
Hablar por boca de otro
Lo que más les gusta a los miembros del Círculo de Ventrílocuos
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"Tengo una Barbie, después te cuento en privado", anuncia --con boca de madera-- Pascualito. "Dale, contame", se interesa Jacinto, que mueve sus ojos de derecha a izquierda. No son seres humanos, sino muñecos, y las palabras surgen de los casi inmóviles Miguel Angel Lembo y Marisa Mozzoni, dos integrantes del Círculo de Ventrílocuos Argentinos (Civear).
"El Civear nació por una broma que le queríamos hacer a Mister Chasman", rememora Lembo, refiriéndose, sí, al compañero de Chirolita. "Un día nos juntamos con un colega, Marcelo Mélison, y descubrimos que los dos éramos amigos de Chasman por separado, pero que él no nos había contado a ninguno acerca de su amistad con el otro. Lo mismo pasaba con un tercer compañero, Marcelo Bonetti. Primero, planeamos que uno de nosotros lo invitara a comer y que, de improviso, aparecieran los otros dos. Pero, como tal vez la broma no le gustaría, decidimos fundar un club de ventrílocuos y nombrarlo presidente. Por desgracia no llegamos. Chasman murió el 21 de mayo de 1999 y, a un mes de su muerte, el 21 junio, organizamos la primera reunión. En su honor."
Conocerse mejor
Uno de los propósitos del círculo es registrar información sobre todos los ventrílocuos de la Argentina. Ahora tiene 42 miembros, muchos en el interior. Lembo es el presidente y explica que no es un sindicato ni una bolsa de trabajo, sino un club de amigos que aman la ventriloquia. El integrante de edad más avanzada, Wilson de Caro, a los 94 años sigue despuntando el vicio junto a su muñeco Panchito. La más joven, Marisa Mozzoni, tiene 15: "Desde los 9 jugaba con muñecas e intentaba hablar sin mover los labios. A los 11 convencí a mi mamá de que me trajera a una reunión, empecé a estudiar y me compraron a Jacinto".
Según Lembo, sólo existen dos entidades de este tipo en el mundo, el Civear y una institución que agrupa a los profesionales de Las Vegas. El círculo detalla sus actividades en la página Web: www.civear.org.ar. A través de ella se incorporaron a la organización ventrílocuos de habla hispana de todo el mundo (Chile, España, Venezuela, Cuba e Israel, entre otros).
En el Civear participan profesionales, aficionados y alumnos. Cada miembro, con aspiraciones diferentes: Vander es un mago profesional que sumó la ventriloquia a su show infantil; Mariano Giménez aprendió esta disciplina para entretener a sus hijas, y aunque Beto López no proviene del mundo del espectáculo, su audacia hizo que, después de apenas seis clases, arrancara aplausos junto a Angelito ante 120 personas. Poco que ver con Dino que, luego de desempeñarse como actor durante diez años, se sentía incapaz de enfrentar al público como ventrílocuo. Y decidió cortar por lo sano: rompió con el pánico escénico en medio de un programa de Susana Giménez.
En las reuniones --en el bar de Humberto 1º 420, los primeros lunes de cada mes, desde las 18.30--, los integrantes del círculo intercambian experiencias, muestran sus rutinas y exponen sus habilidades. A veces los muñecos toman la palabra y dialogan entre ellos, sin la participación aparente de sus compañeros humanos.
Lembo explica: "En otra época se jugaba mucho al golpe bajo, a encerrar al muñeco en la valija. Ahora él es la estrella, el pícaro. Yo soy su partenaire, digo las pavadas y él me corrige. Es un ser chiquitito e indefenso que cobra vida por unos minutos".
Marisa Mozzoni derramó cantidad de lágrimas el día que olvidó a Jacinto en un tren. Sus colegas recurrieron a los medios de comunicación para recuperarlo. "Nos llamó por teléfono el hombre que lo había encontrado y fuimos a buscarlo. Era un lugar lejano, en el conurbano, con calles de tierra. Su madre estaba indignada, decía que su hijo casi había tenido un ataque al abrir la valija, porque creyó que había un niño descuartizado. Era una familia con chicos y todo terminó muy bien: en agradecimiento llevamos una torta y actuamos con Jacinto".
Javier Villoldo, en tanto, fue el hijo de un ventrílocuo del que lleva su nombre. Quería que su hijo continuara la profesión, pero murió cuando Javier tenía 7 años. "Mi papá quería dejarme a Jaimito, su muñeco, pero yo era muy chico y podía romperlo. Así que se lo encargó a un amigo que me lo entregó un día, diez años después. Llegué a casa, empecé a manejarlo, lo hice mirar hacia la izquierda... ¡y los ojos quedaron clavados allí, inmóviles! Me quería matar, no conocía a nadie capaz de arreglarlo. Después de un mes de meditarlo, lo desarmé y resolví el problema. En la tapa de la nuca sobresalía un papel, una carta de mi viejo, que decía: Hola, soy tu padre. Ahora tendrás unos 17 años. Te estoy vigilando desde el más allá. ¡Buhh! Te dejo las claves, espero que ésta sea tu profesión y que cuides a Jaimito como yo lo hice. Y así fue."




