
Aventura, romance y desesperación en el viaje de Alicia: una ceremonia del té donde la creatividad es la gran anfitriona
El Ballet Estable y todo el equipo escenotécnico del Teatro Colón se lucen a la altura de un gran espectáculo integral, “Alice’s Adventures in Wonderland”, imperdible producción con la rúbrica del coreógrafo británico Christopher Wheeldon
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Alice’s Adventures in Wonderland. Ballet en dos actos inspirado en la novela victoriana para niños Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Coreografía: Christopher Wheeldon. Música: Joby Talbot. Dramaturgia: Nicholas Wright. Diseño de escenografía y vestuario: Bob Crowley. Diseño de iluminación: Natasha Katz. Diseño de sonido: Andrew Bruce. Proyecciones: Jon Driscoll y Gemma Carrington. Música orquestada por Joby Talbot y Christopher Austin. Por el Ballet Estable del Teatro Colón. Director: Julio Bocca. Dirección musical: David Briskin. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Producción: The Royal Danish Ballet y The Royal Swedish Ballet. En el Teatro Colón.
Nuestra opinión: Excelente
No hemos sido invitados a tomar el té ni a caer por el hueco de un árbol ni a jugar al criquet en los jardines del palacio. Alicia tampoco fue invitada, pero ella se cuela en todos los espacios con el entusiasmo y la curiosidad de una niña. Con la rebeldía y el romanticismo de una adolescente. Con la determinación e independencia de una adulta. El país de las maravillas creado por Lewis Caroll en 1865 llega ahora en forma de ballet neoclásico y el público lo agradece con aplausos.
A lo que sí hemos sido invitados es a disfrutar de un espectáculo integral que, aunque esté basado en una reconocida historia que tiene más de 160 años, se trata de un ballet perteneciente al siglo XXI. Creado por comisión del Royal Ballet de Londres y del Ballet Nacional de Canadá, el multipremiado coreógrafo británico Christopher Wheeldon pensó un viaje onírico y romántico con la música original de Joby Talbot, su socio en otras aventuras creativas como Winter’s Tale o Como agua para chocolate. Como en El Principito, Los viajes de Gulliver o El Cascanueces, el recorrido heroico de la protagonista la lleva por nuevos mundos, llenos de personajes asombrosos, y esto permite el lucimiento de compañías numerosas.

Alice’s Adventures in Wonderland fue estrenado por el Royal Ballet de Londres en 2011 y desde entonces ha girado por el mundo, los cines y la televisión. Y en estas vacaciones de invierno, por fin ha llegado su estreno argentino.
Aunque en este caso la producción vino con “llave en mano”, con todo construido y confeccionado en los ballets Reales de Suecia y de Dinamarca, no es liviano el desafío de hacer que funcione en el Teatro Colón cada uno de los detalles pensados por Wheeldon y Talbot. Las áreas de vestuario, iluminación y escenotecnia de la casa han puesto en movimiento este complejo mecanismo de relojería, al que se suma muy bien la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. La partitura de Talbot crea la atmósfera fantástica necesaria para viajar por todas las escenas de aventura, romance, desesperación y gore. Y la orquesta suena impecable.

El Ballet Estable del Teatro Colón, por su parte, también sostiene cumplidamente su participación en la odisea. Con 55 intérpretes en escena, y un reparto plagado de roles solistas, la compañía se imbrica con un gran conjunto de alumnos del ISATC de todas las edades, que en todas las funciones bailan un vals, son las piernas de la Oruga y unos adorables erizos rodantes.
Caterina Stutz encarna una Alicia adolescente, curiosa y llena ganas de participar activamente de todos los eventos y hace una adorable dupla con Facundo Luqui que viajan con determinación y ternura a través del tiempo y el espacio.
El otro viajero interdimensional está encarnado con eficiencia por Juan Pablo Ledo que comienza en la piel del escritor y fotógrafo Lewis Carroll y se transforma en escena en el ansioso e impuntual Conejo Blanco, cómplice de todas aventuras de Alicia.

El compositor Joby Talbot creó todo tipo de climas para este viaje, incluso los sonidos que provienen desde un palco avant scene, donde un percusionista de la orquesta despliega todo un almacén de efectos. Las melodías armonizan descentrándose de a poco, como un reloj cucú descompuesto. Pero nadie se atrasa ni un segundo.
Toda la compañía ha subido el volumen a sus habilidades histriónicas, entre las cuales se destacan el hartazgo del Rey de Corazones, encarnado por Federico Fernández, y la absurda condesa omnipresente en rol drag de Emanuel Abruzzo.

Un párrafo aparte merece la desopilante interpretación de Natalia Pelayo como la déspota Reina de Corazones. Más allá del descomunal dispositivo de vestuario que la presenta inicialmente, su participación la hizo la favorita del público y del coreógrafo inglés, que le regaló su ramo de rosas. Su presencia amenazante invade el escenario. Y arranca carcajadas con los errores coreográficamente calculados en una danza con naipes, que evoca al “Adagio de la Rosa” de La Bella Durmiente. Los guiños a la coreografía de Petipa, tienen aquí la intención opuesta y los caballeros que bailan con la Reina de Corazones lucen más intenciones de salvar el pellejo que de intentar conquistar a una dama insaciable.
Sumando también las habilidades adquiridas por fuera de su formación clásica, el Sombrerero Loco que tiene un solo de tap complejo y veloz fue correctamente ejecutado por Milagros Niveyro, demostrando que algunos roles no tienen género.

El Gato de Cheshire aparece desmembrado y vuelto a armar, manejado entre 8 intérpretes de la compañía que suman a sus saberes, técnicas de teatro negro.
Del mismo modo que el personaje del gato mágico, todas las piezas están en su lugar y cumpliendo su función con gracia y buena técnica. Es un placer presenciar esta ceremonia del té y de la creatividad. Lleven sus tazas llenas de ganas de divertirse.
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