
Cuando llegar a viejo es un tormento
"Las últimas lunas", de Furio Bordon. Traducción de Antonio Dal Masetto. Con Alberto de Mendoza, Silvia Montanari y Antonio Grimau. Escenografía: Jorge Sarudiansky. Iluminación: Felix Monti y Alfredo Morelli. Dirección: Oscar Barney Finn. En el Teatro de la Comedia. Nuestra opinión: regular.
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Un anciano y viudo profesor de letras (Alberto de Mendoza) se despide de la habitación y de la casa que lo albergaron durante muchos años. Y aunque asegura que su decisión es la más adecuada para todos, es decir, para la familia de su hijo, para sus nietos, y para él mismo, está dolorido.
Por eso, seguramente, prolonga el momento de partir en un diálogo, primero, con su esposa muerta (Silvia Montanari) y luego con su hijo (Antonio Grimau). Con uno y otro repasa los achaques de la vejez, la incomprensión de sus semejantes, los cambios en la mentalidad del mundo, las carencias afectivas, la soledad y el temor a la muerte.
Exigencia
Grandes temas, todos y cada uno de ellos, pero que planteados sin solución de continuidad, uno detrás del otro, parlamento tras parlamento y soliloquio tras soliloquio, terminan por resultar no sólo abrumadores, sino también imposibles de seguir.
Nadie discute que el anciano tiene razón. Sus descripciones pueden resultar un poco crudas y sus críticas, inusualmente frontales. Pero en definitiva no dice nada que en general no sepamos.Y aquí reside otro problema. El texto nunca sorprende, su desarrollo es previsible y aunque la versión de Dal Masetto tiene el atractivo de las cosas bien escritas, no logra subsanar la ausencia de tensión y de crecimiento dramático.
El discurso es monolítico, y aunque la situación de la ancianidad en la sociedad contemporánea transparenta la inhumana supremacía de los valores consumistas y pragmáticos y la consecuente debilitación de los lazos familiares y afectivos, poner este drama en escena exige mucho más que su enunciación.
Por eso, entre el primero y el segundo acto, el cierre de telón genera expectativas de un cambio que luego no se produce. Aunque en otro ámbito (la residencia geriátrica), el anciano continúa con su monólogo, apenas interrumpido brevemente por la visita de su hijo.
La cáscara y la nuez
Alberto de Mendoza tiene la estirpe del actor. Es una de esas personas a las que uno se sentiría encantado de escuchar en la mesa de algún bar, en un clima distendido, en una reunión de amigos. Trajo de la cuna una hermosa voz y la "percha" de los grandes galanes. Es difícil de entender, entonces, que a los 75 años se proponga "actuar" de anciano. Más que nada, porque los gestos de supuestos achaques y dolores no logran contener la energía y la proyección de una personalidad que es su mayor tesoro. Y él lo sabe. Ante las dificultades de lograr una caracterización convincente, creíble y emotiva, sería prudente no hacer el intento.
Antonio Grimau y Silvia Montanari acompañan con el cuerpo las acciones previsibles en su papel de eventuales interlocutores, pero ninguno de los dos modifica sustancialmente el discurso de la pieza ni logra mellar el ánimo de su protagonista. Deben contentarse, entonces, con un distante segundo plano y una tarea, por momentos, decorativa.
La dirección de Barney Finn, la iluminación de Monti y Morelli y la escenografía de Sarudiansky están a la altura del reconocido oficio de estos profesionales, aunque su aporte no alcanza para salvar la noche.






