El peligroso arte del embuste

Hernán Ferreiros
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27 de febrero de 2015  

Better call saul / Creada por vince gilligan y peter gould / Intérpretes: Bob Odenkirk, Rhea Seehorn, Patrick Fabian y otros / Cada martes Netflix sube un nuevo episodio.

Nuestra opinión: buena.

Así como Breaking Bad nos mostró la conversión del afable profesor de química Walter White en el despiadado barón narco Heisenberg, este spinoff, también creado por Vince Gilligan -junto con el guionista Peter Gould-, presenta la transformación de Jimmy McGill, un estafador callejero y luego abogado de poca monta, en Saul Goodman, imbatible representante legal y negociador de poderes dialécticos sobrehumanos.

Ambas series tratan sobre la construcción de una personalidad imaginaria y cómo ésta termina reescribiendo la que existía previamente, la "verdadera". Igual que en las historias de superhéroes, la máscara que crea cada personaje para sí es, finalmente, su identidad. Tal es también su tragedia: se rechaza la idea de una esencia bajo la apariencia, en consecuencia, los personajes son lo que hacen, lo que fingen ser.

La diferencia entre una serie y otra es que el arco que va de White a Heisenberg es mucho más amplio, complejo e intenso que el que experimenta su abogado. Esto se hace explícito desde los nombres elegidos: Heisenberg remite al matemático alemán que formuló el principio de incertidumbre, uno de los pilares de la teoría cuántica, mientras que el seudónimo Saul Goodman es un chiste: tal como explica el propio Jimmy McGill, es un juego de palabras con "s'all good, man" ("está todo bien, man").

Esa ligereza es también la del relato. Mientras que Walter White debe descender al abismo para encontrarse a sí mismo como un asesino brutal, Saul Goodman es un charlatán, un embaucador dispuesto a separar a los ilusos de su dinero, pero sin la voluntad de hacer más daño. En definitiva, es la prolongación de un cliché: la prostituta con el corazón de oro, pero recibida de abogado.

La serie sucede en tres tiempos: el presente de Saul, oculto en un programa de protección de testigos de fabricación casera tras los acontecimientos finales de Breaking Bad (visto por ahora sólo en un prólogo en blanco y negro) y dos pasados, uno con Jimmy como un estafador callejero especializado en cuentos del tío y otro, más reciente, ubicado en el momento de la transición del fracasado Jimmy al exitoso Saul, donde pasa el grueso de cada programa.

En este tiempo la estructura es, por ahora, rígida: cada arco argumental nos muestra a Jimmy ejerciendo sus contorsiones argumentativas para salir de un problema imposible en el que él mismo se metió: se pasa medio programa cavando su propia fosa (ya Breaking Bad nos enseñó que esto no siempre es una metáfora) y el resto encontrando el modo de salir. La serie nos muestra a un virtuoso ejerciendo su arte, que, en este caso, es el embuste. En el país de la viveza criolla, Isidoro Cañones, el menemismo y Nueve reinas, suena como la propuesta ideal.

Aunque no se requiere un posgrado en BB para seguir los acontecimientos de la serie, uno de sus placeres es reencontrar personajes desaparecidos hace años. El consenso indica que por ahora el mejor episodio fue el segundo, que resucitó al narco Tuco Salamanca, porque convivieron los silogismos acrobáticos de Jimmy/Saul con la sensación de perplejidad ante la violencia inaudita de la serie matriz. Jimmy evita que sus cómplices en una pequeña estafa sean desollados vivos y negocia un destino un poco más benigno, al menos para el estándar medieval de Tuco.

Ese momento resume bien a Better Call Saul: es un Breaking Bad light, menos bestial, menos oscura, más una comedia de enredos que un descenso al infierno, más un duelo de ingenio con el espectador que un desafío a sus expectativas, y con una actuación cautivante de Bob Odenkirk en el rol central, quien demuestra que tiene carisma de sobra para convertir a su personaje en el próximo ícono de nuestra cultura pop.

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