
Madonna
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La Ciccone se aparta de las clases de yoga para demostrar que todavía puede trasnochar en la disco.
En 1985, el ombligo de Madonna dominaba el mundo. Ese año –que empezó con “Like a Virgin” al tope de los charts y siguió con “Crazy for You” derrocando a “We Are the World”– ella moldeó su filosofía, su cosmovisión definitiva, en una frase. Madonna lanzó “Into the Groove”, tal vez el single más sublime de todos los tiempos (editado junto con el tema de Buscando desesperadamente a Susan, la única película buena en la que actuó). Durante la mayor parte de los sintetizados 80, ella proclamó: “And you can dance… for inspiration”.
Veinte años más tarde, la cabalista más famosa del mundo ha encontrado otros caminos para iluminarse. Pero según ilustra Confessions on a Dance Floor, Madonna nunca perdió la fe en el poder del ritmo. Dirigida por una caleidoscópica producción –principalmente a cargo de Stuart Price, conocido como Les Rhythmes Digitales–, Confessions… surge como un disco recién salido del infierno, y saca a la chica Esther de los jardines ingleses y de las clases de yoga para meterla en el indómito boliche del mundo donde forjó su nombre.
Este es un álbum diseñado para ser escuchado a todo volumen. Es puro movimiento, acción, velocidad. Los temas cambian constantemente, con capas de sonidos y de samples que entran y salen, rebotando y ululando en los parlantes.
A diferencia de la cristalina precisión de los últimos discos de Madonna, como Ray of Light y Music , aquí predomina el power house: en temas como “Future Lovers” y “Push” la marca sónica es casi psicodélica. Las doce canciones no sólo se mezclan como si fueran una sola, como el set de un dj, sino que también ya vienen prerremixadas.
Además, Confessions… significa un quiebre en la historia de la música dance: aparte del acaramelado sample de Abba en el primer single, “Hung Up”, hay citas efímeras de The S.O.S. Band y Tom Tom Club. La señora de Ritchie incluso le hace un guiño a su propio pasado, con cameos melódicos de “Like a Prayer” y “Holiday” asomándose cada tanto.
Para Madonna, la búsqueda de trascendencia siempre estuvo muy ligada a la liberación extática de la danza. Pero mientras sus esfuerzos previos por proclamar la supremacía del dancefloor se construyeron, en general, en torno al objeto mismo de la música (piensen en “Everybody”, “Vogue” o “Music”), en Confessions… cambia el enfoque hacia la autosuficiencia. “I can take care of myself” ["yo me cuido sola"], canta en el vibrante “Sorry”.
El único momento en el que el tempo cae es en el tema central de Confessions…, “Isaac”. La canción, se dijo, está inspirada en el místico del siglo XVI Yitzhak Luria, pero eso fue negado por Madonna. Como sea, con el canto en hebreo y las frases rabínicas, es el gesto más explícito del disco respecto a sus prácticas espirituales. El ritmo galopante y el loop de guitarras acústicas en cascada crean una dinámica intrigante, evocando tanto la música africana como la de Europa del Este, pero la letra es elusiva. “All of your life has all been a test” ["toda tu vida fue una prueba"], entona solemnemente. Como mucho de Confessions…, resulta demasiado indirecto.
Otras canciones aluden a las lecciones que aprendió gracias a su entrega religiosa, pero no llegan a ser grandes revelaciones. En “How High”, Madonna proclama: “Me pasé toda la vida queriendo que hablaran de mí”, y se pregunta: “¿Importará algo de todo esto?”, sólo para concluir: “Supongo que me lo merezco”. El tema que cierra el álbum, “Like It or Not”, tiene la intención de ser una firme declaración de independencia, pero su carga de clisés la debilita. Por otro lado, su voluntad de rimar “New York” con “dork” en la espiralada “I Love New York” es un atisbo de la vieja pimienta de Ciccone: el álbum se hubiera beneficiado con más condimentos de este tipo.
Como compositora, Madonna siempre fue minusvalorada. Pero mientras que a Confessions… le sobra nivel para funcionar en la disco, su mayor fortaleza es también su mayor debilidad. Al final, las canciones se difuminan en una sola, relegando en la producción de Price la magia para crear tensión o diferencias.
En esta secuela de su álbum anterior, el tibio American Life, Madonna, de 47 años y madre de dos hijos, quiere demostrar que todavía puede acostarse tarde. Confessions on a Dance Floor no pasará la prueba del tiempo como sus primeros y gloriosos hits bailables, pero demuestra lo que quiere demostrar: como Rakim en su momento, Madonna todavía logra hacer bailar a la multitud.






