eso y no hay en toda la película ningún desborde injustificado. Se nota, por ejemplo, en el genial secretario de redacción que interpreta Jason Robards, un actor notable que se llevó el Oscar por esta película. Y se nota, también, en las apariciones del “informante”, en esos estacionamientos oscuros y a distancia —algo que se volvió icónico, tanto como para ser parodiado por Los Simpson—, interpretado por Hal Holbrook. Ese informante que, para reflejar de paso lo que sucedía en esos tiempos, eligió ser llamado Garganta Profunda, como la seminal (broma no intencional) película pornográfica que se había convertido en el otro fenómeno cultural de aquellos Estados Unidos entre el conservadurismo y la ruptura, Nixon mismo aparte.
Cuando el film se comenzó a gestar, todavía Nixon era presidente. Sin embargo, la producción no tuvo presiones apreciables: es evidente que el duelo estaba hecho, las cosas eran inevitables y se trataba de una oportunidad de poner las cosas en claro. De hecho, otro de los méritos de Todos... es que apareció en el momento justo y muy rápido respecto de los acontecimientos. Piensen, si no, en su especie de precuela, The Post, de Steven Spielberg, realizada en 2017 y donde también se trata de una investigación del Washington Post, en ese caso de los Pentagon Papers, aquellos que decían desde un principio que no se podía ganar Vietnam. La distancia es de medio siglo. En el caso de Todos..., la distancia era casi nula. La idea era comprender qué había pasado. En esa oportunidad, y quizás fue la única en la que el cine cumplió cabalmente esa función, una película podía pasar en limpio no sólo lo que había pasado realmente alrededor de Watergate, sino sobre todo cómo funciona el buen periodismo. Porque en cierto sentido se trata no sobre el caso en sí, sino sobre la ética, sobre cuáles son los límites morales tanto en el ejercicio del poder como en el de la profesión periodística.

Algo notable en la película es que su realismo, su luz glauca, su redacción ruidosa, sus reuniones de sumario, proveen al espectador de una experiencia mucho más inmersiva que los grandes espectáculos en pantallas gigantes. No porque la imagen provenga de cualquier punto de nuestro campo visual, sino porque al entender a través de actuaciones de “tipos normales” (vamos a eso en seguida) lo que está sucediendo, directamente nos sentimos allí. Con “tipos normales” decimos que ninguno de los actores muestra algún vicio histriónico, como si no fueran efectivamente intérpretes. Eso es una hazaña, porque no hay nada más difícil para un actor profesional —y mucho más cuando se trata de una estrella que arrastra al público al cine sólo con su nombre— que dejar de lado los tics y herramientas provistos por años de conservatorios y manejo de la cámara. Aquí no sucede nada de eso. De allí, también, que podamos utilizar el término “docudrama”: el aspecto es el del documental, mientras se nos cuenta una historia con actores interpretando, no está de más subrayarlo, personas que estaban vivas y podían juzgar la película en ese mismo momento.
Fue un éxito enorme, pero se sabe que esta clase de películas basadas en hechos reales conmocionantes pueden serlo (o ser fracasos estrepitosos, no hay términos medios). Lo que llama la atención es que superó la prueba del tiempo. De hecho, gardelianamente, Todos los hombres del presidente es cada vez mejor. La razón es que las taras del poder que retrata no han variado, incluso se han intensificado. Y que el acercamiento estilistico casi anónimo por el que se opta como puesta en escena le otorga la transparencia de una ventana a otro tiempo y permite establecer paralelos. Es cierto que tanto el quehacer político (o los políticos) y el periodismo (o los periodistas) se han devaluado excesivamente con el paso del tiempo. Es cierto que ninguno de los dos conjuntos aún sabe cómo hacer lo que deben en tiempos de redes y de un público ya no espectador sino usuario que tiene juicio propio y las herramientas para expresarlo. Por eso quizás es que esta película, que perdió el Oscar con Rocky (y lo perdió justamente, pero esa es por supuesto otra historia), se ha vuelto cada vez más pertinente: porque ilustra un manual de cómo ejercer el oficio de informar y cómo no ejercer el oficio de gobernar sin señalar con el dedo ni emitir una opinión destemplada. Es, por eso también, una excepción al “cine político”, y es cine político.
En todo caso, también, fue una suerte que Redford fuera un tipo politizado: sin el apoyo de una estrella —y sin el guion perfecto, mordaz, sin ausencia de humor, de William Goldman, el hombre que escribió Butch Cassidy y La princesa prometida— hubiera sido imposible recrear cada detalle de aquella epopeya de tinta y papel. Aunque el libro original solo da cuenta de la investigación (y es apasionante en más de un sentido) y no llega al desenlace de la presidencia de Nixon, cosa que la película sí narra de un modo simple y breve al final, Todos... es lo más parecido a una pieza arqueológica que todavía ejerce su poder cuando la miramos. Forma parte, un poco sin quererlo, de lo mejor que dio la mejor década del cine. Y probablemente sea, de todas aquellas obras, la que menos impacto ha perdido (social, que no estético) con el paso de las décadas.
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