"Decir cosas graciosas otorga cierta importancia"
A boca de jarro: Ana von Rebeur
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Después se complicó todo, pero, al menos por un tiempo, todo el mundo vivía pendiente de lo que hacía y decía. "Es que fui primera hija, primera sobrina y primera nieta, y cualquier gesto o palabra hacía desternillar de risa a mis tíos y abuelos. Me di cuenta de que decir cosas graciosas otorga cierta importancia y la posibilidad de un lugar preferente en la familia", recuerda la humorista Ana von Rebeur, que acaba de regresar de Madrid donde presentó Los hombres andan flojos, su último libro.
Von Rebeur escribe y dibuja, es presidenta de la sección argentina de la Federation of Cartoonists Organizations (FECO), o Federación de Organizaciones de Humoristas Gráficos, que reúne a 2800 dibujantes de 22 países. Ha publicado 22 libros y fue jurado internacional y disertante en cantidad de simposios y festivales de humor.
"Siempre me encantó leer, aprendí cuando tenía 4 años, en jardín de infantes. E inconscientemente fui introduciendo en mis chistes lo que aprendía en los libros. Mi abuelo Francisco era un gran lector, coleccionista de revistas de todo el mundo, y en el garaje de su casa no se guardaban autos, sino libros. Yo pasaba largas temporadas en la casa de mi abuelo y allí comprendí que el humor no era algo tan fácil", agrega.
–¿Por qué?
–En un estante había varios libros de Raymond Peynet, un humorista francés muy famoso. Tenía una serie muy tierna, Amoureux (Enamorados), que narraba las desventuras de un chico que quería declararle su amor a una chica, pero siempre ocurría algo. Cuando estaba por besarla aparecía un gendarme y lo llevaba detenido, o empezaba a llover copiosamente. Como si fuera poco, había un Cupido torpe y con muy mala puntería que tenía un arco con flechas que se doblaban y terminaban clavándose en los lugares más inverosímiles. Hasta que murió, a los 91 años, en 1999, Peynet publicó alrededor de 6000 dibujos y se suponía que los lectores se reirían mucho con las desventuras; sin embargo, para mí todo era muy triste y frustrante, y lloraba desconsoladamente.
–¿Cómo sigue la historia?
–Creo que, cuando se lee mucho, llega un momento en que una se pregunta cómo será escribir y termina escribiendo. Por otra parte, me di cuenta de que yo no era una belleza, sino una chica alta, con anteojos, con aire de ratón de biblioteca. Y pensé cómo podía utilizar mi afición a la lectura para conseguir algo de popularidad. Entonces comencé a asombrar a mis amiguitos dibujando carátulas y afiches divertidos donde Colón gasta bromas a los hermanos Pinzón, y los indios a Colón, etcétera. Así comenzó mi fama como humorista. Claro que el humor me llevó a comprender otras cosas no tan divertidas.
–¿Por ejemplo?
–Aunque las cosas han cambiado mucho, las mujeres seguimos estando relegadas en el mundo actual. Y en el campo del humor hay cosas muy discutibles, como que en algunas sociedades no está bien visto que una mujer se ría mucho o, peor, que haga reír.
–¿Cómo es eso?
–Recuerdo una vez en la que estaba comiendo con un grupo de amigos y conté un chiste. Todos sonrieron, me miraron y siguieron comiendo. Al rato, escucho que en la mesa de al lado un hombre cuenta prácticamente el mismo chiste, y todo el mundo se desternilla de risa. Aplauden, y por poco lo coronan rey del humor. ¿Se da cuenta? Y no estaba en una aldea iraní, sino en pleno centro de Londres, una importante capital europea. Por supuesto, hay toda una corriente de pensamiento que sostiene que no se trata de un prejuicio cultural, sino, simplemente, de que la voz de la mujer tiene una frecuencia que no despierta la risa. ¿Le parece creíble?
–¿Cómo es un humorista?
–Alguien disconforme con la realidad que lo rodea. Al mismo tiempo, un ser con necesidad de liberar una profunda tristeza. Pero critica esa realidad y libera su tristeza despertando la risa. Hay una frase de mi amigo Mordillo que siempre me llamó la atención: "El humor es la ternura del miedo", y mi admirado Khalil Gibran sostenía: "Cuanto más cala el dolor, más lugar hay para la alegría".
–¿Alguna manía inconfesable de los humoristas gráficos que pueda contar?
–En Francia encontré humoristas gráficos que diseñan etiquetas de vino y que disfrutaban llevándome a los bares de París para hacerme probar cada cepa que ilustraban; entre ellos, mi amigo Jean-André Laville, presidente de la FECO de Francia. Pero a la madrugada, cuando ya ven todo doble, le piden a una que los meta en un taxi, pero que antes –¡por favor!– verifique con cuidado que el chofer tenga bien anotada su dirección.
Recurso argentino
En la Argentina siempre tuvimos grandes humoristas. Sin embargo, esa virtud no es aprovechada por los medios que, curiosamente, sólo destinan un porcentaje mínimo al humor. En cambio, otros países les dedican grandes suplementos, y no sólo hablamos del New York Times. El China Daily, de Pekín, publica un suplemento semanal de 15 páginas, y en Estambul, los diarios turcos llegan a las 20 páginas.
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