
En 1989, un grupo de militantes del Movimiento Todos Por La Patria atacó el Regimiento de La Tablada. Once años después, los detenidos ayunan para que el Gobierno atienda los dictámenes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
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Como sera estar 108 dias sin comer, a pura agua, puro tecito y pura gaseosa; cómo se hace para no pensar que te podés morir; cómo se hace para no tener miedo cuando tu piel se pone pálida y tus huesos se ven al trasluz, cuando la balanza te dice que estás desapareciendo y la boca se te empasta. Cómo será que tus amigos se consuman, igual que vos, en una cama de hospital, mientras esperás una buena noticia que no llega, no llega, una buena noticia que te tiene que dar Fernando de la Rúa.
Cómo será, digo, decidir que ya no te importa vivir si vivir equivale a pasar los días en una celda, cómo será luchar por tu libertad ofreciendo tu propia agonía para que vean que hablás en serio. Cómo será saber que allá afuera tenés una hija que te espera y que, si las cosas se arreglan, podrás besarla y comprarle juguetes, pero si no se arreglan, no la verás crecer.
Gustavo Mesutti tiene 39 años. su esposa, Isabel Fernández, tiene 36. Son, sin duda, un matrimonio atípico: se casaron en la cárcel de Caseros, concibieron a su hija en el penal de Ezeiza. Llevan casi once años de casados y jamás convivieron. Gustavo e Isabel son dos de los militantes del Movimiento Todos por la Patria detenidos por el ataque, el 23 de enero de 1989, al Regimiento de Infantería Mecanizada de la Tablada. Los dos tienen cadena perpetua, los dos iniciaron el 7 de septiembre pasado, junto con el resto de los presos, una huelga de hambre en demanda de su liberación. En el día 87, Isabel levantó su ayuno en atención al futuro de su pequeña hija, que el 19 de diciembre cumplió 2 años. Al cierre de esta edición, Gustavo y los demás continuaban la huelga de hambre.
Los presos de la tablada no se declararon inocentes de los hechos que se les imputan ni piden su libertad de puro caprichosos. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (cidh), mediante su Informe Anual de 1998, consideró probado que:
a) Nueve militantes del MTP (Carlos Alberto Burgos, Roberto Sánchez, Iván Ruiz, José Alejandro Díaz, Carlos Samojedny, Francisco Provenzano, Berta Calvo, Ricardo Veiga y Pablo Martín Ramos) fueron asesinados luego de haberse rendido;
b) Todos los militantes del mtp detenidos en La Tablada fueron torturados por personal militar;
c) Ninguno de estos hechos fue debidamente investigado ni juzgado;
d) Los presos no tuvieron la posibilidad de apelar sus condenas ante un tribunal superior.
La Argentina, como país integrante de la Organización de Estados Americanos, forma parte de la cidh y debe acatar sus recomendaciones. En 1997, la Comisión recomendó al Estado argentino que investigara las violaciones a los derechos humanos, que garantizara el derecho de apelación y que "reparara" el daño sufrido por los presos. Han pasado tres años desde aquel pronunciamiento de la cidh y, sin embargo, el Gobierno ha desoído esas sugerencias aunque varios de sus funcionarios insisten en la pertinencia de acatarlas. Amnistía Internacional reclama una solución humanitaria, al igual que todos los organismos argentinos de derechos humanos. Personalidades como el líder progresista mexicano Cuáhtemoc Cárdenas; Daniel Ortega, ex presidente de Nicaragua; José Saramago, Premio Nobel de Literatura; el sociólogo Alain Touraine; Danielle Mitterrand; artistas e intelectuales argentinos y las juventudes de los partidos que integran la Alianza han pedido que el Gobierno se hiciera cargo, antes que fuera demasiado tarde. Hasta el momento, el Gobierno –que en todo momento les dio la razón a los presos y a la cidh– intentó sin éxito que el Congreso sancionara una ley que autorice la segunda instancia para los presos, y presentó dos recursos ante la Justicia, rechazados por la Cámara de Casación y la Corte Suprema. Tampoco decretó la segunda instancia, acaso inhibido por el costo político que podría acarrearle esa decisión. En cierto modo, ha puesto en riesgo la vida y la salud de trece personas.
