
La heredera de El Chúcaro
Tras la muerte del bailarín, dirige el Ballet Folklórico Nacional
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La historia artística de Norma Viola es singular y apasionante. Inclinada, por vocación, a la danza clásica y contemporánea, en un atajo del camino fue llevada hacia la danza folklórica. Fue un mandato tácito, no intuido ni sospechado por la excelsa bailarina. Hoy la encontramos como líder del Ballet Folklórico Nacional, dependiente de la Dirección de Música de la Secretaría Nacional de Cultura, creado a mediados de 1990, primero con los bailarines de la compañía de danzas de Santiago Ayala, El Chúcaro. En ese momento Norma y El Chúcaro la presidieron hasta que, fallecido "el gran bailarín" en 1994, Norma asume la dirección de este cuerpo oficial de danza. Esta es la parte postrera de un camino artístico en el que la bailarina y coreógrafa de Laboulaye (Córdoba) intuyó el imperativo categórico, vital, de acudir siempre en pos de la belleza y los desafíos, con un empuje vital increíble, hoy incólume en eso de no darse tregua en intensivos ensayos y presentaciones.
"Yo -asegura- me sentía predestinada a la danza clásica y contemporánea. Para eso estudié. Para eso, incluso, me capacité en el Instituto de Danzas de Marta Graham, en Nueva York, a lo que sumé jazz, con Alvin Halley. Por curiosidad había estudiado folklore iberoamericano en Brasil, Colombia, Venezuela y América Central. Pero de nuestro folklore no sabía casi nada, hasta que, en 1954, me convocó El Chúcaro, que andaba buscando bailarinas con sólida formación técnica para acometer sus ideas revolucionarias, sus proyectos vanguardistas en materia de danza folklórica argentina.
"El Chúcaro y su partenaire Dolores, su bellísima compañera, se presentaban en Mar del Plata. Ya eran famosísimos en los teatros de revista, donde bailaban malambo y diversos ritmos, mientras agitaban boleadoras y esgrimían cuchillos. Allí nos conocimos por pura casualidad. "Vengan a vernos", insistió, y nos entusiasmó con sus ideales. Después nos tomó prueba en el teatro Astral. Yo practicaba los pasos de puro oído, mientras él nos explicaba sus diseños de danza. El fue mi maestro en el baile y en la coreografía de inspiración criolla; mi cable a tierra con lo autóctono. Para mí era un nuevo lenguaje. Nunca me lo había imaginado; ni siquiera propuesto. Yo, en ese momento, alentaba aquellos otros planes artísticos. Ni siquiera me enteraba de los pasos triunfales del maestro en aquellos primeros años de los cincuenta. Y hasta hubo resistencia en casa, cuando supieron que me unía a esa quijotada de la danza de inspiración folklórica, tan implacablemente criticada por los tradicionalistas.
Del libro al escenario
"El maestro había intuido y descubierto un nuevo estilo inspirado en la danza tradicional para llevarla a los escenarios del mundo. El buscó desarrollar, a través de la danza, líneas argumentales históricas, geográficas, de leyendas y mitos (por ejemplo, las salamancas del monte, las salteñas o pampeanas), como también algún cuento de Borges o un relato de Yupanqui para teatralizarlos. La literatura estaba como temática, no como letra. A propósito de esta nueva presentación del ballet, debo decir que "El Martín Fierro" era su libro de cabecera. Hoy su argumento y su mensaje están más vigentes que nunca: la gente de abajo ha seguido sufriendo los malos gobiernos extranjerizantes, puestos de espaldas al país. Por eso, para inaugurar nuevos caminos, lejos de toda ortodoxia de la danza folklórica, quiso contar con un cuerpo de danza de técnica y cuerpos preparados para desarrollar todo ese bagaje."
-¿Cuándo lo estrenaron?
