La danza bruja de Juan Saavedra
"Salamanqueando", espectáculo de Juan Saavedra y su grupo Raza. Manzana de las Luces, Perú 272. Funciones: viernes y sábados de julio, a las 21.
Nuestra opinión: muy bueno.
Juan Saavedra dice que la danza es hacer visible lo invisible. Pocos artistas logran esa transmisión. El bailarín santiagueño es uno de ellos. Con su danza, este artista de 60 años revolucionó el ambiente coreográfico del folklore y propulsó una renovación necesaria. En su nuevo espectáculo junto a su grupo Raza, el bailarín penetra en la raíz del pulso original de la chacarera y genera una ceremonia ritual con su arte nativo contemporáneo.
Sin mitos
A Saavedra se lo ve más preocupado por desacralizar mitos y blanquear la trascendencia en la cultura popular que tiene la salamanca. Por eso dice al principio de su espectáculo: "Nosotros queremos recuperar el verdadero significado de la salamanca, donde no hay pactos con el diablo sino con la búsqueda de dones espirituales que nos acercan al creador". Así como un sacerdote de la danza, el bailarín inicia una ceremonia pronunciando palabras en quechua, adorando al padre sol y la madre tierra, usando elementos percusivos para echar los malos espíritus, sahumando el aire con sus movimientos y reencontrándose con una cultura vital que late en el bombo.
En el espectáculo, junto a sus cuatro bailarines, Saavedra hurga en la raíz de la percusión y en las mudanzas (pasos del zapateo). Expresivo en sus movimientos, puede pasar de la percusión a comandar el baile de su grupo, que se luce en coreografías de movimientos sencillos y profundos, pero de haceres complejos. Prefiere la expresividad y el silencio del baile a explotar su condición de provocador. Casi prescinde de las fusiones contemporáneas que lo llevaron a trabajar con Oscar Araiz y que absorbió en su exilio parisiense de los años setenta con su compañía Los Indianos, pero se nota en sus coreografías la intrusión de movimientos de la danza contemporánea, el uso del espacio, el compás flamenco y la tribalidad de las danzas africanas.
Magnetismo
El espectáculo, por momentos, se transforma en una excusa para disfrutar del magnetismo del bailarín. El público grita y aplaude en medio de algún paso genial que lo sorprende. Como si fuera un chamán, los espectadores se dejan atrapar por la energía que emana de sus movimientos. Genera un clima especial con cada zapateo o figura que dibuja en el aire. Sus bailarines, entre los que se destacan Sandra Farías y Peque Coria, no desentonan con el maestro, y entregan un arte puro y fluido, que se nutre de la inspiración de la música y la fuerza percusiva del monte santiagueño. Las mujeres zapatean tanto como los hombres, y tocan el bombo. El encuentro de la danza y los parches es otro elemento ritual que utiliza Saavedra para transmitir su arte.
Energía
Los cuadros coreográficos, donde cada bailarín tiene su momento para él solo, funcionan como pequeños mantras de energía que se potencian con las chacareras y el juego de sombras que producen las proyecciones de videos.
Todo resuena mágicamente con la escenografía de ese reducto natural que rescata la cultura popular santiagueña. De las paredes cuelgan mantas artesanales y respaldos, como si fueran camas voladoras. La imaginación no es casual. La Peña se sitúa en uno de los espacios antiguos de la Manzana de las Luces, que parece una catacumba del 1700. En ese lugar realiza sus rituales este bailarín emblemático del folklore, discípulo de otro zapateador genial como su hermano Carlos Saavedra, primer bailarín del ballet del legendario Santiago "Chúcaro" Ayala, aprendiz de las enseñanzas nahualistas de Carlos Castaneda y practicante eximio de la magia y la danza salamanquera.
Como tenía que ser, el espectáculo de Saavedra y su grupo no termina en el escenario, sino en medio de las mesas improvisando figuras de chacareras, dejándose llevar simplemente por el latido de la tierra.




