
Una estrella condenada
De los lazos íntimos que suelen tenderse entre la farándula y el poder tenemos, incluso en nuestro medio, ejemplos abundantes. Los ha habido tan románticos como el que llevó a Grace Kelly al trono, tan trágicos como el que -dicen- condujo a Marilyn al suicidio, y tan desdichados como el que torció para siempre el destino de Lida Baarova, la estrella checa que fue amante de Goebbels y cuyo nombre circuló hace algún tiempo gracias a la edición póstuma de su autobiografía.
"Pude haber sido tan famosa como Marlene Dietrich", se lamenta en las páginas de "La dulce amargura de mi vida", al recordar que por no sacrificar su futuro en el cine alemán rechazó una invitación de la Metro. Ya era en los años 30 una gran estrella en su país: para algunos, el atractivo residía en los ojos negros de mirada sensual; para otros, en su carisma, aunque aún puede leerse en alguna crítica inglesa que "no tenía nada de especial, salvo la solidez de su estampa, muy al gusto germano". Se explica, pues, que llegara a ser popular en Alemania, sobre todo después de filmar "Barcarole" (1935) al lado de Gustav Froelich, el actor de "Metrópolis".
Pero así como había seducido al público también encendió el deseo de Josef Goebbels. Parece que el político no reparó en medios para conquistarla y hasta exponerse a las habladurías que llegaron no sólo a oídos de su mujer, Magda, sino a los círculos más altos del poder. El acoso empezó en 1934, cuando la conoció en una fiesta. Tras alguna resistencia, la actriz cedió, según dice, por temor a las represalias. "Era hermosa; tenía 20 años (había nacido hace hoy 90, según ella; 94, según otros) y un ejército de enamorados. ¿Para qué iba a enredarme con un hombre de 37, casado y padre de cinco hijos?", razonaba. La respuesta no es muy difícil de imaginar, si se piensa que de los humores del galán en cuestión dependía todo el cine alemán.
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Pero no era sencillo mantener la relación a escondidas. Goering había intervenido el teléfono de Lida y difundía historias escandalosas; Himmler elegía para contarle al Führer los más escabrosos relatos de mujeres que juraban haber sido víctimas de Goebbels. No está muy claro si fue él quien en 1938 quiso blanquear su relación adúltera y le pidió a Hitler permiso para divorciarse, o si fue su esposa la que llevó sus quejas hasta el más alto nivel, pero de todos modos la negativa del Führer fue rotunda y vino acompañada por otros castigos, aplicados especialmente a la diva, que no sólo se había atrevido a socavar la impoluta imagen de la moral nazi, sino que era además eslava y extranjera.
Baarova debió seguir los consejos de la Gestapo y huir a Praga. No terminarían ahí sus penurias. Pocos meses después estalló la guerra y ella, que había vuelto al cine y participado de actividades secretas contra el Tercer Reich quizás para demostrar que no mentía cuando repetía "jamás fui nazi", no tardó en ser expulsada otra vez. Se instaló en Italia y en esos años intervino en siete films, entre ellos "La fornarina" (1943), donde encarnaba a la modelo de Rafael Sanzio y aparecía, casi pionera, con el pecho desnudo.
Concluida la guerra, tras meses en una cárcel de Praga por su vinculación con los nazis, salió en libertad, pero no se quitó de encima el estigma. Buscó refugio en la Argentina, pero pronto estuvo de regreso en Italia, donde consiguió papeles cada vez menos importantes en films olvidables, excepción hecha de "Los inútiles", de Fellini, donde aparecía brevemente.
Pudo volver a Alemania como actriz de teatro, pero no a su país, donde nunca perdonaron su pasado aunque allí sobreviven admiradores suyos que la siguen juzgando "más ingenua que malintencionada". Instalada en Salzburgo desde que el cine la olvidó, se la creía muerta hasta que su compatriota Helena Trestikova la descubrió con el nombre de Lida Lundwall y la invitó a registrar sus memorias en un documental. Allí, como en el libro, intentó desviar la atención de su affaire con Goebbels para poner el acento en su carrera. Al nazi lo responsabiliza del infierno en que se convirtió su vida, si bien le reconoce inteligencia, encanto y poder de seducción. Enferma, sola y exiliada, ya había pagado largamente su error cuando murió en 2000. Al fin, otros colaboracionismos, acaso no tan íntimos pero probablemente más dañinos, fueron olvidados. El suyo -producto de la ambición, la coquetería, la ingenuidad o quizás de un sentimiento sincero-, no. Le habría resultado doblemente triste comprobar que ahora, si se la cita, es asociada a ese personaje que ella hubiera querido borrar de su historia.






