Cortés, un bailarín arrasador
Espectáculo coreográfico. "Soul", Con Joaquín Cortés y su compañía de danza. Música de Jesús Bola, Diego Carrasco, Joaquín Cortés y Juan Parrilla. Coreografía de Joaquín Cortés. Cante: Irene Molina, Ana de los Reyes, Victoria Santiago Borja, Antonio Carbonell y Antonio Vargas. Dirección: Joaquín Cortés. Teatro Gran Rex. Mañana, a las 21. Nuestra opinión: excelente
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La docena de cuadros que conforman "Soul" exponen la polifacética personalidad de Joaquín Cortés, tanto en creatividad coreográfica como en su baile. La base de la música y del sentir es flamenco y gitano: de allí se abre a una diversidad de caminos que hablan de un hombre que no hace caso a las fronteras. Su libertad es absoluta, la punta de lanza que hace la mixtura entre movimientos y sonidos. A nada le pone etiquetas; a todo, su sello. Inventivo, vital, arrollador, Joaquín en este espectáculo va al meollo de sus creencias, experiencias y sensibilidad.
Como bailarín, Cortés saca de su cuerpo la memoria de todas las escuelas. Excepcional, magnética, su danza hipnotiza desde el vamos, porque su técnica está en plenitud y en su perfección. Ha conseguido que sea espontánea, natural. Es notorio que disfruta en el escenario, donde se dejan las entrañas, el humor, la pasión, el dolor. Con el torso desnudo y un ceñido pantalón de tiro bajo, con levita, con un maillot enterizo, de negro o de blanco, Cortés derrama expresión.
No se busque aquí el tradicionalismo, aunque lo tenga adherido a su raíz. Hasta cuando baila flamenco, traje negro, zapatos charolados blancos, siguiendo el ánimo que le dan cantaores y músicos, hace que su taconeo tenga una vibración distinta. Se extiende desde sus pies hasta la cabeza. Hay mariposas que cosquillean en su sangre para que ese zapateo sea sutil, una muestra de virtuosismo de avanzada. Juega subiéndose sobre las puntas, como si hiciera ballet al son de palmas gitanas. Estira sus brazos hacia atrás, se repliega y parece un ave lista a remontar vuelo. De espaldas, también es elocuente. Las figuras que forma Cortés tienen aires contemporáneos. Salta en jetés mimetizados a su manera y cae al piso como si éste fuera su presa. Del negro absoluto saca la inspiración de esa España que busca en el baile mitigar la injusticia. Del humor, de la complicidad con el público, que lo sigue con fervor, vuelve a su intimidad y atraviesa la sala. Una melodía melancólica y dulce es el trasfondo. El pasea altivo, acaricia una pollera, se doblega en angustia. Su cara adopta gestos trágicos. Languidece en el suelo, muere de a poco, el pasado ha quedado atrás. Pero es otra parte del alma que quedará sempiterna dentro suyo, la de sus ancestros.
Un vestuario magnífico (de Giorgio Armani) también muestra la doble faz que Cortés le da a todo. Mangas largas, espaldas al descubierto, las faldas parecen no tener vuelo. Así, ellas dan una impresión más austera, en cuadros de conjunto que reformulan el flamenco. Mas cuando dan vueltas, los vestidos se abren como corolas y brota la sensualidad. Según los momentos musicales, se muestran como odaliscas, ánforas de mórbidas formas. O tienen algo de las danzas rituales hindúes, con las piernas en amplias segundas en plié y las manos siguiendo códigos misteriosos. Realizan muchos pasos a tierra, en rodadas, caídas, inusuales que nada tienen de purismo. El cuerpo de baile, totalmente femenino, transmite la seducción de su sexo, pero tiene la potencia que se atribuye a los varones. Aquí no son sólo el marco bonito alrededor de la estrella central.
Vaivenes eróticos
Joaquín ha imaginado coreografías peculiares y excelentes, que elevan el espectáculo del que es protagonista. La fusión también está implícita en sus escenas, desplegando sus piernas casi a la clásica, elevándose en saltos por los aires, delicadas a la par que poderosas. En un acto, caminado en la penumbra, los bailarines parecen personajes de un film de horror. La idea se trastroca cuando se sacan las levitas y se muestran en ropa interior negra, moviendo las caderas con un erótico vaivén.
El dúo de Joaquín con una de las chicas inserta el amor, el deseo, un fuego que derrite a ambos en un beso prometedor de turbulencias. Tampoco en las levantadas hay nada de convencional, mecida ella en grand écart en las alturas, sujetada por los fuertes brazos de él.
Un rojo a contraluz deja a los músicos, en el fondo, como sombras sonoras. Luego, haces que forman conos sobre los intérpretes parecen tensos tules que cuelgan del techo rodeando a los bailarines.
La puesta es excepcional, y también es de Cortés. Sobre todo, en la última parte, "Guaguancó". El conjunto, vestido de blanco, baila un ritmo tropical que habla de La Habana y recuerda a la vieja Cuba. En ese estallido de alegría, Joaquín toma los palillos y se adhiere tocando un tambor de batería.
La fiesta sigue in crescendo. El ha bailado hasta la extenuación, pero está resplandeciente, lo mismo que los del elenco. La música, sobre la base flamenca, incluye ritmos de diversa índole y características de un popurrí soberbio, de mestizaje sonoro. Las tres cantaoras le dan una especial hondura y, a coro, son flechas que se clavan en la audiencia, así como los cantaores dan un halo de intimidad. Los músicos están excelsos. De pie, como un estadio a punto de explotar después de un gran gol, el público pateó, gritó bravos y cantó el famoso tema de Wooodstock, en prueba de su enrome aceptación. La culminación fue cuando Diego Maradona salió y se anudó en un abrazo con Joaquín. Dos ídolos que hicieron bramar al teatro entero, luego de un espectáculo fuera de serie.
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