La primera vez que vi a Gustavo Mesutti, en el Hospital Santojanni de Mataderos, había bajado 18 kilos y conservaba cierto ánimo. La cuarta vez que lo vi había bajado 20 kilos, estaba perdiendo la esperanza y había perdido la visita diaria de su esposa. Como Isabel levantó la huelga, al cabo de unos días en observación la devolvieron a la cárcel de mujeres de Ezeiza. Para poder visitarlos mientras ambos estaban en el hospital, debimos ser inscriptos en un listado de amigos, dejar los documentos a dos guardias cada vez que entrábamos, pasar a escondidas el grabador y la cámara fotográfica, una inevitable pocket. Felizmente, no fuimos palpados y ningún guardia entró en la habitación en un momento inoportuno.
Isabel y Gustavo se conocieron en 1986, una época en la cual buena parte de la juventud argentina todavía creía en la militancia política como herramienta de transformación. Ella era una asistenta social recién recibida, militaba en una agrupación independiente que solía perder las elecciones en el suteba (Sindicato Unido de Trabajadores de la Educación de la provincia de Buenos Aires); él, un muchacho que empezaba a desencantarse del Partido Intransigente, una de las tantas fugaces fuerzas de centroizquierda de la Argentina. Se encontraron por primera vez en una parada de colectivo. Gustavo la fue a buscar para que se sumara a un proyecto de alfabetización en tres asentamientos de La Matanza. Para una chica de 24 años es peligroso regresar sola, de noche, desde La Matanza hasta Haedo; en ese trayecto la habían asaltado dos veces: les pidió, entonces, a sus compañeros, que algún valiente se ofreciera a acompañarla a su casa. Gustavo se ofreció. Al poco tiempo eran novios, novios progres que durante la primavera alfonsinista soñaban con un país más justo.
–A partir de las prácticas de la Facultad, entré por primera vez en una villa. Volví llorando a mi casa –relata Isabel–, con la cabeza cambiada para siempre. Después de que me recibí empecé a trabajar en escuelas, en municipalidades, y en un momento sentí que el Estado me estaba usando como parche para contener las demandas de la gente, para repartir cajas p.a.n. [Plan Alimentario Nacional, cajas de comida que se repartían a los hogares necesitados durante la presidencia de Alfonsín] sin que se solucione ningún problema de fondo.
–En la última época de la dictadura, yo empecé a hacer trabajos comunitarios en la parroquia del barrio –repasa Gustavo–. Después me junté con un grupo de pibes que había conocido en el centro de estudiantes y empecé a participar con ellos. Además de la militancia, nos unía un sentimiento de amistad y compartimos juntos un montón de cosas.
–Uno de esos chicos, Félix Díaz, murió en La Tablada –completa Isabel. En realidad ella no dice murió, dice falleció, esa palabra horrible que la gente usa a veces para atenuar el dolor que provoca la sola mención de la muerte. Félix Díaz está muerto, como buena parte de los militantes del mtp que entraron en el cuartel de La Tablada. Con la distancia que proporciona el paso del tiempo, con el debido respeto, me pregunto si no hubiera sido mejor que toda esa gente estuviera viva, tal vez ayudando a construir la utopía con la que soñaba.
En la habitación en la que conversamos –siempre entre las 14.30 y las 16–, además de Gustavo, ocupan las camas José Moreira, Claudio Veiga y Sergio Paz. Todos presentan algún síntoma de desnutrición, pero Veiga es el que está peor: los últimos análisis le dieron 3 de proteína plasmática –el valor usual es de 6,5– y una presión de 7-6. Durante el horario de visita, esas cuatro camas están superpobladas por padres, hijos, esposas, amigos, militantes. La gente se sienta en las camas porque las sillas no alcanzan. En cada mesita de noche hay botellas de gaseosa y saquitos de té. Nunca faltan los diarios del día. Sergio Paz pegó las fotos de sus seres queridos en la cabecera de su cama. José Moreira optó por un póster de Boca con la leyenda campeon intercontinental. En un rincón del cuarto hay un calentadorcito, con una pava de aluminio a la que le falta la tapa, reemplazada por un Nuevo Testamento azul de esos que regalan los gedeones. La ventana está siempre abierta: los treintaipico grados diarios, el sol quemante y la falta de aire del preverano porteño no colaboran en nada con los ayunantes.
