Una quinta en Portugal: azar, melancolía y juegos con la identidad en un film que cautivó al público español
El segundo largometraje de la valenciana Avelina Prat superó los 100 mil espectadores y cosechó muy buenas críticas en su país de origen
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Una quinta en Portugal (Una quinta portuguesa, España-Portugal/2025). Dirección: Avelina Prat. Guion: Avelina Prat, Clara Serrano Llorens. Fotografía: Santiago Racaj. Edición: Juliana Montañés. Elenco: Manolo Solo, Maria de Medeiros, Branka Katić, Rita Cabaço, Kasia Kapcia. Duración: 114 minutos. Calificación: SP (Supervisión Parental Sugerida). Nuestra opinión: buena.
Película de bajo presupuesto de una directora que ya había cosechado elogios con su ópera prima, Vasil (2022), Una quinta en Portugal llamó la atención en España con su gran resultado en la taquilla: vendió cerca de 120 mil entradas, una cifra sorprendente para un film de su tipo, con poco apoyo publicitario y dependiente mayormente del boca en boca.
Antes de su estreno comercial, el film ya había sido bien recibido en el Festival de Málaga y el Bafici. También tuvo tres nominaciones para los premios Goya. Es el tipo de historia que por los temas que aborda (las segundas oportunidades, la soledad y la importancia de los vínculos, la identidad, el desarraigo) tiene un alto potencial para conseguir la empatía de un espectador sensible. Y lo bueno es que lo hace sin subrayados, efectismos ni golpes bajos.
Manolo Solo (actor español de larga trayectoria, conocido por sus papeles en Tarde para la ira, La isla mínima y El laberinto del fauno) interpreta a Fernando, un profesor de Geografía cuya ordenada existencia se derrumba cuando su mujer, de origen serbio, desaparece sin ninguna explicación.
La determinación que toma de inmediato el protagonista es drástica: abandona su trabajo, deja su casa en Barcelona y, casi por casualidad, termina adoptando la identidad de un jardinero que debía incorporarse a una quinta del norte de Portugal. Ese pequeño engaño le proporciona a la valenciana Avelina Prat un punto de partida propio del thriller, aunque la película revela muy pronto que sus intereses están en otros lugares.

Fernando llega a la finca y conoce a Amalia (la gran actriz portuguesa Maria de Medeiros), su propietaria, que acepta al recién llegado sin titubear, guiada por una buena intuición. Entre ambos se establece una relación marcada por conversaciones íntimas, comidas, paseos y también silencios.
Aunque Fernando miente sobre su nombre y su pasado, esa identidad falsa parece permitirle comportarse de una manera cada vez más auténtica. El relato va desplazando así el misterio inicial -qué ocurrió con su esposa- hacia otra zona de interés, planteando un interrogante que se vuelve medular para su desarrollo: ¿Hasta qué punto una persona está determinada por la biografía que ha construido?
Los mapas que utilizaba Fernando en su faceta como profesor (aparecen en la primera parte de la historia) no están ahí porque sí: del mismo modo que pone el foco en la influencia inevitable del azar, Una quinta en Portugal también propone territorios emocionales que no se pueden cartografiar de antemano.
Un giro narrativo importante en el último tramo de la historia luce, eso sí, un poco forzado: el guion introduce un plot point bastante convencional en una estructura mayormente liberada de ese tipo de operaciones.

Pero igual la película conserva una marcada melancolía que deriva de la resignada convicción de que ninguna vida puede reiniciarse realmente desde cero, por más voluntad que se ponga en pos de cumplir ese deseo: siempre quedan en la memoria personas, recuerdos y fantasmas que nos reclaman atención.
Fernando llega a Portugal fingiendo ser otro, con el peso de un pasado reciente doloroso que lógicamente lo inquieta. Pero paradójicamente es allí, lejos de su hogar y de esa vida corriente que estalló inesperadamente, donde empieza a descubrir quién podría ser.



