Siete raperos de España, Estados Unidos y varios lugares de América Latina se encontraron en la gallera más grande del continente, en San Juan de Puerto Rico, para disputar el primer duelo internacional de MCs en español.
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Parecia un sabado por la tarde en cualquier pueblo de tierra caliente. Los árboles de la placita daban sombra sobre bancas de madera en las que se sentaban a descansar los viejos. Una mujer gorda vestida de blanco vendía marionetas de peluche y en la otra esquina una campanilla anunciaba el carrito de raspado [hielo picado con sabores de frutas] para quitar el calor.
A un par de calles de ahí, la escena bucólica estaba a punto de terminarse. Una van frenó en seco en una de las calles adoquinadas del viejo San Juan, en Puerto Rico, y cuando se abrieron sus puertas dos camarógrafos y un fotógrafo saltaron al piso y enfocaron el microbús.
La luz del sol no dejaba ver mucho adentro, salvo unas siluetas de cabezas y unos tenis de un blanco impecable que acababan de asomarse a la escalerilla.
Los mcs se bajaron en orden, haciendo chistes y riéndose, totalmente ajenos a la conmoción que causaban. Casi todos morenos [el único negro era el colombiano] y de baja estatura, caminaron hasta la plaza con sus pantalones tres cuartos, sus tenis nuevos y su joyería colgándoles del cuello y las orejas, mientras seguían conversando de lo que habían hecho durante el día.
Estaban en Puerto Rico para el primer duelo iberoamericano de hip hop, llamado “La pelea de los gallos”, que había organizado Red Bull en una gallera de San Juan. Los chicos, provenientes de España, Estados Unidos y América Latina, habían estado recluidos hasta esa tarde de sábado, ensayando, filmando un videoclip y recibiendo instrucciones para las reglas del duelo del domingo. Este era su primer descanso antes de las entrevistas radiales al final del día y parecían agradecidos de poder caminar por las calles de la ciudad vieja y tomar un poco de sol.
Cuando llegaron a la plaza, una niña de pelo rizado que tenía un sombrerito blanco, agarró el brazo de su madre y señaló a uno de los fotógrafos: “Mira, él también tiene una cámara”. La señora sonrió y exhibió una modesta Polaroid en la que sacaba instantáneas de los turistas, pero no se atrevió a ofrecer sus fotos y siguió de largo.
Cuando los caminantes se acostumbraron a la presencia de los mcs, éstos se detuvieron en una esquina, se recostaron contra un muro de ladrillo y comenzaron a tirar sus líneas. Uno se cubría la boca y simulaba un beat constante mientras que el otro improvisaba sobre lo que veía, la gente que pasaba, los amigos. Al comienzo las cámaras de video eran las únicas que estaban captando el momento, pero luego se formó un pequeño corrillo de periodistas, organizadores y curiosos. El juego duró un par de minutos y justo cuando estaban calentándose apareció de nuevo la van y se los llevó.
Era la segunda vez que se medían en un duelo. La primera fue ese mismo día durante un almuerzo eterno en Mister Frog’s, un restaurante de comida mexicana, donde los mcs comieron enchiladas y tomaron un licor azul que sabía a algodón de azúcar. Mientras esperaban que todos terminaran de almorzar, el Niño, de México, y Frescolate, de Argentina, empezaron a rapear. Para mostrar que eran maestros en la improvisación, hicieron rimas graciosas con lo que tenían a la mano: la sal, el mantel amarillo y la comida mexicana, y se tiraban la bola el uno al otro con un profesionalismo que parecía ensayado. El mc de Nueva York, Al Stylo, que estaba con ellos en la esquina de la mesa, se quedó en silencio mientras los otros dos lo incitaban a que mostrara lo que tenía.
Esa tarde, el Niño [tiene 18 años], me dijo que le molestaba “cómo alguna gente se famosea sin tener nada que exhibir”.
¿Te refieres a Stylo?, le pregunté yo, que había oído chismes en el pasillo del hotel, de que los demás mcs no se sentían cómodos con él porque era muy creído. “No quiero decir nombres, no vale la pena. En el duelo de mañana todo se verá más claro”.