La otra habitación es la de las mujeres. Allí reposan Claudia Acosta, Ana María Sívori y allí estuvo Isabel Fernández hasta que –después que hubo levantado la huelga– la consideraron lo suficientemente sana como para enviarla de nuevo a prisión. El resto de los presos –Enrique Gorriarán Merlo, Roberto Felicetti, Carlos Motto, Luis Alberto Díaz, Claudio Rodríguez y Miguel Aguirre– están en el Hospital Fernández. La salud de los internados en el Fernández es mucho más frágil que la de los del Santojanni. Miguel Aguirre se descompensó un par de veces; Gorriarán Merlo perdió definitivamente la vista de un ojo.
A mediados de los 80, la revista entre todos los que Queremos la Liberación comenzó a difundir las actividades de las agrupaciones barriales. Desde sus páginas se gestó una nueva propuesta política. Así nació el Movimiento Todos por la Patria (mtp). Gustavo reseña aquellos días.
–Eramos jóvenes, algunos con una breve militancia política. Teníamos la necesidad de reconstruir una historia que se nos había negado, la de las organizaciones revolucionarias durante las décadas del 60 y el 70. Fuimos a buscar a muchos compañeros que habían participado de aquello, para saber lo que habían vivido. Así se fue sumando gente que había estado en el erp [Ejército Revolucionario del Pueblo] y en Montoneros. A partir de esa experiencia se creó el movimiento.
El 23 de enero de 1989, el país se despertó con una noticia extraña. Un grupo de desconocidos había atacado el Regimiento de Infantería N° 3, con asiento en La Tablada. Lo primero que pensó la sociedad argentina era que se trataba de una nueva sublevación militar. Desde abril de 1987, los carapintadas –así denominados por la circense actitud de embetunarse el rostro– se habían levantado ya tres veces contra el gobierno de Raúl Alfonsín; dos, encabezados por Aldo Rico, y la restante, por Mohamed Alí Seineldín. Esta vez, en cambio, se trataba de civiles: el mtp. Eran 53 militantes: el saldo del combate fue de 28 muertos y 3 desaparecidos. Cuando se les pregunta por qué lo hicieron, responden que intentaron abortar una nueva conspiración golpista de Seineldín.
–Tuvimos la información de que había un plan para dar un golpe de Estado y la intención fue ésa, intentar abortarlo.
–¿Nunca pensaron en la posibilidad de que tal cosa no existiera y que alguien les hubiera tendido una trampa?
Gustavo Mesutti: La conspiración militar existía. De la mano de Menem, [Julio] Mera Figueroa y los Yoma, la derecha peronista conspiraba junto con los carapintadas, al igual que un grupo de la derecha radical, en el que estaba [el por entonces vicepresidente] Víctor Martínez. Quizás es injusto que se nos exija una autocrítica en este momento, pero nosotros no estábamos locos.
Isabel Fernandez: Los carapintadas eran una amenaza seria y el radicalismo había demostrado en Semana Santa y en las otras sublevaciones que iba a seguir claudicando. Por diversas vías nos enteramos de que había un golpe en marcha y nos movilizamos, como ciudadanos comunes, para detenerlo.
–En el caso de que hubiera existido esa conspiración, ¿cómo pensaron que iban a hacer 53 personas para detener un golpe de Estado?
Isabel : Posiblemente haya habido errores de evaluación en cuanto a la cantidad de gente o la fuerza con la que contábamos. Pensábamos que se iba a detener el golpe y que íbamos a abortar la operación de los militares. Terminó todo muy mal para nosotros, pero ese objetivo se logró.
Gustavo : El 22 de enero de 1989, todo el país hablaba del levantamiento que se venía. El 25 de enero resultó que nosotros éramos unos delirantes, unos locos bárbaros.
Todavia es mucho mas lo que no se sabe que lo que se sabe sobre el copamiento del cuartel. Los integrantes del mtp prometen que, una vez que estén libres, hablarán en profundidad sobre las razones que los motivaron a realizar el copamiento. Por ahora, llegan hasta ahí.
