10 mil personas llegaron a Vélez para el evento. Tras Starsailor, Travis y demoras inexplicables, The Killers sostuvo semejante exclamación con el corazón en la mano
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Arte.
Música.
Dulce de leche.
Al lado de cada opción, un cuadradito para tildar la elección correcta. ¿Hacía falta que el cantante de Travis se pusiera esa remera? Francis Healy dio (junto a su banda), probablemente, el recital más largo de su carrera. Fanáticos del fútbol, los cuatro de Glasgow salieron -media hora después de Starsailor- a la cancha (semi vacía) de Velez con el "concept" más antiguo que se le podía ofrecer a un aquelarre de treintañeros entusiastas y parejitas ABC1: primero, la apertura clásica de la 20th Century Fox; después, la canción del film Rocky. ¿Ya fue mucho? Sí, pero recién empiezo: Caminaron por la pasarela en batas de box y, en la punta, las dejaron caer para que, así nomás, de entradita, todos vieran que los pibes de Travis se ponen la camiseta de la selección porque son fanas del soccer argentino, porque quieren escuchar en vivo un "Olé-Olé/ Travi´, Travisss". Y porque, claro, necesitan declarar que en este país descubrieron algo más sublime que el brit-pop y el arte… y es bien dulce.
Hablando del eso, algo tiene el público de brit-pop argentino ¿Cómo es que tanta gente le pone toda esta atención a una banda que ya no tiene mucho para ofrecer? Con una primera sección y la sección media decoradas de viejos clásicos y temas del nuevo disco, The Boy With No Name, los pocos hits de la banda (el ejemplo es "Sing") llegaron recién a la hora de los patys. El público es genérico. Resulta tan difícil de encasillar como una sala casi llena para ver una película de, justamente, la 20th Century Fox. Muchos extranjeros, tantos como para el "Festi Hostel 2007". Festival Yeah! Hay que sostener semejante exclamación con menos de 10 mil personas en un estadio para 35 mil.
Los que estaban adentro de Velez la noche del viernes 2 de noviembre, tenían un amor inconmensurable por la canción. Sino, no se explica cómo diez mil personas pueden esperar unos abusivos cien minutos sin que ninguna voz de estadio de las explicaciones pertinentes. El recital empezó diez minutos antes de la medianoche (horario inédito para un show de estadio). Justo cuando la gente comenzó a repreguntarse si era verdad que venía The Killers, Sam´s Town, la ciudad/cantina con nombre disco, se prendió como uno de esos carteles con movimiento que hay en Las Vegas.
"Qué bueno tocar con Starsailor y Travis", exclamó Brandon Flowers, el frontman, con la ironía de un verdadero hombre de negocios. "Dos bandas que, cuando nosotros empezamos, ya estaban en MTV". Vestido como un fanático religioso en jaque de lanza perfume, ocupó todas las posiciones del escenario (¿alguien le aviso a Fer Ruiz Diaz que tocaba The Killers?), capaz de modular a un volumen bestial, sostenido por una línea de guitarra ligeramente independiente del resto de la base. A pesar de los pifies… ¿Es David Keuning uno de los guitar-heroes de la década?
Ultra pretenciosos, los Killers apuestan todo en una hora. Y Flowers, con su charme fashionista (como en el resto del tour, negaron la autorización a ser fotografiados oficialmente durante su show), gana o gana, señores. Lo que comúnmente sería un fracaso de convocatoria se convierte, por momentos -esos en los que The Killers alcanza velocidad crucero y logra vibrar intermitente, como una marquesina que titila hasta convertirse en un mantra -, en un éxito total ("Read my Mind", "Bones", "Mr. Brighside"). El paradigma de la nueva música, ahora: la banda nueva (dos discos, menos de cuatro años de carrera) que puede juntar diez mil personas (poco no es) en uno de los estadios más remotos de Occidente. Que sería igual a decir que los Killers, de a ratos, te arrancan el corazón del pecho… Cuando eso pasa, Brandon Flowers es el que hace el servicio. Y te entierra en un segundo acto, vivo. Incluso, en el culo del mundo.
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