
Periodista inquisitivo, militante peronista y cuadro montonero, Horacio Verbitsky sostiene que, para quienes participaron en política durante los 70, la Argentina no tiene ningún futuro satisfactorio.
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Para acceder a la oficina de Horacio Verbitsky no hace falta sortear dispositivos de seguridad. Ni nada es semejante a la cnn. El lugar es un sitio oscuro ubicado en el primer piso de un edificio fascinante y algo senil, erguido ante las narices mismas de Tribunales, de cuya custodia se ocupa una portera que sonríe. Así que, a simple vista, a la hora de parir sus revelaciones todo lo que tiene el hombre para defenderse de la side, la cia y el Resto del Mundo es a la encargada.
Lo que esconde la oficina es un agujero negro, y el agujero negro oculta un truco: cuando se abre la puerta y se traspone el umbral, parece que todo queda en otra parte, fuera del tiempo. Hay algo opresivo en ese lugar sin ventanas. Aun con las tres fotografías de Naomí Campbell –desnuda, extraordinariamente hermosa– que Verbitsky puso hace un tiempo en la pared atiborrada de afiches, pinturas, historietas. Aun así hay algo opresivo, algo de disciplina monacal concentrada, en el espacio invadido de archivos, libros e historia; algo de muy rica, dolorosa e intensa historia personal y colectiva.
El hombre está sentado a la mesa de trabajo con el televisor encendido y tiene los parlantes del equipo a sus espaldas. La notebook, también encendida, está a su izquierda, en diagonal con la pila de cds. Esta visita de hoy es la segunda parte de una entrevista iniciada hace unas cuantas semanas. La vez anterior, el entrevistador había quedado con las ganas de preguntarle al azar sobre su relación con su universo rockero remoto. Qué hacía Verbitsky, por ejemplo, en el año 1967, cuando apareció Sgt. Pepper’s y él tenía 25 años.
–A mí me gustaban los Rolling Stones –cuenta–. Uno de mis hijos suele recordarme: "Ese señor tiene tu edad". Es que Mick Jagger, Muhammad Alí y yo somos del mismo año. Pero mis ídolos musicales en esa época eran [Aníbal] Troilo y [John] Coltrane.
Verbitsky gira y pone en marcha la compactera. "A ver qué sale", dice, coqueto. Y sale Coltrane, por supuesto.
–Yo tuve una formación musical temprana y amplia desde chico, mi madre tocaba el piano, tangos. En casa se escuchaba Duke Ellington, George Gershwin, Marian Anderson, Bach. Por la formación que recibí, para mí la música significaba otra cosa, el placer puro. No existía un conflicto social vinculado con la música.
Para sus contemporáneos más jóvenes, Verbitsky es básicamente el temible centroforward de Página/12 y el autor, entre una decena de libros, de Robo para la corona (250 mil ejemplares) y El vuelo. A gusto del que escribe, es responsable de las más rigurosas y lúcidas reflexiones sobre el reinado menemista y otras fábulas edificantes de la historia nacional. Es tam- bién presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales (cels) y miembro de Human Rights Watch y la Asociación Periodistas. Es abundante lo que puede decirse sobre su persona y a su persona no le disgusta que se subrayen las abundancias. Pero por el momento interesa despegarse del presente e ir lejos hacia atrás.
UCRANIA/BUENOS AIRES, 1907. Ese fue el año de la llegada de los primeros Verbitsky a la Argentina. En poco tiempo más, con el aluvión inmigratorio, en lo que había sido la Gran Aldea vivirían más extranjeros que argentinos. Bernardo Verbitsky, futuro periodista y escritor, padre de Horacio, venía en la panza de su madre, que procedía de Ucrania. Dos años antes, tras la derrota de la revolución antizarista de 1905, un tío abuelo de Bernardo había sido colgado en la horca. El temor a la persecución, aliado a los otros temores de la pobreza y los pogroms, estimuló la partida y, como suele suceder en tanto descendiente de inmigrantes, Verbitsky se pregunta por qué habrá sido que sus abuelos eligieron estas tierras. En 1912 la que llegó fue la familia materna, también originaria de Ucrania. Mamá Verbitsky era otro bebé en el barco. El abuelo huía del reclutamiento obligatorio del ejército.
