
Cosquín no levanta vuelo
Los organizadores del festival folklórico bajaron el precio de las localidades.
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COSQUIN.- "Nosotros calculamos que para llegar a los 300.000 pesos teníamos que tener la plaza cubierta en un 60 por ciento todas las noches y por ahora estamos llegando al 50 por ciento", dice el cura del pueblo y jefe de prensa del festival, Juan Carlos Ortiz, que mira con cierto recelo la imagen de una Próspero Molina fría y con demasiados espacios vacíos en las butacas.
El padre es optimista, pero fue necesario bajar el precio de las entradas populares de 5 a 3 pesos y la platea de 15 a 10, para atraer a parte de esa masa de gente que circula por los alrededores de la plaza sin pasar por la taquilla (unas 70.000 personas en una ciudad de 17.000).
Por ahora Los Nocheros, que se presentarán para el cierre del festival, el domingo próximo, son los únicos que tienen todo vendido. Mientras que Soledad los sigue de cerca con el 65 por ciento. Ante este panorama, otra vez aparece la sombra del déficit que le puede quedar a la municipalidad si al final del festival los cuentas no cierran. "Todavía hay que esperar, somos optimistas", dijo el párroco, vocero del encuentro.
Con entradas rebajadas y una interesante programación para la cuarta noche, la plaza no cambió demasiado su aspecto. El "duende" del festival sigue siendo esquivo. Algunos de los pocos que lograron conjurarlo fueron Víctor Heredia, que consiguió sacudir la modorra del público; el charanguista Jaime Torres, que con su puñado de bailecitos, takiraris, zambas y chacareras trajo el paisaje de su música andina a la plaza coscoína, y la dupla de Daniel Toro y su hijo Facundo, que con su versión de "El principito", causaron un fuerte impacto emotivo.
Heredia fue quien levantó la temperatura bajo cero de la plaza. Cantó por más de una hora, se dio el lujo de convocar a Javier Lencina, un chico de 10 años que lo admira y sorprende con su canto, mostró las canciones de su último disco, "Marcas", y contó con invitados como el santiagueño Rally Barrionuevo para el tema "Razón de vivir", el punto más alto de la noche, y a Jaime Torres, con el que hicieron "Caminito del indio", de Yupanqui.
Sin embargo, antes del set solista de Heredia, el charanguista había bordado un bello tapiz con ritmos del altiplano y del norte del país, que deslumbró y ayudó a olvidar por un rato los rutinarios andariveles por donde se sigue encaminando el festival mayor.
La fiesta está en otro lado
La imagen que devuelve la plaza se contrapone al curso festivo que toman los espacios más informales que nutren y justifican tanta movilización. Los balnearios y las peñas son los lugares ideales para la participación espontánea de la gente y donde pueden llegar a surgir las verdaderas atracciones.
Todo gira demasiado alrededor de lo que pasa sobre el escenario Atahualpa Yupanqui, cuando lo verdaderamente representativo y popular se corporiza en ámbitos menos convencionales como el río, la esquina de una calle cualquiera o las plazas, donde se improvisan floridas serenatas. Allí, la magia de los cantores anónimos dice mucho más que el listado oficial de artistas. En el cuarto día, a pesar de la burocracia musical de varios grupos, cada tanto aparecen nombres como los Cosecha de Agosto, voces como las de Silvia Lallana, o se reafirman históricos grupos como Los Manseros Santiagueños.
Pero es claro que el espíritu de Cosquín está en otro lado y circula en los márgenes y las reuniones entre poetas y cantores que son tan necesarias para este festival como el pan. Cualquiera se puede encontrar de golpe asistiendo al parto de una zamba, recién terminada por sus autores; o compartir las viejas historias de ese Cosquín de los orígenes, que sirven de refugio para esa bohemia perdida y trasnochada, que hoy no encuentra lugar en un festival que nació como una necesidad de la gente y ahora esta más preocupado por la rentabilidad de sus noches.