Gustavo: Estuvimos un fin de semana en una quinta ultimando los detalles. Nos levantamos muy temprano por la mañana, nos dimos un abrazo y nos organizamos en grupos, con la promesa de volver a vernos una vez que terminara todo. Yo me subí a un coche que manejaba Claudia Lareu, nos encolumnamos y nos encontramos con otros compañeros que nos esperaban en la ruta. Una o dos cuadras antes de llegar al cuartel, un grupo se encargó de tomar un camión de Coca-Cola. Con ese camión a la cabeza rompimos el portón y entramos. La consigna era no disparar, pero la gente de la guardia, cuando vio que éramos muchos, intentó detenernos a los tiros. En un primer momento murieron dos o tres compañeros, y recuerdo que un soldado se quiso rendir y lo mató el propio jefe de la compañía. La verdad es que a las tres horas estábamos perdidos, en el casino de oficiales, y yo mismo mostré una bandera blanca en señal de rendición. Casi me llenan de agujeros. El Ejército buscó que la recuperación del cuartel fuera un baño de sangre. Para darte un ejemplo: nosotros habíamos tomado como rehenes a algunos suboficiales y soldados. Cuando vimos que estábamos rodeados, les dijimos que quedaban en libertad, que hicieran lo que quisieran. Hicieron varios intentos por salir, pero apenas se asomaban, los ametrallaban.
Isabel: Imagináte un gran combate, tiros por todas partes, el edificio en el que estábamos que se venía abajo, los tanques que nos bombardeaban, nosotros que nos habíamos querido rendir, pero no nos dejaban, y así durante 36 horas hasta que sí, entraron a pedir la rendición y lo aceptamos. Pancho Provenzano y Carlos Samojedny bajaron connmigo a rendirse y después no aparecieron entre los detenidos. Nos agarraron, nos desvistieron, nos ataron las manos y los pies con alambres, nos arrastraron y nos tiraron al piso. Después nos interrogaron de a uno: menos la picana, recibimos todas las torturas que te podés imaginar. Así fue durante diez horas, hasta que nos trasladaron a Coordinación Federal.
Gustavo: Lo primero que hicieron fue tirarnos al piso y empezar a golpearnos mientras nos arrancaban la ropa. En un momento vi que se los llevaban a Pancho y al Sordo [Samojedny] y la vi a Berta Calvo, muy malherida. Me interrogaron y, mientras me interrogaban, me pegaron tanto que me desmayé.
No es nada sencillo entender lo que paso. ellos eran 53 y se enfrentaron al personal del regimiento –armado con tanques de guerra– y a unos 3 mil policías. No hay una lógica, ni política ni militar, que explique semejante disparate y probablemente éste no sea el momento adecuado para intentar encontrarla. No hay, tampoco, un modo racional de explicar por qué, si los insurrectos se rindieron a las tres horas, el Ejército y la policía decidieron prolongar el combate a lo largo de un día y medio.
La Cámara Federal de San Martín los juzgó de acuerdo con la ley 23.077 "De defensa de la democracia", que fue utilizada por primera y única vez con los militantes del mtp, y no con los carapintadas de Seineldín que se sublevaron el 4 de diciembre de 1990. Entre las múltiples arbitrariedades que se cometieron durante el juicio, pueden destacarse la condena a veinte años de prisión al sacerdote fray Antonio Puigjané, que no estuvo en La Tablada y dijo no saber nada de los hechos. Una semana después del ataque al cuartel, Puigjané se había presentado espontáneamente a declarar; estaba en silla de ruedas, convalesciente de una operación de cadera. A su vez, los militantes del mtp Juan Carlos Abella, Juan Manuel Burgos, Miguel Angel Faldutti, Daniel Gabioud Almirón y Dora Molina de Felicetti –que habían sido arrestados a unas veinte cuadras del cuartel de La Tablada, al que jamás entraron–, recibieron penas de entre diez y quince años de prisión. Isabel Fernández y Gustavo Mesutti recibieron penas de prisión perpetua por los cargos de rebelión, homicidio calificado, asociación ilícita, lesiones leves, lesiones gravísimas, usurpación de territorio nacional y tenencia de armas de guerra. Según explica el juez de la Cámara Federal de Apelaciones de La Plata, doctor Leopoldo Schiffrin (diario Página/12, 16 de diciembre), "con total olvido de la tradición jurisprudencial y legislativa argentina en la materia [que establece]… que los delitos conexos a la rebelión (muertos en combate, daños, etc.) sólo se castigan por separado si asumen el carácter de «actos de barbarie odiosa o repudiable vandalismo», la Cámara Federal de San Martín sumó a la rebelión todos los hechos conexos".