El nene nació en 1942 y tres años después su familia se fue a vivir a Ramos Mejía. Calles de tierra, tres o cuatro casas en la manzana recién trazada, el lechero pasando con las vacas y el sonido de los cencerros ingresando por las ventanas. "A mí me resultó totalmente natural ser argentino."
Bernardo Verbitsky fue periodista del diario Crítica en la década del 30 y luego paso por Noticias Gráficas, un diario fundado por un Mitre descarriado. Ese Verbitsky, referente cultural hoy olvidado, en los años felices del peronismo escribía notas de corte político. Su hijo Horacio recortaba esos artículos, armaba carpetas y con ellas presentaba trabajos prácticos triunfales en la escuela. Tan triunfales eran que un 5 de octubre, Día del Camino, la maestra le señaló al alumno Verbitsky que había ido demasiado lejos: "Quiero aclarar que antes de Perón también había caminos en la Argentina".
Eran los años del aluvión zoológico caído sobre los contornos de Buenos Aires. Cada vez que los Verbitsky iban o venían en tren, veían desde lo alto del terraplén lo que al nivel del mar aparecía disimulado: "Un laberinto de callejuelas, curvas, casillas precarias".
–Un día papá dijo: "Vamos a bajar a ver qué es eso". Bajamos, y descubrimos una ciudad oculta dentro de la ciudad. Comenzó a ir los fines de semana para hablar con la gente que vivía ahí, para conocer sus problemas. Muchas veces me llevó. Escribió una nota en Noticias Gráficas donde por primera vez se utilizó la expresión "villa miseria". Luego escribió la novela Villa miseria también es América con todas las historias que había escuchado ahí, en la villa Maldonado; historias que me impresionaban, aun cuando nosotros éramos muy pobres, no teníamos gas y calentábamos agua en cacerolas para poder darnos un baño semanal.
Aunque no siempre acepta extrapolar los recuerdos de infancia y adolescencia como una educación sentimental forjadora del Verbitsky futuro –el periodista inquisitivo, el militante peronista, el cuadro montonero– las imágenes son fuertes. A las 12 del mediodía del 16 de junio de 1955, Verbitsky iba como todos los días rumbo al Colegio Nacional Buenos Aires y quedó atrapado en uno de los peores fotogramas de la historia nacional: el bombardeo de la Marina sobre Plaza de Mayo. "No llegué a entrar en el colegio. En Diagonal Norte se veían las ráfagas de las ametralladoras de los aviones. Usaban balas trazadoras que se veían como líneas fosforescentes, para que el piloto pudiera regular la puntería."
Tres años antes, la familia se había mudado a otro barrio de Ramos Mejía, gente de clase media. La madre era ingeniera y había diseñado la casa. Pero planificaron una mudanza en cuotas. Así que Bernardo Verbitsky y su hijo hicieron de avanzada y se dispusieron a pasar la primera jornada sin luz, esperando que a la mañana siguiente el resto de la familia trajera nuevos bártulos. Avanzó la noche y padre e hijo se metieron en la cocina con un par de bancos, una vela y una radio.
–Ahí escuchamos la noticia de la muerte de Eva Perón. Era sobrecogedor, era la sensación de que estaba pasando algo muy grave y muy trascendente, que era una pérdida terrible.
En medio del clima creado por su relato, Verbitsky hace una pausa y cierra con una típica semisonrisa suya, de esas que distancian las cosas y pretenden decir aquí no ha pasado nada.
–Creo que por suerte mis recuerdos infantiles son recuerdos infantiles. No están ideologizados.
