
El Popol Vuh, desde la inspiración visual y sonora
Una muestra en el Centro Cultural Borges (Sala 23, Pabellón Berni), dedicada al artista plástico santafecino Artemio Alisio, y que estará abierta hasta el 25 de enero, nos aporta una aproximación a nuestra música en lo que se refiere a una de las últimas composiciones de Alberto Ginastera. El tema es el del Popol Vuh, considerado el libro de mayor envergadura dentro de la literatura maya y en el que se recogen las leyendas y mitos del pueblo quiché.
El curador de la muestra de Alisio es Jorge Taverna Irigoyen, miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes, con quien compartimos en determinados años la dirección de la Academia y una amistad que valoro entre mis mayores logros.
En relación con la muestra que origina la columna de hoy, Taverna se pregunta "Qué razones han movido a Alisio (1942-2006) para desentrañar los códigos de una biblia indígena, de una civilización soterrada, de lenguas que nos son extrañas y remotas. Quizás, se responde, una fuerza ancestral, un llamado desde los orígenes, la riqueza de un canto y la potencialidad de un grito. Tal vez, el deslumbramiento por el diluvio, el redescubrimiento de las historias de la región quiché".
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Todo esto nos sugiere con su música Ginastera, a la cual debió dar por terminada en 1982, un año antes de su muerte, pero de la que sólo alcanzó a completar siete de las ocho partes programadas. En relación con esta obra, estrenada en EE.UU. y que tuvo su primera audición argentina en el Colón (el 10 de julio de 1995, a cargo de la Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Guillermo Scarabino), fue posible advertir que Ginastera se sintió atraído por la concepción mítica de la creación del mundo, a partir de la angustiosa sensación de la nada original y de la formación del cosmos, pero sobre todo por el apasionante episodio del arribo del hombre, aunque este tema quedó sin componer.
Con Popol Vuh se pone de manifiesto esa continuidad de pensamiento que atraviesa la totalidad de la producción de Ginastera, como si toda ella, aun a despecho de aquellos títulos que escapan a toda referencia argentina o americana, no hubiera sido sino una búsqueda de un ansiado sincretismo entre su identidad, personal y cultural, y las técnicas del siglo XX, a las que asimiló a su lenguaje con selectividad, y con invariable virtuosismo.
El autor recurre al agregado de instrumentos aborígenes americanos, imprescindibles a su juicio para una reconstrucción sonora del mundo maya. En su lenguaje acude a la utilización del total cromático y de las reglas que gobiernan una escritura de tipo serial, aunque la pentatonía se haga también presente. Naturalmente, el aspecto rítmico aporta toda la fuerza de sus posibilidades. Hacia el final, se escucha un grandioso coral a cargo de los metales.
Artemio Alisio y Alberto Ginastera, cada uno a través de los recursos de su propio lenguaje artístico han enriquecido el mundo de la creación argentina. ¿No sería interesante buscar una aproximación para ofrecerlas al público? Podría ser un proyecto para el futuro. ¿O no?
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