En el nombre del son cubano
"Lo mejor de la vida", recital de Compay Segundo (armónico y voz segunda), Salvador Repilado Labrada (contrabajo), Hugo Garzón Bargallo (voz y maracas), Benito Juárez Magaña (guitarra y voz) y Rafael Fournier Navarro (percusión). La Trastienda, Balcarce 460. Nuevas funciones: sábado 28, a las 23 y domingo 29, a las 21. Nuestra opinión: muy bueno.
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Compay Segundo es pura sabrosura. Más que eso. Es la sal de la música, el arte de la alegría, la cadencia afrocubana y la historia del son. Es una postal de la Cuba anterior a la revolución, que cautiva desde que sube al escenario de La Trastienda, mientras el cuarteto le toca un son que baila con gusto.
En escena, con esa picardía, ese rostro iluminado y ese punteo bien calentito que dispara desde su armónico (un instrumento intermedio entre el tres y la guitarra) es mucho más que el mito que encierra su propia longevidad. Lo de Compay es realidad pura.
Es poder escuchar el largo camino del son montuno (o del monte donde nació Compay), desde su peregrinar desde el Oriente cubano hasta la Habana y de ahí al mundo, la descripción de su paisaje caribeño y la historia de su gente. Es embriagarse con ese pulso africano fundido con la influencia de las coplas españolas. Y alegrar corazones con sones, boleros y guarachas. La fórmula de Compay parece sencilla. Sigue cantando y tocando, con el mismo entusiasmo de un novato y la sabiduría de los años vividos, melodías vírgenes que se muestran como tesoros únicos: canciones de autores como Beny Moré o Ernesto Lecouna y temas propios que ahora le devuelven una popularidad postergada.
Sus músicos no se quedan atrás. La percusión, las maracas y el contrabajo marcaron los tiempos y el tumbao. Los solos de la guitarra y el armónico fueron el contrapunto justo para la voz sentida de Hugo Garzón Bargallo, que expresó toda su habilidad sonera.
El conjunto acústico bien plantado en sus raíces fue el combustible sonoro del cubano. Sólo necesitó de un intermedio "para que la gente se tome un traguito" para tomar impulso de nuevo. Fue el único momento que alguien se dio cuenta de su edad (parece extraño verlo como una revelación a los 91 años).
Nació una estrella
Para la mayoría del público que se acercó, Compay era un ilustre desconocido. Unos pocos sabían de su largo peregrinar desde los tiempos de Matamoros. El resto lo acabó de conocer en el disco "Buena Vista Social Club" de Ry Cooder y en su último álbum "Lo mejor de la vida". Hasta hubo algunos que se lo tomaron como una expedición más antropológica.
El músico deslumbró por su carisma, tiró besitos y regaló sonrisas Agradeció el cálido recibimiento y prometió: "Me alquilaría dos aviones y los llevaría a todos a Cuba". Enseñó a los guitarristas presentes los secretos del armónico. Y hasta se animó con "El día que me quieras" en una versión abolerada, quizás una de las mejores que se hayan escuchado por estos lares.
Esa cadencia para hablar, cantar o pulsar las cuerdas de su instrumento se impregnó en todo el ambiente. El romanticismo, su carta ganadora y seductora, se asomó e hizo temblar en temas como "Linda Graciela". Fue como el ardor que provoca el ron en la garganta en "Desdichado"; pura picardía cuando sacó a relucir "El camisón de Pepa"o ese son que dice "El día que no me quieras dímelo rapidito, porque no quiero tener la cabeza de ese animalito"; la energía movilizadora en "Chan-Chan" y el encendido vacilón en el final de "Guantanamera".
Nadie dejaba de contonearse suavemente como hipnotizados por esa música auténtica y esas melodías calientes, donde comulgan el costumbrismo y el pasado religioso de la santería africana. Es que su música sería capaz de exorcizar a la propia muerte bajo el candor de alguna rumbita irresistible. Compay haría gozar y bailar a la parca por una horas. Quién sabe, hasta es posible que sus verdugos no hayan trabajado para ella esa noche.
Sólo un susto
Después del concierto los músicos y Compay se tomaron un taxi hasta el hotel, pero dejaron olvidado en el auto el famoso Armónico, ese intrumento inventado por el artista cubano. Por suerte, el mismo taxista lo devolvió ayer en La Trastienda, para que pueda seguir asombrando con sus vitales 91 años y su ritmo sonero incomparable.