Los mcs llegaron en la tarde del viernes a Puerto Rico. Muchos de ellos con visas restringidas a los días que duraba el concurso, casi todos novatos en el arte de montarse en un avión. Nice and Smooth, de Colombia, llegó al aeropuerto un par de horas antes de despegar el vuelo. Negro, delgado y con el pelo en pequeñas trenzas hasta el cuello, Nice era la personificación de un rapero. Llevaba un arete de circón de un centímetro cuadrado en cada oreja y una cadena dorada con plateado. Había sacado el pasaporte para el viaje y, milagrosamente, la visa servía para un par de meses. “Es la primera vez que viajo en avión”, dijo. “¿Estás nervioso?”, le pregunté. Héctor –así se llama– torció la boca, desvió los ojos hacia delante y respondió: “Noh”, así, con una hache desdeñosa, como si lo que le hubiera dicho fuera un insulto.
Expertos en rapear en las calles, estos chicos, o no le tienen miedo a nada o no se atreven a mostrarlo. Por eso les decían “gallos”, porque estaban listos para enfrentarse como animales de pelea aún sin saber cuánto era lo que ganarían en el duelo.
Las vans blancas que los llevaron esa tarde de sábado a la plaza estuvieron presentes el viernes a su llegada a Puerto Rico, para transportarlos a la gallera para la prueba de sonido y su primer encuentro.
“El español es muy bueno, hay un acuerdo entre los latinos de acabar con él para que no les estorbe después”, me dijo esa noche Boogie Roc, otro colombiano, que no iba en calidad de gallo sino de dj.
Boogie Roc sería el encargado de la música antes de que empezara el concurso, durante los intermedios y en el after party, y es uno de los pocos djs latinoamericanos de hip hop. Como los demás, usa pantalones tres cuartos, gorra de béisbol con la talla pegada en la visera [un 7 1/2] como prueba de su autenticidad, tenis nuevos y camisa polo, pero a diferencia de muchos de ellos, ésta era su segunda exhibición internacional. La primera había sido en Roma, durante la academia de djs que había organizado Red Bull, y Boogie se sentía con la cancha y la experiencia para aconsejar y emitir opiniones.
Cuando la prensa y los organizadores se encontraron con los djs en el hotel, esa noche, Nice and Smooth tenía una cara diferente a la de la mañana. “¿Cómo te fue?”, le pregunté. “Bien, me sentí tranquilo. Tiré una línea chistosa y todos se rieron”. Así que después de todo sí tienen miedo... o por lo menos nervios.
La tarde del concurso estaba nublada y amenazaba lluvia. No parecía un domingo, usualmente estas cosas se hacen los viernes o los sábados, que deberían ser los días de rumba dura, pero en Puerto Rico cualquier día es bueno para una fiesta, así que a las cinco y media, cuando abrieron las puertas para el público, la gallera se inundó de gente, casi toda joven, casi toda vestida de acuerdo con el reglamento del hip hop.
A diferencia de la idea latina de una gallera, este no era un recinto de techo de palma y columnas de madera. Era un estadio en miniatura, de concreto, con seis graderías de sillas ubicadas en forma circular alrededor de una arena de un par de metros de diámetro.
Los participantes habían estado encerrados en un cuarto diminuto con dos sofás y una nevera con bebidas. La única ventana que daba a la gallera la tapaba la cabeza de uno de los organizadores, que les daba las últimas instrucciones, mientras que en la arena hacían las últimas pruebas de sonido.
La gallera, que es la más grande de América Latina, resultó pequeña para la cantidad de gente que quería entrar, y pronto el aire acondicionado dejó de sentirse. La gente se apiñaba en las sillas altas, sin saber muy bien hacia dónde iban a tirar los mcs. Abajo, sobre el círculo pequeño que era la arena y que estaba cubierto con un tapete de grama artificial verde y la figura de dos toros rojos enfrentándose, pendían un par de jaulas transparentes y un micrófono plateado de los que bajan en las peleas de boxeo.