EL PERRO, LA MASCARA. No resulta agradable ni a la escritura ni a la lectura andar repitiendo cada tantas líneas un apellido de sonido tan ripioso como "Verbitsky". Como ciertas reglas de decoro impiden llamarlo Horacio, al autor de esta entrevista no se le ocurre otra solución técnica que llamarlo el Perro, cosa de matizar y de paso entrarle al personaje por otro lado. Medio mundo en el gremio de periodistas, más una inmensa y variada periferia, sabe que a Verbitsky se lo conoce como "el Perro". Aun cuando pueda sostenerse que el Perro tiene un carácter... difícil, no necesariamente necesita intimidar mediante ladridos. Lo que preocupa en él, y por momentos confunde, es su máscara, su insoportable aplomo, su presunto sosiego e invulnerabilidad.
Cada tanto, durante la conversación, impone un silencio. Cuando retoma el discurso parece que vuelve de lejos, y nunca se sabe qué esperar de él: si una palabra cortante, si alguna vanidad o si emoción pura, la que comparte se diría que generosamente. Hace un tiempo, una hermorragia intestinal estuvo a punto de mandar al Perro al otro barrio. Pero no parece que vengan sólo de ahí la tristeza y el cansancio.
El Verbitsky oficial, The Professional, es el que emergió en 1960 haciendo el pronóstico del tiempo en Noticias Gráficas. A los 23 años era jefe de redacción del semanario Confirmado y más adelante fue estratega de La Opinión, el diario fundado y dirigido por Jacobo Timerman. Existe el otro Verbitsky, menos conocido pero fundido con el anterior. Aquel chico que visitaba la villa Maldonado de la mano de su padre, el que corrió bajo las bombas en la Plaza de Mayo y comenzó a militar en el peronismo en 1961 en un grupo variopinto en el que había otro periodista: Pedro Leopoldo Barraza. Alguna vez ambos entrarían a trabajar en Clarín. El Perro recuerda lo insólito que resultaba su amigo al menos para la formalidad que imperaba en el gran diario argentino. Dicen que Barraza iba vestido con sandalias, musculosa, sin medias y con una carterita tejida que le colgaba del hombro. Cuando trasponía la entrada y pasaba junto al busto del fundador del diario, don Roberto Noble, Barraza lo interpelaba con su decir tartamudo:
–Ss-si tt-te despertaras y vieras a ttt-todos estos a-alcahuetes, tt-e morías de nuevo.
Leopoldo Barraza fue secuestrado y asesinado por la Triple A en 1974. Para entonces, el Perro ya venía transitando largamente su educación sentimental. Había conocido a Rodolfo Walsh en 1963, cuando Walsh volvió de su viaje a Cuba, en donde fundó la agencia Prensa Latina junto con Rogelio García Lupo y Jorge Ricardo Masetti. Con Walsh, hacia 1968, hicieron el semanario de la cgt de los Argentinos, la que lideraba el dirigente combativo Raimundo Ongaro. Así que fue sólo entonces cuando los dos Verbitsky –el periodista y el militante– confluyeron en uno, gracias, entre otras cosas, a la aceleración de la historia y a la radicalización de un proceso político que derivaría en la participación de Walsh y Verbitsky en la agrupación Montoneros. Visto desde el 2000, habrá quien suponga que involucrarse en semejante apuesta era el resultado de un convencimiento feliz o de un error monstruoso, pero que en cualquiera de las dos variantes la apuesta no contenía ni dudas ni fisuras. Sin embargo, ya en 1969, Verbitsky sostuvo una densa conversación con Walsh en la que anticipó el abismo en el que iba a caer el país.
