Misia
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Dos voces que renuevan la tradición del fado
Dos generaciones de fadistas, ambas cantantes excepcionales, muestran en sus nuevos trabajos la renovada actualidad de esta música. Mariza, nacida en Mozambique y criada en el barrio lisboeta de Moraria –al que muchos sindican como la cuna del fado– es la nueva estrella, y sobre ella ha caído la incómoda responsabilidad de ser comparada con la gran Amália Rodrigues. En su tercer álbum, Transparente (grabado en Río), Mariza recurre a los servicios de Jacques Morelembaum como productor, quien proporciona unos delicados arreglos hechos a la medida de su voz, con la guitarra portuguesa de Mario Pacheco que le da un sabor deliciosamente folclórico. El color vocal de Mariza, su capacidad de conjurar el sentimentalismo y la melancolía característicos del fado, tornan la comparación con Rodrigues tan lógica como innecesaria. Ella misma lo explica en "Há uma música do povo", el poema de Fernando Pessoa musicalizado por Pacheco que abre el álbum: "Hay una música del pueblo/ no sé decir si es un fado/ oyéndola hay un ritmo nuevo/ en el ser que tengo guardado/ Oyéndola soy quien sería/ si pudiera ser lo que deseo".
Misia, nacida en Oporto, formó parte en los 80 de la movida madrileña, y en los 90 –ya de regreso en su país– se convirtió en una de las artistas fundamentales para el renacimiento del fado. Lo suyo tiene un ingrediente fuertemente teatral, con una estética almodovariana que se aprecia ya desde la tapa, y en el hecho de que haya invitado a sus amigas Fanny Ardant, Ute Lemper, Carmen Maura y Miranda Richardson –todas actrices ellas– a recitar el poema "Fogo preso", de Vasco Graça Moura. En Drama Box, Misia traspasa los límites del fado para buscar sus conexiones emocionales con el tango y el bolero, formas musicales igualmente sentimentales y melodramáticas. Y si bien interpreta con dignidad un par de temas de Armando Manzanero, y hasta sale bien parada de una versión de "Los mareados", el corazón de este álbum sigue siendo el fado. Es cuando Misia sumerge su garganta en versos como los de "Cicatrices" ("En la piel, en el alma, en las entrañas/ la vida me ha marcado con sus garras/ y a merced me ha dejado de sus mañas/ con mordazas, con grillos, con amarras"), cuando aparece la verdadera magia.




