
Marcela Suez, un rayo del flamenco
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Espectáculo coreográfico de flamenco. Con Marcela Suez. Bailarinas. Andrea de Felice, Paula González y Gabriela Balado. Cante: Argentina Cádiz y Manuel Santiago. Guitarra: Emilio Romero y Héctor Romero. Percusión: Juan Romero Cádiz. Palmas: Amador Romero. Coreografía y dirección general: Marcela Suez. Los viernes, a las 21, hasta el 20 del actual, en el Auditorio del Centro Recoleta, Junín 1930. Entrada: 8 pesos.
Nuestra opinión: bueno
En este espectáculo, Marcela Suez desgrana en diferentes cuadros lo que proviene de la raíz pura del flamenco. Si bien hay sólo tres bailarinas, el escenario se llena con su fuego y entrega. Puede que haya alguna estilización, la tan mentada fusión que no sigue a pies juntillas la tradición tanto en el baile como en la música. Pero el espíritu está muy arraigado y, en el desarrollo, la costumbre de entremezclar números de danza con momentos de cante y el toque es respetada en su esencia. Marcela da garra a su baile, que se nota experto y que no por eso pierde la espontaneidad propia de las bailaoras, al escuchar lo que le transmiten a su cuerpo y alma el conjunto de las voces y los típicos instrumentos.
El braceo es una de las claves, en arabescos que se retuercen por encima de la cabeza formando figuras orientales. Tan contrario al port de bras clásico, en este caso, todo es hacia adentro, en los momentos en los que se concentra hasta que sus manos se convierten en corolas abiertas. Luego, esas flores exuberantes se cierran de a poco, como apresando algo atesorado que no desean dejar escapar.
Con gran potencia
La experiencia de Marcela genera un ritual diferente, en el que desde su cabeza erguida como faraona, o con el mentón bajo, abstraída de lo que la rodea para sentir solamente lo que le dicta su corazón, se inserta un rayo que la atraviesa. Son emociones desencadenadas, y siguiendo los pasos puros del arte gitano, pasa y promueve el contoneo de las caderas, curva su cintura y espaldas en abruptas contracciones o las estira en una elipse de segundos hacia atrás.
Por las piernas, puro vigor, cuyos movimientos son el redondeo de la expresión, el rayo continúa su camino electrizante, y hace que los pies se lancen al taconeo. Por momentos, con suavidad, tal como si mariposas le hicieran dulces cosquillas dentro de los zapatos; en otros, el rayo se une a un trueno arrasador.
Junto a sus bailarinas, Suez realiza números de femenina sensualidad, pero sin dejar de lado las personalidades fuertes, ardientes, que apabullan en el jaleo y se desangran en las soleás, tarantos, aquello que de lejos viene para contar la histórica penuria del gitano.
Los solos de Suez son el aliento, lo que impulsa a que el equipo se adentre en el clima. Como si estuvieran en su casa y comenzaran palmas, algún revoleo de faldas, y el rasgueo de una guitarra a predecir que naturalmente la fiesta está armada. No hace falta más que eso y, de allí, a hacer lo que es su vida, lo que no tiene explicación y es magia infinita. Capaces de seguir hasta “las tantas” el espectáculo. Con la inserción de los fragmentos musicales, donde los instrumentistas y cantaores conmueven con dedos que sacan lamentos y alegría de sus guitarras, la percusión que lleva a la rumba eufórica, y las voces que se rasgan el en dolor como alientan en temas burbujeantes, adherido el típico palmoteo, “Cante jondo” tiene todo para disfrutar del auténtico flamenco, con intérpretes de gran valía.
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