–Después de la etapa de la cgt de los Argentinos y del Cordobazo comienza todo el trabajo clandestino de las organizaciones revolucionarias. Eran decisiones muy pesadas las que había que tomar y varios éramos muy escépticos sobre lo que estaba pasando y lo que se veía venir. Pero la idea de marginarse de ese proceso nos resultaba insoportable, aun cuando uno estuviera en desacuerdo en más de un aspecto. Es que ahí estaban todas las personas y todos los valores significativos para nosotros. De modo que después de unos meses de distancia con Rodolfo, volvimos a hablar y le dije que yo iba a seguir haciendo lo que había que hacer, que no estaba dispuesto a marginarme.
–¿Qué diferencia de edad tenían?
–Quince. El tenía quince años más que yo. Es una cosa muy impresionante sentir que yo soy ahora más grande que todos ellos. [El poeta, narrador y militante montonero] Paco Urondo, que tenía doce años más que yo, murió a los 46. Rodolfo murió a los 50. Y yo tengo ahora 58. A mí me cuesta mucho entender el tiempo que ha pasado, más de veinte años. El tiempo es algo muy difícil de entender.
LA CHARLA SE MONTONERIZA antes de lo previsto y eso exige una pausa. Aunque Horacio Verbitsky nunca ocultó su militancia, hasta hace unos años debió responder a acusaciones según las cuales él era, junto con Walsh, el más peligroso miembro de la inteligencia montonera. No sólo la derecha ligada al gobierno militar le formulaba las acusaciones, sino que incluso algunos sobrevivientes setentistas se preguntaban, entre la duda y la malicia, "cómo hizo el Perro para sobrevivir" a la última dictadura. Más de una vez él explicó que tras la muerte de Rodolfo Walsh, desde la clandestinidad, continuó durante un tiempo haciendo funcionar las redes de información que habían armado juntos. Más adelante –ya abierto de Montoneros, pero siempre clandestino– escribió recetarios de cocina y un libro de yoga, se alquiló como escritor fantasma y abrió un estudio de traducción. Desde la recuperación de la democracia, en la percepción de quien escribe, Verbitsky fue sumamente cuidadoso a la hora de revisar en público su militancia montonera. Así que cuando avanza en sus recuerdos y le digo que me sorprende su naturalidad, responde:
–No, siempre que me preguntan, yo contesto. Mis responsabilidades en Montoneros nunca fueron importantes orgánicamente, posiblemente porque yo era un rompepelotas, porque no les resultaba confiable. Pero me dejaron hacer cosas que otros no podrían haber hecho porque requerían ciertas habilidades específicas, como la edición del diario Noticias (el periódico que manejaron los Montoneros hasta su clausura por [el ex secretario privado de Perón] José López Rega y que llegó a tener picos de venta de hasta 180 mil ejemplares) y después la difusión de la prensa clandestina. Pero, en lo que era la estructura organizativa de Montoneros, mi nivel fue siempre bajo.
El relato vuelve a 1969, un año antes de la aparición pública de Montoneros con el secuestro del general Aramburu. Cuenta el Perro que por entonces se le había dado por leer textos sobre la historia argentina de fines del siglo xix. Allí se describía la derrota de las últimas montoneras del interior como cara opuesta del triunfo del proyecto liberal. Parece ser que las imágenes de aquellas antiguas derrotas se le sobreimprimían y le anticipaban lo que iba a suceder con el proyecto en que se metía. Sin embargo, siguió. Leo en voz alta una frase que deslizó durante una entrevista publicada en The Buenos Aires Herald.
–El haber participado en ese proceso es algo de lo cual yo de ninguna manera me arrepiento. Ahora, el resultado que tuvo fue espantoso y dentro de ese proceso se hicieron cosas horrendas que a mí me dan vergüenza. Yo tuve la suerte de que no me tocara participar de ninguna operación donde hubiera que matar a alguien, de lo cual me alegro mucho. Pero eso no quiere decir que me sienta irresponsable de todo lo que pasó. Ha habido mucho sufrimiento y se han cometido actos atroces antes los cuales uno no puede ser de ninguna manera insensible o indiferente.
–¿A qué hechos concretos te referís?
