
Con carnadura humana
"La tempestad", de Shakespeare, en versión de Lluis Pasqual y traducción de Patricia Zangaro. Intérpretes: Alfredo Alcón, Tony Vilas, Horacio Peña, Osvaldo Bonet, Néstor Sánchez, Eleonora Wexler, Tomás Fonzi, Eduardo Calvo, Carlos Belloso, Hernán Jiménez, Leandro Aita, Pedro Segni, Diego Starosta, Oscar Ferrigno, Pablo Algañaraz, Santiago Calvo, Adrián Canale, Fabián Canale, Javier Davis, Juan Pablo Gómez, Bryan Contreras, Aureliano Far Suau y Marcelo Macri. Música: Josep María Arrizabalaga. Vestuario: Renata Schussheim. Iluminación, escenografía y dirección: Lluis Pasqual. Duración: 100 minutos. En el Teatro San Martín. Nuestra opinión: Muy bueno
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No sería erróneo presuponer que "La tempestad" es la más personal de las obras de Shakespeare y, por lo tanto, la que ofrece un campo propicio para la diversidad de interpretaciones.
En realidad, por ser una de sus últimas obras, es casi un testimonio literario donde el autor sintetiza algunas líneas temáticas que develaron su sueño creativo. En "La tempestad", por ejemplo, está la ambición por el poder tal cual se planteó en "Macbeth"; la traición fraternal para usurpar el trono, como sucedió con Ricardo II y Hamlet; el cultivo del amor entre dos jóvenes de familias rivales, situación similar a la de Romeo y Julieta, aunque con un desenlace feliz; la impotencia de un rey frente a la fuerza de la naturaleza, enfrentamiento que el autor había encarado en "Rey Lear"; los naufragios y las pérdidas temporarias de seres queridos que también aparecen en "Cuento de invierno"; la venganza, motor dramático que se desarrolla en "Hamlet", la fantasía en convivencia con la realidad, hábilmente lograda en "Sueño de una noche de verano", y muchas otras analogías que sería extenso enumerar.
Además, es un legado, por las características propias de la obra. Próspero es un demiurgo, un creador de mundos al igual que Shakespeare, y se presenta como un mago, un artífice del destino de los demás. A través de sus palabras, trasciende el pensamiento del autor sobre el mundo y la vida, el afán de someter, la perfidia, la traición, la ambición, el ejercicio del poder; constantes humanas que se repiten a través de la historia.
Como mago, Próspero hace y deshace situaciones, crea peripecias, mueve a sus criaturas a su antojo, privándolas de su voluntad, enfrentándolas a sus propios miedos y a sus conciencias. Es casi la tarea que realiza el autor con sus personajes. Por eso, a veces, Próspero se presenta como un observador de su propia tramoya; otras, como un espectador que disfruta de sus artimañas.
No en balde Shakespeare es el gran intérprete del caos anímico y psicológico de los hombres. Por esto, inesperadamente, nos sorprende con una resolución que presenta dos finales. En primer lugar, es una obra cuyo desenlace remite al comienzo. Es decir: Próspero exiliado y derrocado de su ducado, vuelve a Milán para recuperar sus baluartes reales. La tempestad ha cesado y todo vuelve a la normalidad.
Pero, además, en un epílogo, como si todo hubiera sido una representación teatral, el protagonista se dirige al público para pedir su clemencia, después de haber enterrado su varita (¿pluma?) mágica, encontrando la justificación en las certeras palabras de Próspero (o de Segismundo de "La vida es sueño"): "Somos de la misma sustancia de que están hechos los sueños, y nuestra breve vida está rodeada de un sueño".
Síntesis espacial
La puesta es todo un tema. Un señor tema en realidad, porque no es fácil reproducir en escena la tormenta, el naufragio, los actos de magia, los cambios de ambientes de reales a fantásticos. Se hace necesaria una síntesis espacial, y Lluis Pasqual la logra con un gran telón plateado y bastante imaginación.
Ese gran telón es el único elemento escenográfico que se va a transformar en manos del artífice Pasqual en el marco ambiental de las diferentes situaciones: es el embravecido mar que sacude la nave y es el velamen abatido por vientos despiadados. Pero también, extendido en toda su altura e iluminado con níveas luces, es el paraíso selvático que acoge a los enamorados; a media asta, mostrando la desnudez de su estructura y poleas, se transforma en la cruel realidad representada por los usurpadores, que, según la mirada del director, llevan uniformes militares contemporáneos.
Con un gran pliegue, esta tela pasa a convertirse en la carpa de un circo, engalanada por la policromía de la iluminación donde juegan sus escenas Calibán, Trínculo y Stefano, transformados, según esta propuesta estética, en personajes clownescos.
En este marco escénico, Pasqual acentúa la condición de espectador de Próspero, vigilante, acechante de las acciones.
El peso de un texto
Con este único recurso escénico (la tela), la fuerza del drama estuvo en el texto y en la actuación.
En cuanto al original, de casi cuatro horas de duración, único caso donde Shakespeare aplicó la unidad de tiempo, la reducción favoreció el seguimiento de una sola línea dramática y la concentración en el texto que permitió su disfrute.
En cuanto a la interpretación, por tratarse de un elenco numeroso hubo un resultado muy homogéneo, sobre todo cuando, por los planos requeridos de ficción y de realidad, se hicieron necesarias diferentes marcaciones.
En cuanto al protagonista, Próspero, en la piel de Alfredo Alcón, encontró una carnadura de hombre común, sin la grandilocuencia de su cargo ducal, abatido por la injusticia, dolido por la traición fraternal, déspota con Ariel y Calibán, pero muy sensible al amor, a la juventud y al perdón. Despojado de todo atavismo real, Alcón presenta a Próspero en lo mejor de su condición humana y, por lo tanto, en toda su grandeza.
También es convincente la actuación de Eleonora Wexler, muy apropiada para recrear la ingenuidad e inocencia de Miranda.
Aunque correcto en su manifestación exterior, en Tomás Fonzi se nota la ausencia de un compromiso con los sentimientos de Ferdinando (o Fernando, según otras traducciones) y la falta de ejercicio escénico.
Destacado es el trabajo de Carlos Belloso como Calibán, en el que alcanza una interesante composición, nivel al que no llegan Eduardo Calvo, como Trínculo -se lo ve demasiado exhibicionista en su caracterización con vestuario hermafrodita-, y Hernán Jiménez, como el cocinero Stefano, que no aprovecha todos los recursos que le ofrece su personaje.
En cuanto a Tony Vilas, Horacio Peña, Osvaldo Bonet y Néstor Sánchez, considerando la posibilidades que les ofrecen sus papeles, se muestran correctos.
Lo interesante es la lectura que mostró Pasqual sobre "La tempestad", volcando su mirada contemporánea sobre situaciones del pasado y trayéndolas a un presente reconocible, aunque no especificado, en cualquier tiempo y en cualquier lugar.
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