
Dos vidas en un andén
"El último pasaje", de Marisé Monteiro. Dirección, escenografía y luces: Rubén Pires. Con Silvia Pérez, Julieta Bal y Alejandro Hodara. Vestuario: S. Pérez. Asistente de dirección: Sol Gaullart. En el Foro Gandhi, Corrientes 1743, 4371-8373. Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: bueno
"El último pasaje" es la opera prima de Marisé Monteiro, una de las principales autoras nacionales de teatro infantil. Claro que no se trata de una obra para chicos. Es una pieza intimista que en 1981 estrenaron Ana María Picchio, Perla Santalla, Raúl Florido y Jorge Duró, dirigidos por Santangelo. Esta vez, Rubén Pires resumió la interpretación de los dos personajes masculinos en un solo actor.
La puesta apuntó a esa atmósfera intimista impuesta por un texto con personalidad, escrito por Monteiro. La autora armó una estructura dramática ortodoxa, pero muy sólida. En ella cuenta el encuentro entre dos mujeres de diferentes generaciones y realidades que las confrontan. Se conocen en una estación, adonde llegan con cierta urgencia por arribar a destino. Pero no hay tren. Cada una tiene su propio drama y estos se fusionan para derivar en un conflicto psicológico inteligente.
Sencilla y equilibrada
El director equilibró su puesta en un buen espacio escénico que dibuja la sala de espera de una estación de trenes cualquiera. Es una puesta sencilla que aprovecha al máximo el espacio y las imposiciones del texto. Pero Rubén Pires puso el acento en la dirección actoral. Es palpable la comprensión que cada uno hizo de su criatura y eso queda en evidencia hasta en la relación entre cada intérprete. Pero ese trabajo se disuelve en las flojas actuaciones de Julieta Bal y Alejandro Hodara. Es decir, la superficie revela el trabajo de dirección actoral, pero no se completa desde la intensidad interpretativa, ni el compromiso con los papeles.
La carencia de acciones concretas también conlleva a cierta inmovilidad, por momentos.
En cambio, Silvia Pérez es una revelación en esta composición dramática y de peso. Le pone a su mujer madura todos los matices necesarios como para hacerla viva y verdadera. Transita por diferentes momentos que la modifican y tiene fibra suficiente como para moverse bien en aguas dramáticas.
Pero su contrapunto permanente es su hija en la vida real, Julieta Bal, que todavía no está lo suficientemente madura como para un personaje protagónico y de permanente peso en escena como éste. Falta proyección de voz y su trabajo se desarrolla absolutamente sobre la superficie. Lo mismo pasa con Hodara.
Pero estos trabajos débiles no llegan a opacar el resultado final de "El último pasaje", una obra interesante para conocer, con la actuación de una actriz importante a la que sólo se conocía a través de papeles cómicos en la TV.