–Pienso en algo que no hizo Montoneros, sino el erp: la muerte de la hijita del capitán [Eduardo] Viola. Me da vergüenza que haya ocurrido esa monstruosidad. Es importante hacer una aclaración: el erp también se sintió profundamente convulsionado por lo que ocurrió, al punto que suspendió los ataques personales y se dividió la organización. Pero también está el caso de la muerte de la hija del almirante Jorge Lambruschini como consecuencia de una bomba que puso en su casa Montoneros, en 1979. Hacía dos años que yo no estaba en la organización, pero igual me parecen actos miserables que no se justifican con ninguna ideología. No tomaron el mínimo recaudo para impedir que murieran las dos criaturas.
–En el consenso actual no se cuestiona sólo la falta de recaudos sino lo anterior: la legitimidad de la violencia política...
–Yo no hago una condena metafísica del uso de las armas. Creo que hay momentos de la historia en los que nada es más justificado que el recurso de las armas. Si yo hubiera sido un judío polaco del gueto de Varsovia habría participado en el levantamiento de Mordejai Anilevich contra la ocupación nazi. Ese me parece uno de los actos más legítimos y nobles de la historia de este siglo. A la inversa, creo que hay otras circunstancias en las que el uso de las armas para lograr objetivos políticos es repugnante. Ejemplos: la práctica de la Triple A o el terrorismo de Estado. Entre ambos extremos hay una gama intermedia infinita. En la Argentina de la década del 60 y principios del 70, después de décadas de represión, proscripción e imposibilidad de llevar adelante un proceso democrático, el recurso a las armas fue legítimo. Lo cual no quiere decir que fueran legítimos todos y cada uno de los actos armados que se realizaron.
Se hace un silencio en la conversación.
No queda claro si Verbitsky impone la próxima pregunta o si va a seguir desovillando. Tras unos segundos retoma el relato, aceptando que en algún caso no le resultó nada fácil hablar del pasado, a veces por no saber cómo conjugar su lealtad con la propia historia con la aceptación pública de lo peor de esa misma historia.
–A mí con esto me pasa una cosa que es muy difícil. El primer acto público de Montoneros, Aramburu, es una de esas barbaridades de las cuales yo siento vergüenza. Cuando a Aramburu le solicitan su última voluntad y él pide "Atenme los cordones de los zapatos", Firmenich se agacha y se los ata. Creo que Aramburu comprendió una cosa que Firmenich ni sospechó, al punto que después alegremente la contó (a La Causa Peronista, el semanario oficial de Montoneros). Aunque Aramburu fuera el golpista del 55, el fusilador del 56 y uno de los grandes responsables de todo lo que vino después en el país, en ese momento era un hombre prisionero y solo. Se comportó con una entereza y una dignidad que no tuvieron quienes lo secuestraron y mataron de esa forma miserable. Cuando eso ocurrió yo no estaba en Montoneros sino en las [Fuerzas Armadas Peronistas] fap, y nosotros emitimos un documento muy crítico sobre el episodio.
En noviembre de 1972, Perón volvió por primera vez a la Argentina. Las fap se evaporaron y Verbitsky se integró en Montoneros. Después vendría Ezeiza.
–Yo me pregunto: si teníamos esa visión de lo de Aramburu y suscribimos ese documento tan crítico, ¿cómo pudimos integrarnos después en Montoneros? La única explicación es el clima de la época. Esa organización que había iniciado su actuación pública con el secuestro de Aramburu y que luego había movilizado a capas enormes de la juventud, tenía un papel político muy importante para cumplir. Si uno quería participar políticamente, Montoneros era una opción atractiva.
Así que Verbitsky continuó, hasta 1977. Hay quienes pasaron por lo mismo: aquellos militantes que, porque les resultaba insoportable la idea de renunciar a lo que hacían, por más dudas y miedos que tuvieran, murieron finalmente, algunos en la triste "contraofensiva" decidida por la conducción de Montoneros fuera del país.
