
El homenaje a un clásico del musical
Aquí no podemos hacerlo / Autor: Pepe Cibrián Campoy / Elenco: Juan Damián Benítez, Sacha Bercovich, Agustina Cedraschi, Denise Depauli, Pedro Estrada, Juan Fonsalido, Federico Gara, Marina Gaud Arena, Taisa Isola, Nahuel Lozano, Tatiana Luna, Rocío Medina, Antonela Misenti, Melisa Nievas, Nicolás Pérez Costa, Manuela Perin, Joan Ramis, Julieta Rapetta, Eugenia Spallanzani, Nayla Vieytes / Vestuario: Ana Florencia Blejer / Música original: Luis María Serra / Arreglos musicales: Ángel Mahler, Luis María Serra / Coreografía: Nicolás Pérez Costa / Dirección vocal: Emilio Yapor / Dirección general: Nicolás Pérez Costa / Sala: El Cubo / Funciones: sábados, a las 21 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: Buena.

Estrenada originalmente en octubre de 1978, en un contexto de marcada tragedia social, cultural y política, Aquí no podemos hacerlo fue el resultado de un trabajo colectivo entre quien fuera su director, Pepe Cibrián Campoy (acompañado por Serra en la música y Ana Itelman en la coreografía), y un nutrido y valioso elenco, basándose en la problemática trabajada en A Chorus Line. Por diversas razones, este espectáculo quedó anclado en el imaginario popular, no siendo tantos los que tuvieron la posibilidad de verlo. Ahora, uno de los nombres más jóvenes del teatro musical porteño, Nicolás Pérez Costa, ha decidido retomar la tarea y hacer un nuevo montaje consigo mismo como protagonista.
Y desde un punto de vista es precisamente en ese hiato que se produce entre 1978 y 2016 en donde se encuentra parte de lo que se percibe al verla hoy: el carácter romántico, naïf e ingenuo se impone por sobre la potencia melodramática que haya tenido en su contexto original.
Argumentalmente muestra a un director que regresa al país con el deseo de montar un espectáculo. Busca a sus actores conocidos para llevar adelante esta pulsión, pero se encuentra con que el mundo ha cambiado. El exitismo, el divismo y la superficialidad se han apoderado de la escena. Ya nadie crea por amor al arte y todo se reduce al frío mercado. En ese contexto social del 78 puede comprenderse cuán inspirador fue este espectáculo, e incluso cuán simbólica puede haber sido la interpretación del título, que a su vez responde a la canción principal. Casi 40 años después la escena parecería no haber cambiado tanto. La superficialidad, la mercantilización y el estrellato parecen no haber retrocedido, sino más bien incrementado. Pero la crítica a esa instancia del arte, ¿es analizable hoy a través de una perspectiva romántica que desmarque la discusión de una esfera dialéctica y materialista? Ahí es donde asoma la ingenuidad en el libro, ya percibida en 1978, pero agudizada en el siglo XXI (al margen de que parte de la discusión que el director de la ficción entabla no se distancia mucho de la que dio el autor y director real, Cibrián Campoy, el año pasado a partir de un programa televisivo).
La comunidad artística y cultural parece estar deseosa de retomar esa discusión que pone el acento en el carácter afanoso y complejo de un mercado laboral muchas veces no visto como tal. Pero para hacerlo debería haber habido, tal vez, un trabajo también sobre la instancia sonora y musical para poder quebrar ese hiato conceptual que se produce entre un momento y otro, y que te ancla en la década del 70. El código humorístico, próximo al de un payaso blanco, busca la risa fácil a través del gag, el golpe, la caída. Y la platea disfruta de cada uno de esos momentos. El elenco, muy parejo en lo vocal, interpretativo y coreográfico, acompaña con coherencia la visión del director que más que apropiarse de una obra parecería rendirle un homenaje.





