
Elogio de la sutileza
Hablamos, por cierto, de la sutileza aplicada a la música popular. La etimología nos enseña que es sutil lo delicado, lo ingenioso, lo que está finamente tejido. En la Edad Media era la tercera y última clase de galeras, luego de las llamadas gruesa y bastarda. (¡Cuánta simbología!) Sutileza es sinónimo de agudeza. Es el resultado de la educación, de la experiencia. Lo sutil está en la forma. Lo agudo en la idea, nos dicta Roque Barcia.
En este tiempo en que se trata de masificar el gusto popular, sobre todo mediante el bombardeo mediático y el burdo grosor y la bastardía de las ofertas musicales del mercado discográfico, vale la pena rescatar, en la música popular, esa cuota de sutileza para afinar el espíritu.
Por cierto que la sutileza será la segura perdedora en momentos como estos en los que cunden los tontos, espantosos reality shows y las estridencias de los conciertos. Pero alguien que cultive ese esquivo don de sutileza nos rescatará de la idiotez, de la histeria, de la miseria humana.
Trata de hacerlo, por ejemplo, Jaime Torres en su último disco, aparecido hace unas semanas: "Torres, el del charango", donde el músico tucumano de ancestro boliviano nos entrega zambas, chacareras y música del Altiplano en versiones deliciosas que dejan de lado el estrepitoso y demagógico repiqueteo con los que varios artistas latinoamericanos conquistaron sin escrúpulo Europa hace cuarenta años. Los ensambles de Torres con guitarras y aerófonos forman ese finísimo entretejido como buscando el escondido costado de un folklore vedado al oído estropeado.
En la primera visita de la portentosa cantante y actriz alemana Ute Lemper, casi todo se hubiera reducido a la espectacularidad si no hubiera contado con un director musical tan exquisito como el pianista Bruno Fontaine, que fue el auriga de un trío refinadísimo con bajo y batería. Este detalle es el que salva del puro artificio a una artista tan descomunal.
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Mercedes Sosa, Susana Rinaldi, Marikena Monti, entre otras grandes cantantes, han recalado, en estos últimos años en la media voz. Ellas han comprendido, en la plena madurez de su canto, que la mejor música, la más profunda expresión artística, no está en el tentador exhibicionismo vocal de sus cuerdas privilegiadas, sino en la finura de los trazos.
La sutileza no como manierismo intelectual o presuntuosidad sino como matiz que ha de conjugar, por cierto, con su contrapartida que son el arrebato, la fuerza, la garra. En medio de tanto ruido nos hace falta retornar a la sutileza para salvarnos del aturdimiento y la mediocridad.