–Nosotros planteábamos nuestro desacuerdo en documentos, por vías internas, en discusiones. Pero no se nos planteaba la idea de irnos por respeto a los compañeros que habían arriesgado todo y que habían dado su vida. Lo hubiéramos sentido como una traición. Walsh mismo planteó la necesidad del repliegue y comenzó a escribir firmando con su nombre y apellido, empezando por la Carta Abierta a la Junta Militar. Pero no rompió con la organi- zación. Siguió de otra manera, imponiendo sus condiciones: si les gusta, bien, y si no... Lo mismo en mi caso: yo no me fui, a mí me fueron.
HOMBRE EN EL HIELO. El Perro se instaló en su oficina de Tribunales en 1982, cuando la derrota en Malvinas permitió que gente como él emergiera del hielo. Para cuando acababa la glaciación ya estaba demasiado habituado al encierro y la clandestinidad. Cuando le pregunto si la soledad tiene algún efecto virtuoso para la práctica del periodismo dice que sí. "La escritura en sí es una tarea solitaria. Uno puede disimularlo, contrariarlo, pero el hecho esencial es que es un acto solitario". Esta frase pertenece a la segunda entrevista. En la primera no estaba Noemí Campbell triplicada sobre la pared y abajo no estaban pintando el hall, el edificio era más interesante en estado ruinoso.
La primera entrevista finalizaba así, con las ruinas.
–Extraño a muchos compañeros muertos y desaparecidos, y tengo desaparecidos en mi familia. La ausencia de todos ellos ha empobrecido a toda la sociedad. La dictadura es un gran agujero negro para mí, pero lo es también para toda la sociedad argentina.
Vuelvo semanas después. El Perro ríe de buena gana por teléfono cuando explico que a la entrevista le falta y que estamos obligados a jugar el juego de Moria Casán: si querés llorar, llorá. Hay que dotar al Perro de emociones.
–Decíme a quiénes extrañás y con qué imágenes recurrentes, si las hay.
–Extraño a Pirí Lugones, que fue secuestrada en diciembre de 1977. En realidad, se entregó porque no soportaba vivir sin su compañero, al que habían secuestrado previamente. Y pese a que había caído gente que conocía su casa, ella se quedó ahí, sabiendo que la iban a buscar, porque tenía la fantasía de que así tal vez se iba a encontrar con su compañero. Era un placer verlos jugar como adolescentes enamorados. Pirí tenía más de 50 años y él más de 40. Antes de su secuestro estuvo refugiada en mi casa. Había tenido un esguince, así que estuvo en cama quince días. Jugábamos a las visitas. Yo golpeaba la puerta, hola, adelante, quién es. Yo pasaba, le llevaba un café y me sentaba al lado y charlábamos. Son cosas que extraño mucho.
Creo, sólo creo, que la voz le tiembla un poco cuando lo dice. Se supone entonces que uno debe anotar: "Su voz parece quebrarse". Se me ocurre que todo esto es una pajería perversa, gratuita, por lo menos ante la pregunta triste que no quiere salir de ahí: ¿qué representan para los demás los muertos de Verbitsky? ¿Hay alguien ahí que se conmueve?
Verbitsky hace silencio y sigue.
–Extraño, naturalmente, a Rodolfo, con quien compartí buena parte de mi vida militante. Extraño a Alberto Camps, que fue uno de los tres sobrevientes de la Masacre de Trelew en 1972 y a quien mataron en septiembre de 1977. Es una de las personas más buenas que he conocido.
La vez anterior había hablado de la dificultad de escribir sobre Montoneros, de la imposibilidad de escribir sobre Walsh estando tan involucrado, siendo que es su propia vida la que está ahí. En cuanto a Montoneros, decía también que ya no se le ocurre nada demasiado revelador que agregar.
–Pero habrás fantaseado la escritura de la biografía de Walsh...
–Sí, claro. Por supuesto.
