Un musical a la medida de Tim Burton
Sangrienta y oscura, esta película se adapta a la perfección al universo del director de El joven manos de tijera
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Sweeney Todd: el barbero demoníaco de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, Estados Unidos/2007). Dirección: Tim Burton. Con Johnny Depp, Helena Bonham Carter, Alan Rickman, Timothy Spall, Sacha Baron Cohen, Jamie Campbell Bower, Laura Michelle Kelly y Jayne Wisener. Guión: John Logan, basado en el musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler. Fotografía: Dariusz Wolski. Música: Stephen Sondheim. Edición: Chris Lebenzon. Diseño de producción: Dante Ferretti. Producción hablada en inglés con subtítulos en castellano y presentada por Warner Bros. Duración: 116 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
En casi un cuarto de siglo de notable carrera, Tim Burton había hecho prácticamente de todo: cortos y largometrajes, animación artesanal y ficción con efectos visuales, comedias y melodramas, películas para chicos y para adultos (o para ambos), films independientes de bajo presupuesto y superproducciones para Hollywood. Entre los desafíos pendientes, figuraba el de llevar a la pantalla grande un show de Broadway y, a fuerza de imaginación, de audacia y, sobre todo, de talento, el director de Charlie y la fábrica de chocolate no sólo sale indemne de semejante exigencia, sino que construye una obra decididamente personal, a tono con el resto de su filmografía, y que trasciende -y por momentos subvierte- las convenciones de un género clásico y bastante conservador como el musical.
A casi veinte años del exitoso estreno de Sweeney Todd en Manhattan, Burton se rodeó de un renovado equipo de colaboradores, encabezado por el cotizado dramaturgo y guionista John Logan ( Gladiador , El aviador ), por el polaco Dariusz Wolski (habitual director de fotografía de Gore Verbinski) y por el diseñador italiano Dante Ferreti (famoso por sus trabajos para Martin Scorsese) para convertir la creación original de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler ya no -como suele ocurrir en muchos casos- en una sucesión de coreografías filmadas, sino en una película con entidad propia, que fluye, que fascina, que aterroriza, que homenajea a los clásicos de terror de los años 30, que deslumbra con su estética gótica tan afín al universo burtoniano y que subyuga con esas proezas técnicas que sólo el cine de hoy puede ofrecer.
Burton, se sabe, no le teme al riesgo y, por eso, eligió para esta primera experiencia integral en el musical (varios films previos del director ya habían incursionado de forma parcial en el género) la historia de un protagonista con muy poco de heroico y demagógico. Benjamin Barker (Johnny Depp) era un simple e inocente barbero de la Londres del siglo XVIII, felizmente casado y padre de una beba, hasta que el juez Turpin (Alan Rickman) lo envió bajo cargos falsos a prisión para robarle a su bella esposa, Lucy, que al poco tiempo decidió suicidarse ingiriendo veneno.
Esa es la historia previa al film (se reconstruye en un corto flashback), que en realidad arranca 15 años más tarde, cuando Barker, ya con su nuevo nombre de Sweeney Todd, regresa en barco a Londres, luego de purgar la injusta pena, para vengarse de Turpin y recuperar a su ahora adolescente hija. Pero Todd ya no es aquel joven naif de su juventud, sino un despiadado y sanguinario experto en cortar gargantas. Como fiel ladera tendrá a Nellie (Helena Bonham Carter), la dueña de una penosa pastelería llena de ratas y cucarachas sobre la que el protagonista reabrirá una truculenta barbería, cuyos "desechos" servirán como relleno de los pasteles que se fabrican en la planta inferior (todo un ejemplo de reciclaje y optimización de recursos).
El realizador de Batman , El joven manos de tijera , La leyenda del jinete sin cabeza y El gran pez optó por actores antes que por cantantes, pese a que en Sweeney Todd hay mucha más música que diálogos convencionales y, una vez más, la apuesta le salió bien, ya que si bien Johnny Depp no es un gran intérprete todo parece salirle sin gran esfuerzo y logra imprimirle al personaje una potencia y una brutalidad que, de todas formas, permiten percibir la veta melancólica y el sentido trágico de su personalidad.
Burton y Logan tuvieron que reducir varios personajes y más de una hora de situaciones y de canciones para que la película no pasara los 116 minutos con títulos incluidos (el musical original duraba tres horas), pero así y todo puede que el film abrume por momentos a aquel sector de público no demasiado curtido en el género musical, ya que, además, carece del costado lúdico, colorido y festivo de, por ejemplo, la reciente Hairspray para apostar, en cambio, a un relato sórdido y muy oscuro.
Pero, más allá de estas prevenciones, hay en Sweeney Todd una maestría visual y narrativa de la que buena parte del cine contemporáneo carece. Por eso, incluso quienes se sientan un poco apabullados por la exuberancia y la truculencia del film y no alcancen a disfrutarlo en toda su dimensión, al menos encontrarán en el terreno formal sobrados motivos para la admiración.




