
El nuevo sueño argentino
"La sonámbula" (Argentina/1997-1998). Presentada por Líder. Música: Leo Sujatovich. Fotografía: José Luis García. Con Eusebio Poncela, Sofía Viruboff, Lorenzo Quinteros, Patricio Contreras, Gastón Pauls, Norman Briski, Alejandro Urdapilleta, Pastora Vega, Noemí Frenkel y Belén Blanco. Guión: Ricardo Piglia y Fernando Spiner, con la colaboración de Fabián Bielinsky. Dirección: Fernando Spiner. Duración: 107 minutos. Nuestra opinión: Buena.
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Cuando Spiner filmó su primer y notable cortometraje, "Testigos en cadena", se lo consideró como el prototipo del director joven y moderno que por ese entonces, 1982, necesitaba el cine argentino.
Inexplicablemente (o no, teniendo en cuenta la esquizofrenia y cerrazón de la producción local), Spiner tuvo que pelear durante 15 años para llegar a una de las óperas primas más esperadas para aquellos que siguen de cerca los avatares de la industria audiovisual y que han visto las dignas incursiones del realizador en el formato televisivo con "Zona de riesgo 4 y 5", "Bajamar" y los primeros capítulos de "Poliladron".
A punto de cumplir 40 años, Spiner finalmente estrena una película que marca el inicio de su carrera en el largometraje y significa, al mismo tiempo, una suerte de culminación, de síntesis, de las búsquedas estéticas y temáticas iniciadas durante su ya demasiado extendida etapa de "formación". Por eso, aun con los innegables valores y la osadía experimental que se desprenden de "La sonámbula", puede intuirse que el mejor Spiner es aquel que llegará ahora que se ha quitado de encima el lastre de la espera, de tantos sueños y deseos contenidos.
"La sonámbula" es un atípico exponente de la ciencia ficción argentina, una película sórdida y existencialista que encuentra algunos pocos antecedentes en la irregular obra de Gustavo Mosquera R. y en "Invasión". Precisamente de las fuentes de este clásico vernáculo de Hugo Santiago, coescrito por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, parecen haber bebido Piglia y Spiner a la hora de concebir esta historia en la que interactúan y se contraponen lo onírico y lo real, la memoria y el olvido.
La historia está ambientada en el Buenos Aires del 2010, "año del bicentenario de la revolución", como informa reiteradamente una locutora de la televisión oficial. La ciudad se ha convertido en un decadente racimo de autopistas y rascacielos y el poder estatal es detentado por una casta de funcionarios tan burócratas como represivos.
Para colmo de males, y siempre según la versión oficial, la explosión de una planta química destinada a investigaciones experimentales y la consiguiente emanación de gases tóxicos, ha provocado trastornos psíquicos y hasta una amnesia masiva en la población. Por eso, en el Centro de Investigaciones Psicobiológicas se desarrolla un siniestro plan para la "rehabilitación" de los afectados.
Fuga hacia la verdad
Es en este contexto de opresión y manipulación donde arranca la historia central de la película: una fuga que es, en realidad, una búsqueda de la verdad. Spiner combina inteligentemente el relato en blanco y negro para narrar el presente y el color para los sueños (¿las visiones?) de Eva (Sofía Viruboff), quien es el verdadero eje y motor de la película.
Pero mientras a Spiner se lo nota sólido a la hora de manejar (y justificar) las distintas herramientas estéticas (que van desde el videoclip hasta el plano-secuencia), el film decae cuando se apela a alguna que otra metáfora obvia del pasado reciente de la Argentina y alcanza su punto más bajo en el aspecto interpretativo.
A la magnética presencia de Eusebio Poncela se le oponen las inadmisibles sobreactuaciones, la galería de excesos gestuales y frases ampulosas que profieren figuras como Lorenzo Quinteros, Patricio Contreras y Norman Briski. Más allá de las marcaciones (o la falta de ellas) de Spiner, el relato se resiente por los disímiles registros que se manejan: Viruboff resulta lánguida hasta rozar la inexpresividad, Poncela se muestra siempre contenido y creíble, mientras que el resto de los protagonistas se mueve en el dudoso límite entre el naturalismo y la parodia propia de personajes estereotipados.
Por otra parte, gracias al aporte de los efectos especiales y la animación por computadora, "La sonámbula" tiene un tratamiento visual que por momentos remite al "Brazil", de Terry Gilliam y ofrece toda clase de referencias cinéfilas, que van desde el homenaje a Alfred Hitchcock hasta los guiños al Francis Ford Coppola de "La ley de la calle" y al "1984", de Michael Radford.
En este sentido, es de agradecer el riesgo técnico asumido por Spiner y su equipo, quienes trabajaron un año y medio en la posproducción. "La sonámbula" se escucha y por momentos se ve como ninguna otra película nacional y, aunque mejorable, el resultado significa un primer y valioso paso hacia una nueva forma de pensar y hacer el cine argentino.
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