
"El flamenco se nutrió de América"
La obra El Indiano, que estrena en el Avenida, explora en la mixtura de los cantes de ida y vuelta
1 minuto de lectura'
David Morales se recuerda otra vez mirando el mar desde su casa de La Línea, ubicada en ese meridiano que divide la zona de Gibraltar y la región andaluza. "Me estaba imaginando cómo habrá sido la salida de esos viajeros hambreados que salieron en busca de las Américas, las pérdidas al dejar su propia tierra, lo que se encontraron y lo que trajeron de vuelta a su regreso", rememora el bailaor que deslumbró a los once años a Camarón de la Isla.
La idea le quedó dando vueltas un tiempo en la cabeza y se convirtió en el germen del último espectáculo de su compañía flamenca, El Indiano, de la bulería a la milonga, con la que lleva tres años girando por el mundo. "Hay un profundo hermanamiento entre la música de Andalucía y la música sudamericana a través de los cantes y bailes de idas y vuelta. Esos palos no estaban muy explotados en los espectáculos de flamenco pero es una veta muy rica. El espectáculo refleja la influencia de esos viajes a las Américas y la riqueza que surgía de uno y otro lado de la orilla", cuenta el reconocido bailaor gaditano, que estrena pasado mañana en el Teatro Avenida.
Un largo trabajo de investigación junto a Gabriel Molina dio como resultado un viaje sonoro musical de ida y vuelta donde aparecen vidalitas, milongas, colombianas y guajiras. "Los palos de ida y vuelta se difundieron en el mundo flamenco en los años treinta a partir de la figura de un cantaor como Pepe Marchena y continuó en grandes cultores como El Lebrijano, que siempre incluían en sus repertorios los versos de tangos como «Volver» por bulería", adelanta el bailaor elogiado por personalidades que van desde Serrat hasta Martirio.
–En su última visita a Buenos Aires, el cantaor Miguel Poveda contaba que se había relacionado con el tango a partir de los palos de ida y vuelta. ¿Cómo fue tu caso?
–Desde que empecé a bailar a los 6 años sabía de la existencia de la vidalita, la colombiana o la guajira dentro del flamenco, pero nunca las tuve tan en cuenta en mi baile. Cuando surgió la idea de trabajar con estos géneros (palos) nos encontramos con una relación muy cercana entre la música de las dos orillas, aunque estamos a diez mil kilómetros. Y ahí decidimos meternos en profundidad con esa larga relación cultural.

–¿Cuáles son los puntos de contacto y las diferencias entre estos cantes de ida y vuelta?
–Lo que descubrimos a partir del trabajo de Molina es que la milonga flamenca y la milonga argentina se llaman igual pero pueden sonar distinto. A veces la rítmica puede ser parecida y a veces nada que ver, pero todas hablan de amor y desamor. Entre las dos encontrás sentimientos parecidos. Ahí te das cuenta de que no existen fronteras. Y vemos la gran influencia que el flamenco tuvo de la música sudamericana. El flamenco es rico pero absorbió mucho de los sonidos que vinieron desde América.
Como García Lorca, uno de los viajeros españoles que se instalaron en Buenos Aires, el bailarín está parando en el Hotel Castelar y ya peregrinó por el bar Iberia, como una manera de continuar con el rito de aquellos artistas españoles de principios de siglo XX. "Estoy a dos puertas de donde se quedó Lorca", confiesa orgulloso. Ese dato formará parte de su bagaje y sus relatos de viaje. Como los flamencos de antaño, David Morales tendrá historias para contar a su regreso. "La diferencia con los artistas flamencos de antes es que eran como dioses y hasta más importantes que el rey en su momento. La información que traían a la vuelta de sus viajes, en la época que andaban por Nueva York, Japón o Sudamérica, cuando nadie viajaba, los transformaba en maestros, dueños de un gran tesoro cultural que traían de otros lados. Eran los que traían la información de lo que pasaba en otros lugares hace ochenta años, cuando no había televisión."

En su imaginario David Morales recrea el momento de este encuentro de culturas y la llegada de los flamencos a la Argentina, y de los argentinos a Andalucía. "No soy un hombre de la noche, pero sí me hubiera gustado participar de los años treinta, que seguramente habrán sido noches buenas y largas de juerga, que es cuando se generó esta mixtura cultural. Creo que se hizo fácil el intercambio porque el flamenco siempre tuvo esa facilidad para que cualquier música sea pasada al tiempo de bulería."
En pleno siglo XXI el bailaor continúa con esa tradición trashumante del flamenco. Tuvo que ser el destino: "En mi casa no hay ningún artista, yo soy el único profesional del flamenco que hay. Mi padre es carnicero y mi madre, ama de casa", ejemplifica. Persiguiendo ese destino sobre las tablas, David Morales tiene un único objetivo: "Pienso que está todo creado. Carmen Amaya ya metía 10.000 personas en Nueva York hace sesenta años. Siento que tengo que seguir esa tradición, ese camino largo que hicieron los mayores, andando en trenes o barcos hace muchos años llevando su arte. Todo lo que ellos anduvieron no podemos estropearlo".
<b> PARA AGENDAR </b>