-En enero de 1978 en el festival de Cosquín. La primera parte un día, y al otro día, la segunda. Era más espectacular: con carros y músicos en escena. No quisimos que se televisara, porque necesitábamos varios cambios de luces. Luego lo presentamos en muchos teatros del país. Se habían escogido los pasajes más significativos, y con Oscar Cardozo Ocampo incluimos ritmos pampeanos: malambo, milonga, cifra, huella... También se incluyó una vidala y un gato de Víctor Velázquez y el pericón por Alberto Podestá. Para profundizar en los contenidos del poema, el maestro insertó, con una bailarina, la figura de la Mala Suerte, que acompaña a Fierro; lo mismo que la del Delirio como la tentación del sexo en este hombre solitario. Después de concebirlo con alguna libertad, pero fieles al espíritu del libro, debimos acortar algo el espectáculo. Por cierto que descartamos el fin comercial y la mera espectacularidad.
-¿Hoy se conserva aquella concepción original?
-En cierto sentido sí. Pero a partir de 1994 diseñé algunos retoques conservando, por cierto, las esencias: el argumento y el carácter de los personajes. Contaba con un grupo profesional, técnicamente superior al ballet privado de El Chúcaro. Incorporé coreografías más elaboradas, con menos mímica y más danza. El maestro -junto a quien bailé a lo largo de treinta y seis años- me lo autorizó. Hoy tengo 33 bailarines de primer nivel y, salvo el Teatro Cervantes, nos presentamos en todas partes, aquí y en las provincias. En 1999 fuimos por Japón. Allí ofrecimos espectáculos en veintitrés ciudades. En 2000 festejamos los diez primeros años en el festival internacional de Tirana (Albania) y venimos haciendo más de cuarenta presentaciones en una gira mundial por importantes ciudades de Francia, Suiza y España. Pero también actuamos en Portugal y Bulgaria, además de capitales latinoamericanas de Brasil, Chile, Paraguay y Colombia.
Siguiendo los pasos
-¿Cómo definir estéticamente el perfil del Ballet Folklórico Nacional?
-Seguimos los pasos de El Chúcaro: partimos de la danza tradicional para luego desarrollar temas como costumbres, ritos, mitos, leyendas, historias (como las Invasiones Inglesas o el Cruce de los Andes), paisajes de nuestra tierra. No tergiversamos los modos de asumir la danza propia de cada provincia o región. Claro que lo nuestro es un espectáculo de re-creación artística. No nos quedamos en el patio de tierra ni en la peña folklórica, donde practican las danzas tradicionales o su proyección (que hoy está de moda). Buscamos nuevas formas coreográficas con sabor argentino, autóctono. El maestro era un enamorado de su país; no un nacionalista. El, conociendo todas las danzas argentinas, no se prodigaba. Se limitaba a dar las herramientas, las ideas, los diseños; enseñaba a dominar el cuerpo -los brazos, la cabeza, el torso- para transmitir una energía desde lo interior. En ese sentido era implacable. No admitía desvíos ni distorsiones.
La siembra de Norma Viola no tiene fronteras. Llámense provincias, países de América o Europa. Nuestras escuelas primarias y secundarias cuentan con presentaciones didácticas del ballet todos los jueves. Raúl Marego las coordina, si se llama por el 4300-7384 o 4362-4874. Y los jubilados pueden presenciar sus ensayos en su sede de México 564. Los próximos viajes del ballet serán a Venado Tuerto, con "Aquí me pongo a cantar", que es el título de "El gaucho Martín Fierro"; y luego con un repertorio de ritmos folklóricos en Río Cuarto, Las Varillas y la Universidad de Córdoba. En octubre los espera México, país que recorrerán con sus danzas a través de dieciséis ciudades.
La misión ciclópea de Norma Viola -que deberían conocer y valorar las autoridades de la Secretaría de Cultura de la Nación-, más allá de prolongar el legado renovador y vanguardista de El Chúcaro, es enriquecer aquellas inaugurales visiones coreográficas para prologar el rescate de este patrimonio sagrado que refleja nuestra identidad, con el respeto por las esencias y con la profesionalidad de las más altas escuelas de danza del mundo.
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