A las seis y media, cuando comenzó la música, apareció en el ring el presentador: Chingo Bling. La gente, que estaba acomodándose con vasos de cerveza y botellas de agua, hizo un par de segundos de silencio ante la imagen. Algunos incluso pensaron en chiflar o reírse, pero todo se apagó cuando Chingo sonrió y dejó ver su boca llena de diamantes [“treinta y cinco mil dólares me costó la sonrisa”, diría después, en el after party ].
El resto del personaje era igual de excéntrico. Bajito y moreno, el presentador llevaba botas vaqueras blancas con un poco de tacón y el símbolo de Nike en negro, con un “Chingo” escrito en una y “Bling” en la otra, se veían bajo el pantalón ancho tres cuartos. Las gafas Dior cubrían buena parte de su cara y un sombrero negro de ala ancha tapaba casi todo el resto y daba el aspecto de un champiñón. Del cuello colgaban dos joyas: un círculo enorme y una bota, ambas en oro y plata.
Hip hoper de Los Ángeles y con acento boricua, Chingo Bling comenzó a presentar a los jueces [que incluía a un campeón de trova sesentero, a una rapera mexicana, al director español de una revista de hip hop, a un emcee de Nueva York y a un sociólogo puertorriqueño]. El paso siguiente fue introducir a los emcees, uno a uno, en lo que fue su primera prueba: Chingo les mostraba tres objetos y ellos tenían un minuto para improvisar sobre los tres. El público, juez implacable y estricto, comenzó el proceso de calificar a los concursantes mucho antes que los mismos jueces.
El primero en pasar fue el Niño. El micrófono que colgaba del techo cayó y el chico lo agarró y comenzó a improvisar sobre lo que Chingo le mostraba: una de sus botas blancas, sus gigantescas gafas y unas tijeras. El aplauso fue tan estridente que desde el comienzo quedó claro quién estaría en la final.
El siguiente fue Nice and Smooth, de Colombia. Fue el único de los emcees que se vistió para la ocasión, con una sudadera de béisbol verde con blanco y una gorra del mismo color, pero su improvisación sobre Papá Noel, un bombillo y un papel higiénico fue menos entretenida.
Al Stylo, nacido en Puerto Rico pero criado en Nueva York, llegó al escenario con una camiseta que tenía los colores de la bandera puertorriqueña y la palabra “Aguadilla”, que es un distrito cercano. A él fue al único a quien el público chifló. Sus rimas, pobres, terminadas en gerundio, acabaron por desesperar al cabo de un minuto. Pasaron, con penas y glorias, el resto de los emcees, y cuando le llegó el turno a Tek One, puertorriqueño y el último del grupo, el piso de la gallera comenzó a temblar. La gente gritaba enloquecida mientras Tek improvisaba sobre un frasco de pegante, una lija y una botella de agua. Sus rimas carecieron del humor ácido de los mejores mcs que habían pasado antes, y el público calmó un poco su entusiasmo, pero aún seguía siendo, de lejos, el favorito.
El duelo comenzo cuando Chingo sacó de una gorra el nombre de Ehler Danloss, de España. Sevillano y conocido por su poesía en la rima, Ehler parecía un periodista cultural más que un emcee. Vestido de jeans y camiseta azul claro con discretas rayas blancas y con una barba naciente y corte de niño “pijo”, Danloss tuvo que sacar de la gorra el nombre de su contrincante: Tito Yang, de Puerto Rico, otro que contrastaba con los emcees de rastas, trenzas y bling bling. “Está perdido”, dijo Virginia , una chica española que trabajaba en el área cultural de Red Bull y que acompañó a su emcee a Puerto Rico. El público gritaba “¡Tito, Tito, Tito!”, y un chico de gorra que estaba en el primer puesto lanzó cien dólares en billetes de diez al centro del ruedo.
