
La Rueda Mágica Tour 93 llevó a Fito Páez y a su banda a varias ciudades del interior de la Argentina y también al Uruguay, Venezuela, España y México.
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La Rueda Mágica Tour 93 llevó a Fito Páez y a su banda a varias ciudades del interior de la Argentina y también al Uruguay, Venezuela, España y México. El fin de semana del 24 y 25 de abril, el rosarino hizo escala en la cancha de Vélez; desbordada el sábado, casi completa el domingo. Para entonces, El amor después del amor ya no sólo era su disco más exitoso: iba en camino de convertirse en el más vendido de la historia del rock argentino (aún hoy sigue siéndolo). Y la tevé, los diarios, las revistas y todas las radios exhibían a Fito en sus más variadas manifestaciones. Sus nuevas canciones y sus opiniones acerca de Menem, Cecilia Roth, la posmodernidad, la ética y la estética aparecían con agotadora insistencia en los medios. Quizá tanta exposición distrajo la atención sobre lo que en verdad importaba: que Páez había hecho un disco magnífico y que estaba embarcado en una gira seria y profesional como pocas se habían visto por aquí hasta entonces.
La presentación de El amor..., allá por octubre de 1992, con ocho funciones a lleno total en el teatro Gran Rex, fue demoledora, la prueba irrefutable de que Fito no sólo había compuesto catorce canciones excelentes: les había puesto la música precisa a las palabras justas, las que su generación necesitaba escuchar, en ese momento y en ese lugar.
Seis meses después, Fito se subía por primera vez al escenario gigante de la cancha de Vélez, con una puesta a la altura de los shows de las megaestrellas que por entonces invadían la cartelera porteña. Con varios conciertos encima, la banda –Fabián Gallardo, en guitarra y teclados; Gabriel Carámbula, en guitarra; Claudia Puyó, en coros; Daniel Colom- bres, en batería; Paul Dourge, en bajo, y Osvaldo Fattoruso, en percusión, más Carlos Villavicencio como director de la sección de vientos– sonó ajustadísima, y fue el contexto ideal para que Fito, bucles de peluquería y pantalones ajustados, brillara como nunca.
Hippies treintañeros, con sus hijitos a cococho y porrito en mano, cantaban "Del 63" y "Bailando hasta que se acabe la noche", mientras las teens de oído fm desafinaban los nuevos hits entre alaridos histéricos del tipo "¡¡¡Fiiitooo, te amoooo!!!". Buena música –rocks, baladas, folklore– para un público de lo más variopinto, que comulgó en una ceremonia mágica, como la que pocos músicos populares logran generar. Y la fiesta, con fuegos artificiales incluidos, fue grandiosa para todos.
El show se emitió por televisión y la cobertura periodística fue generosa, de modo que la imagen de Fito en cueros, desatado y feliz, cantando con su gente "A rodar la vida", llegó a miles de hogares. Desde entonces, ningún otro artista de rock logró seducir por igual a un público tan heterogéneo, y Fito no volvió a hacer un disco tan perfecto como aquél.