Como ya se dijo, los atacantes de La Tablada no tuvieron la oportunidad de revisión ante un tribunal superior, que sí tuvieron los carapintadas al año siguiente. El 5 de octubre de 1989 recibieron sus condenas. Tres días después, Carlos Menem dictó el primero de sus dos indultos a los responsables de crímenes, torturas y desapariciones durante la dictadura militar.
Isabel fue a parar a la cárcel "vieja" de Caseros y, desde el 91, a la cárcel de mujeres de Ezeiza; Gustavo pasó un mes por Villa Devoto, después por Caseros "la nueva", y desde hace un año y medio, a la cárcel de varones de Ezeiza. Por cuestiones prácticas, dejaron de lado todo ese rollo progre del matrimonio como institución burguesa, de lo innecesario de los papeles para legitimar los sentimientos y bla bla bla, y se casaron. Gustavo le escribió una carta muy sencilla con la propuesta: le dijo que la quería, que quería compartir su vida con ella. Ella le dijo que sí, también por correspondencia. Puede que, además de la pareja, también se hayan emocionado los guardias que se encargaban de abrirles todas las cartas antes de que llegaran a destino.
En enero de 1990 se casaron, en una oficina de la cárcel de Caseros. Estaban presentes la jueza, los contrayentes, los testigos, los padres de ella, la familia de él y nadie más. La boda duró diez minutos y no hay ninguna foto que la recuerde, porque no estaba permitido el ingreso en el penal con cámaras fotográficas. No pudieron, tampoco, emperifollarse demasiado para la ocasión: los dos vistieron jeans y remeras. Brindaron con gaseosas y después, taza taza, los familiares para sus casas y cada novio para su cárcel. El matrimonio les permitió acceder a un permiso de visita penal a penal cada quince días, pero durante los primeros tres años no pudieron tener relaciones sexuales: recién en 1993 las denominadas "visitas íntimas" fueron autorizadas por ley.
–Antes de que se reglamentara el tema, los presos de la sala de visitas armaban una habitación con frazadas que colgaban de las paredes, que se llamaba "El Embrollo". El aspecto visual no era muy agradable que digamos, pero estaba fuera del alcance de los guardias. En una de las primeras visitas de penal a penal, Chabela y yo intentamos estar juntos en El Embrollo, pero nos descubrieron y nos sancionaron negándonos un par de visitas.
Gustavo se rie cuando habla de estas cosas. la vida en la cárcel tuvo, para él, diferentes etapas: primero, el máximo aislamiento. Luego, la convivencia junto a los delincuentes de máxima peligrosidad, que resultó ser bastante amable. Los presos comunes no formulan consideraciones políticas; más bien miden la categoría del delito y el coraje demostrado. Aquellos tipos que se habían enfrentado a los militares y a la policía, por ende, les inspiraban respeto. Superada esa etapa, las autoridades del penal los mezclaron con delincuentes en tránsito, gente del interior que debía viajar a Capital por asuntos familiares o para recibir atención médica. Entonces se complicó un poco: era difícil establecer normas de convivencia con tipos que entraban y salían todo el tiempo. Sin embargo, no hubo ningún incidente grave. Los presos de La Tablada en Caseros eran dieciséis y, antes de molestar a dieciséis tipos, cualquier preso lo piensa muy bien. La vida fue pasando, tranquila y tediosa. Se levantaban a las 7 de la mañana, tomaban mate, hacían actividad física, evitaban la depresión como podían.
Isabel y el resto de las mujeres de La Tablada pasaron los primeros dos años en un aislamiento casi completo. Cuando, a fines de 1991, las trasladaron a Ezeiza, la situación mejoró bastante. En Ezeiza, Isabel descubrió que las cárceles de mujeres no son infiernos de lesbianas asesinas como los de Atrapadas o Correccional de mujeres. A lo largo de estos años, dice que jamás pensó que iba a cumplir una condena perpetua, porque de otro modo hubiera enloquecido. Isabel hizo gimnasia, manualidades, muñequitos de trapo, trabajos en cueros, estudió algunas materias de Sociología y… tuvo una hija.
Isabel : Gustavo y yo lo pensamos mucho antes de tomar semejante decisión. Pero yo ya había pasado los 30, tenía miedo de que se me pasara el tiempo y me empecé a ilusionar con la idea. Así que la planificamos, la esperamos, la deseamos, y cuando nació, bueno, fue lo más maravilloso que me pasó. Es hermosa, es dulce, es una luz, no sé [se sonroja, empalagada]. Tengo unas ganas locas de enseñarle el mundo.