–¿Cuáles son las trabas concretas?
–La falta de distancia es muy importante como obstáculo. Pero hay otros problemas. Cuando pensé en escribirla la estructura que se me imponía era el modelo de Mitre en las historias de San Martín y Belgrano. Es decir, tomar al personaje de Rodolfo como un hilo conductor, en distintos momentos de la historia contemporánea. Y tampoco he sido capaz de afrontar eso. No sólo por la cuestión del afecto personal sino por la dificultad de hacer una revisión crítica de la historia. Podría hacerla tomando distancia y con frialdad, del mismo modo que puedo tocar cualquier otro tema. Pero yo sentiría que eso sería un tratamiento insincero. Hay cosas que yo no puedo tratar con distancia, y sin distancia no sé si puedo o si en verdad vale la pena. El resultado es que no lo hago.
Verbitsky juega con la idea de que algún día, "cuando sea grande", volverá a sus orígenes de periodista cultural. Pero dice que hacer literatura no, que ése fue el territorio de su padre, "territorio vedado". Aun cuando se le elogien las virtudes de su prosa o sus méritos de narrador –evidentes en los artículos recopilados en su libro Hemisferio derecho–, si se habla de un Verbitsky literario él insiste en hacerse el distraído. Peor resulta cuando se le pregunta sobre los efectos que provoca la admiración del prójimo.
–No lo entiendo muy bien, no he asumido eso y cada vez que ocurre me sorprende. He aprendido a manejarlo con discreción. Yo he tenido tanto más reconocimiento del que merezco...
Le digo que me parece que lo que está diciendo es un lugar común horrible y para colmo televisivo, que no le creo. En el silencio desagradable que se abre parece decirme "Es tu problema, macho". El Perro insiste.
–Básicamente, no lo entiendo, es ajeno a mí. Todo lo que he hecho es muy pequeño, tiene muy poco valor. Por supuesto, hice siempre lo mejor que pude, entregándome al máximo.
–"Tiene muy poco valor" ¿desde qué referencia? ¿La trascendencia? ¿La gran literatura? ¿La responsabilidad histórica?
–Es pequeño en referencia a mi propia historia. Creo que es apenas un hilo suelto de lo que podría haber sido un tejido muy rico, muy colorido, y que fue destruido por lo que sucedió. No veo lo que yo hago más que como un hilo suelto, que no da ni puede dar nunca razón de aquel tejido al que pertenecía. Es algo insuficiente, deslucido. Ese es mi sentimiento más profundo.
–Esto debe provocar un tipo de infelicidad hacia adelante. Una declaración de impotencia: si yo no pertenezco a algo, si ya no estoy con ellos, ya no puedo.
–Y es así. Uno sigue viviendo y sigue haciendo las cosas que cree que puede y debe hacer. Pero realmente creo que de todo lo que he hecho en estos años... Lo que puede quedar, rescatarse, no es una obra sino una actitud de no desviarse, de no doblarse. Creo que de la obra no va a quedar nada.
Por un instante siento que hay algo atroz en lo que dice. Por supuesto: hay una tragedia que nos abraza y nos envuelve. Pero cuando el Perro dice que lo suyo es insuficiente, un hilo suelto de lo que nunca será, lo siguiente es imaginarlo encerrado a perpetuidad en su oficina oscura, solo, clandestino. Sólo él y su notebook en el planeta Dictadura, sabiendo que jamás se va a poder ganar. Lo terrible es preguntarse hasta dónde esa imagen de lucha crispada y solitaria nos representa, ya sea en la identificación o, peor, en la indiferencia.
–El tuyo es un planteo desolador...
–Pero es que por supuesto que no tenemos salida. Lo que pasó es siniestro y no hay ninguna salida para quienes hemos vivido y participado en esa época. Por suerte el país y el mundo siguen, más allá de nosotros. Pero para los vejestorios sobrevivientes, claro que no hay salida, no hay ninguna salida.
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