Una geisha demasiado artificial
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"Memorias de una geisha" ("Memoirs of a Geisha", Estados Unidos/2005). Dirección: Rob Marshall. Con Zhang Ziyi, Ken Watanabe, Michelle Yeoh y Gong Li. Guión: Robin Swicord y Doug Wright, basado en la novela de Arthur Golden. Fotografía: Dion Beebe. Música: John Williams. Edición: Pietro Scalia. Diseño de producción: John Myhre. Producción en inglés con subtítulos en castellano y presentada por Columbia TriStar Films de la Argentina. Duración: 145 minutos. Para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: regular
Ni un productor de la categoría de Steven Spielberg, ni un director como Rob Marshall (que venía de triunfar con la transposición del musical "Chicago") ni las mayores estrellas del cine asiático (Zhang Ziyi, Ken Watanabe, Michelle Yeoh y Gong Li), ni varios de los mejores especialistas del cine contemporáneo en sus rubros (el fotógrafo australiano Dion Beebe, el músico estadounidense John Williams, el editor italiano Pietro Scalia, el diseñador John Myhre, la vestuarista norteamericana Colleen Atwood) pudieron salvar del fracaso a esta muy esperada versión cinematográfica del reverenciado libro publicado en 1997 por Arthur Golden, que permaneció dos años en la lista de best sellers del diario The New York Times.
La película carece por completo de la fascinación, del encanto, de las contradicciones, de las sutilezas, del enigmático aura que rodea a la figura de la geisha, esa mezcla de artista avalada por la tradición milenaria, de seductora profesional, de mujer elegante y sofisticada, y al mismo tiempo de acompañante leal y servicial que coquetea con la prostitución.
Esta incursión en un género que por definición exige fuerza, carnadura y emoción como el melodrama romántico de características épicas parece uno de esos bellos envoltorios (costó 85 millones de dólares) que muy poco de novedoso y sorprendente tienen para ofrecer en su interior.
Las observaciones sociales lucen siempre atrofiadas por un didactismo y un pintoresquismo for export (un supuesto y falso refinamiento), las relaciones entre los personajes son trabajadas con una elementalidad pasmosa, la evolución de la protagonista (de niña a mujer) y las transiciones temporales (el paso de la Segunda Guerra Mundial) se manejan también con una superficialidad que deviene torpeza. Así, los 145 minutos de esta trama resultan casi eternos.
Más asiáticas que japonesas
Si Marshall no consigue una narración fluida ni una mirada demasiado inteligente, todavía peor parece la decisión de haber convocado a intérpretes asiáticos con enormes carencias para actuar en inglés: algunos hablan por fonética, mientras que otros intentan decir los diálogos apelando a un acento que remita al japonés. Pero lo peor es que -salvo el Ken Watanabe que encarna al galán de este folletín- los tres personajes femeninos ni siquiera son niponas: Zhang Ziyi, la inocente pueblerina que se transforma en una de las geishas más famosas, y Gong Li, su arrogante, implacable y despiadada rival, son de origen chino; mientras que Michelle Yeoh, la sabia encargada de entrenar y cultivar a la protagonista en el arte de seducir, servir y conspirar, es una conocida diva nacida en Malasia, pero consagrada en la producción hongkonesa.
Marshall maneja con lógica corrección todos los aspectos técnicos y visuales de la producción y hasta muestra parte de su talento en una escena musical en la que la Sayuri que encarna Zhang Ziyi baila para seducir a los muchos aspirantes que parecen dispuestos a pagar una fortuna para que ella pierda su virginidad en compañía del mejor postor.
Pero ni el ambicioso y cuidado despliegue visual de la película, ni el admirable esfuerzo de las bellísimas actrices, ni el apuntado profesionalismo de Marshall alcanzan siquiera para atenuar las carencias de una película que luce demasiado fría, prefabricada, artificial. Demasiados talentos y millones desperdiciados en filmar un libro que supo cautivar a millones de personas en todo el mundo.
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