Gustavo: Yo la vi muy poco. Cuando estábamos los dos en la cárcel eran esas cinco horas cada quince días, y te quedabas con las ganas. Desde que empezamos la huelga de hambre, ya no podía estar con nosotros, así que Chabela la llevó con mis viejos. Tratamos de no traerla mucho al hospital para no hacerla sufrir. Lo bueno de todo esto es que ahora al fin está haciendo una vida normal, jugando con los primos, en la casa de los abuelos, saliendo a la vereda… Lo malo es que la separación de la madre debe ser muy dolorosa para ella.
Afuera, en la calle, los familiares de los presos y los ex detenidos que ya cumplieron sus condenas y están en libertad, con el apoyo de los organismos de derechos humanos, realizaron toda clase de manifestaciones para apoyar a los huelguistas: interrumpieron reuniones de gabinete, consiguieron la solidaridad de intelectuales y artistas, subieron al escenario para exponer su causa durante los conciertos de Manu Chao en el estadio Obras, se encadenaron frente a la Casa de Gobierno, arrojaron sangre de vaca en los ventanales del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, realizaron una vigilia en la Plaza de Mayo. En cada una de estas ocasiones, los familiares llevaron pancartas con el rostro de sus seres queridos. Son un espanto estas pancartas con fotos de gente que está viva. Son un espanto porque son iguales a los retratos de los desaparecidos y porque connotan la posibilidad de la muerte.
Para el ministro del interior, federico storani, la estrategia del Gobierno fue, hasta ahora, la correcta. Según su visión de los hechos, el bloque justicialista de Diputados y el Poder Judicial se obstinan en no colaborar con el Poder Ejecutivo. Tal obstinación –interpreta Storani– impide que el asunto Tablada se resuelva.
–Los presos nos acusaron de dilatar una solución del hecho porque ellos quieren quedar libres de cualquier manera. Nosotros nos negamos terminantemente a indultarlos o a conmutarles las penas. No sería políticamente correcto, porque se trata de gente que cometió un acto terrorista contra un gobierno democrático, en pleno estado de derecho. El Gobierno cree que el país debe acatar las recomendaciones internacionales y adecuar su legislación, permitiéndoles a los presos una segunda instancia judicial. En enero pasado presentamos un proyecto en el Congreso: el bloque justicialista se negó a tratarlo porque el tema era poco popular: tratar la situación de los presos de La Tablada no da bien en las encuestas. Nos pidieron que asumiéramos el costo político del asunto como gobierno. Eso hicimos: el Poder Ejecutivo envió un proyecto, el justicialismo no dio quórum para que se tratara. Presentamos un recurso ante la Cámara de Casación y nos fue rechazado, y otro ante la Corte Suprema de Justicia. En el caso de que este nuevo recurso sea rechazado [efectivamente, eso sucedió al día siguiente de esta entrevista], tenemos listo un decreto de necesidad y urgencia que establece esa segunda instancia.
–El presidente de la Corte, Julio Nazareno, dijo que el Gobierno "judicializó" una cuestión política. Si ustedes van a sacar el decreto de todos modos, entonces Nazareno tiene razón…
–La Justicia debería asumir la responsabilidad de que el país adecue su legislación a los pactos internacionales que firmó; por lo tanto, éste es en principio un problema jurídico y, recién después, un tema político. Pero, si no lo hace, no nos deja otro remedio. Este Gobierno intenta evitar en la medida de lo posible los decretos de necesidad y urgencia.
–Está bien, pero mientras tanto hay doce presos en huelga de hambre, y los días pasan…
–Es que nosotros no podemos aceptar esa clase de extorsiones. Usted imagínese que sucedería si cualquier preso disconforme con su condena hiciera una huelga de hambre. Por otra parte, ésta no es una huelga de hambre.
–…
–Los presos reciben suero y proteínas. De otro modo, se hubieran muerto hace mucho tiempo.
