
De cómo atraer turistas donde sólo hay arroz
Nuevo rubro artístico en el pueblo de Inakadate, dibujos en los arrozales
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INAKADATE ( The New York Times ).- Hace dos décadas, Koichi Hanada, empleado en la municipalidad, recibió un pedido inusual de su jefe: encontrar una manera de atraer turistas a su pequeño pueblo rural, al norte de Japón, que tiene campos de arroz y huertos de manzanos, pero no mucho más.
Hanada, un hombre taciturno, pero consciente, pasó meses exprimiendo su cerebro hasta que un día vio a unos escolares plantando un arrozal para un proyecto del colegio. Usaban dos variedades de plantas, con tallos púrpura oscuro en una y verde claro en la otra. Esto lo conmociónó: ¿por qué no plantar las variedades de colores de forma tal que formaran palabras e imágenes? "No sabía que iba a convertirse en un éxito", dice ahora.
El resultado fue lo que actualmente se llama arte de arrozal, y puso este pueblo en el mapa. Cada año, desde 1993, los lugareños crean imágenes usando los campos como sus lienzos y las plantas de arroz como sus pinceles y pinturas. Mientras las creaciones del pueblo fueron creciendo en tamaño, complejidad y policromía, captaron la atención de los medios y de hordas de curiosos.
El año pasado, más de 170.000 visitantes recorrieron las calles angostas de esta tranquila comunidad de 8450 residentes, en general mayores, lo que causó problemas de tránsito, y esperaron durante horas para ver el arte viviente.
La comunidad, unida
De hecho, esas imágenes sólo son posibles en Japón, como producto de una amalgama de alta tecnología, perfeccionismo de rodrigones y una antigua relación con el arroz. Este año, para crear la imagen, de tamaño de cancha de fútbol, de un samurái enfrentándose con un monje guerrero, los aldeanos usaron un modelo computadorizado para ubicar más de 8000 guías para plantas de arroz diseñadas genéticamente para producir tres colores más: rojo oscuro, amarillo y blanco.
Las imágenes son tan detalladas que el intendente Koyu Suzuki comenta que a menudo los visitantes le preguntan si están pintadas sobre los arrozales. Agrega que fue el factor sorpresa lo que llevó a la gente a la villa, y que los residentes piensan que deben producir imágenes todavía más intrincadas para que los turistas sigan llegando.
"No tenemos mar ni montañas, pero estamos llenos de arroz -expresa Suzuki, de 70 años-. Creamos una industria turística usando nuestro propio ingenio."
Los habitantes de Inakadate esperan que el arte de arrozal revitalice su pueblo, que está en decadencia. Como muchos otros sitios rurales de Japón, el pueblo cayó en tiempos difíciles debido a la disminución de la población, una carga aplastante de la deuda y la reducción de las ganancias provenientes de la agricultura.
"Se complicaron muchas cosas, pero el arte de arrozal hace que la comunidad vuelva a sentirse unida", cuenta Kumiko Kudo, de 73 años, que dirige un restaurante especializado en fideos.
El fracaso del parque
Pero hasta ahora el pueblo no logró que sus triunfos en los campos de arroz se reflejaran en beneficios económicos. Actualmente, en verano, los visitantes que llegan al pueblo, cuando los tallos de arroz crecen tanto como para que las imágenes se vuelvan más visibles que nunca, no gastan demasiado. "Los turistas vienen, dicen qué maravilloso es esto y se van", resume Katsuaki Fukushi, al frente de los asuntos económicos de la municipalidad.
Antes del arte de arrozal, lo único por lo que el pueblo se conocía extramuros era por el descubrimiento, en 1981, de ruinas arqueológicas de campos de arroz de 2000 años de antigüedad. En la época floreciente de los años 80, el pueblo trató de capitalizar el descubrimiento y se construyó un parque de diversiones temático del período neolítico.
El parque ahora está generalmente desierto y cubierto de malezas. Y es una de las razones por las que el pueblo tiene una deuda de 106 millones de dólares, el triple de su presupuesto anual.
Los habitantes dicen que el arte de arrozal, mucho más económico que el parque, se adapta mejor a estos tiempos. El alquiler anual de los campos, más las plantaciones y su mantenimiento cuestan 35.000 dólares. Como no se cobra a los visitantes por ver los arrozales, se piden donaciones, que en 2009 llegaron a los 70.000 dólares, cantidad más que suficiente para cubrir los costos.
Tardes atrás, una multitud se agolpó en una plataforma construida especialmente en la terraza de la municipalidad, que está construida al estilo de un castillo medieval japonés, para ver desde arriba el arte de arrozal. La mayoría felicitó a Inakadate por su ingenio.
"Otras regiones de Japón necesitan aprender de este espíritu", advierte Masako Sato, de 69 años, profesora jubilada de Akita, una población a cinco horas de distancia.
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