–Si este Gobierno, según usted dice, ha estado a favor de la segunda instancia desde que asumió, es difícil entender que aún hoy…
–La posición del Gobierno es ésa. Personalmente, considero incluso que, si se aceptara la segunda instancia, se entendería que los atacantes de La Tablada pasaron estos once años como procesados sin una sentencia firme. En ese caso, deberían computárseles dos años de prisión por cada uno de cumplimiento efectivo y deberían quedar en libertad. Por otra parte, es cierto que no estuvieron presos ni un día ni dos ni tres sino once años, y en condiciones muy rigurosas que no tuvo, por ejemplo, Seineldín, que sí tuvo la posibilidad de apelar su condena. Esto es lo que yo pienso. Sin embargo, hay que ver si los jueces interpretan la segunda instancia de la misma forma y los dejan libres. Eso ya no depende del Gobierno.
–¿Qué pasaría si… [por el tono sombrío de mi voz, el ministro Storani adivina que le voy a preguntar qué hará el Gobierno si uno de los huelguistas se muere. Entonces interrumpe la pregunta]?
–No voy a especular con esa posibilidad.
–¿Por qué?
–Porque no hay derecho al suicidio en la legislación argentina. Pero si hay que alimentar compulsivamente a alguien, no lo dude, lo vamos a hacer.
Esta es la tercera vez que los presos de la tablada inician una huelga de hambre. Pase lo que pase, es seguro que será también la última.
–¿Es cierto que ya no tienen hambre?
Isabel : Los primeros días sentís hambre. Después, el cuerpo se acostumbra. Pasan varios días hasta que se empiezan a sentir los efectos en el organismo. Yo lo primero que sentí fue un malestar en el estómago. La acidez te mata, después te baja la presión, sentís mareos, calambres en las piernas y, sobre todo, mucho cansancio.
Gustavo: Si cuando empezamos esto, alguien me decía que iba a pasar más de tres meses sin comer, yo le decía que no. El hambre se va rápido, en los primeros días. Después sentís una especie de languidez y después sentís ansiedad, tensión, porque además estamos entre cuatro paredes, ni siquiera tenés un patio, como en la cárcel.
–Isabel, ¿cómo decidiste abandonar la huelga?
Isabel: Yo no la había hecho en julio, porque mi hija estaba demasiado chiquita. Eso me hizo sentir un poco culpable. Esta vez tuve la necesidad de iniciar la huelga con mis compañeros, porque ésta es mi lucha y yo soy una militante política. Habíamos acordado que en un momento crítico yo iba a tener que levantar, porque tengo una responsabilidad sobre la vida de mi hija. El resto de los compañeros también me lo pidieron, en parte porque no olvidamos que en el copamiento del cuartel murieron dos matrimonios –Pancho Provenzano y Claudia Lareu, y Juan Manuel Murúa y Aldira Pereira Nunes– y quedaron dos chicos huérfanos.
–¿Tienen miedo?
Isabel: Yo tengo más miedo ahora que cuando estaba haciendo la huelga. Tengo miedo de perder a mi pareja y tengo miedo por mis compañeros, pero bueno, tengo confianza en que esto se resuelva.
Gustavo: Uno siempre tiene miedo. El asunto es tener la fuerza de voluntad para vencerlo. Nadie se quiere morir, pero seguir viviendo así es una tortura. Tengo tantas ganas de estar en mi casa junto a mi esposa y mi hija, que soy capaz de someterme a cualquier sacrificio para lograrlo.
En el fondo de su casa de Villa Tessei, Don Alberto Mesutti, el padre de Gustavo, construyó un departamento chiquito pero con todo lo indispensable para que su hijo, su nuera y su nieta puedan vivir en paz cuando queden en libertad. Por ahora, la pequeña es la única que puede disfrutarlo, jugando de cuando en cuando con un oso de trapo más grande que ella, sobre la cama que será de sus padres. A juzgar por las palabras del ministro Storani, es posible que, cuando esta revista esté en la calle, Isabel, Gustavo y el resto de los presos de La Tablada hayan conseguido, al fin, lo que reclaman. Aunque nunca se sabe: cuando se inició esta nota, hace veinte días, también se decía que la segunda instancia –y, por ende, tal como explica el ministro, la liberación de los presos– era inminente.
El 21 de diciembre, a la noche, cuando esta revista entra en imprenta, Isabel y Gustavo todavía sueñan con un país donde el derecho a la vida, a la integridad personal y a un juicio justo tengan plena vigencia. Todavía sueñan con un país distinto de éste.