Chingo Bling explicó las reglas: Uno comienza tirando rimas un minuto, el otro responde. Después se invierte el orden y los jueces deciden. Ehler Danloss tenía todas las de perder, pero comenzó Tito hablando del dinero desparramado entre ellos y el español respondió con lo que mejor sabía hacer: poesía. El público se dividió. En la segunda tirada, Ehler siguió por la misma línea y Tito respondió con evasivas. Los jueces dieron un veredicto disparejo, pero al final Ehler resultó el ganador.
En esa primera ronda, el Niño derrotó a Al Stylo con una ventaja enorme; Frescolate aplastó a Nice and Smooth, que lo único que pudo decir era que “Frescolate tiene cara de aguacate” y el argentino celebró con una venia y un baile experto. Tek One también le ganó al emcee de Santo Domingo, el mayor del grupo con 37 años, que se quedó sentado mientras el boricua le decía que “nunca había visto un hippie dominicano”.
Después de la primera ronda vino el consabido intermedio con el grupo local Siete - 9, que lanzó discos al público y lo preparó para la semifinal.
La apuesta subió a 300 dólares. Los emcees estaban demasiado nerviosos. La fuerza del comienzo empezó a diluirse y las rondas comenzaron a empatarse. En la primera, México y España tiran y responden sin que haya un ganador. En la ronda de desempate, México, que siempre usa programas de televisión y personajes famosos para hacer sus rimas, derrota a Ehler Danloss por un margen amplio. Es el turno de Tek One con Frescolate, y también hay un desempate en el que el público, sorpresivamente, se voltea para apoyar al argentino, que gana sin mucho esfuerzo.
Mucho Muchacho, una leyenda en el rap, es un emcee español que ahora anima las fiestas de Ibiza. El es el encargado de animar el segundo intermedio, con una improvisación mediocre que deja disperso al público.
Cuando llega la final, todos están cansados, pero las reglas cambian. El Niño y Frescolate deben tirar y responder hasta que uno de ellos se quede en silencio. Después de tres batallas, Frescolate se enloquece. Se detiene, le pide a los organizadores que paren, no entiende las reglas. “¿Tirar eternamente?”, grita Frescolate. “¿Para qué están entonces los jueces?”. El público empieza a pedir un ganador y Chingo Bling consulta, pregunta, se mueve por el ring y finalmente anuncia que va a haber una sola tirada más y que los jueces decidirán. Pero Frescolate no está contento. “Yo empecé la vez pasada”, dice, “que empiece el Niño esta vez”. El mexicano no tiene ningún problema. El dinero en el centro del ring son mil dólares, y la gente se pone de pie y comienza a tirar billetes: un dólar, cinco, diez.
México pega duro en su minuto de rima, con ataques contundentes hacia Frescolate. El argentino debe responder con algo magistral, de lo contrario está perdido. Llevaba ya una tirada sin atacar a el Niño sino refiriéndose al duelo en general y el público ya le estaba gritando que cambiara de táctica. Los billetes siguen lloviendo y Frescolate contesta con candidez. Dice, en pocas palabras, que no le quiere hacer daño, que el Niño le cae bien y que lo suyo es el freestyle sin herir a nadie. El público enloquece y los jueces no lo piensan. Frescolate es el ganador.
El chico se acurruca en el piso y comienza a llorar. Recibe el trofeo, tira más rimas sobre el gallo de pasta con micrófono que tiene en la mano, sobre el dinero que sigue lloviendo, sobre las latas, las botellas de agua, las gorras, todo lo que le cae. Hace un poco de breakdance y sale.
Mas tarde, en el cuartito donde se recluyen, Frescolate está sentado en una esquina desdoblando los billetes arrugados. Tiene el trofeo en las piernas y la cara muy pálida. “¿Cuánto hay?”, pregunto. Me mira y se le ve cansado. El es quizás el más blanco de los mcs. No tiene facciones mestizas sino europeas, con el pelo cortado al rape y una incipiente barba de candado. “No sé, no lo he contado. ¿De cuánto era la última apuesta?”. “De mil”, respondo. “Aún no he tenido tiempo de contar. Apenas estoy arreglándolos”, dice, y me muestra una bolsa cuadrada de plástico transparente, donde aparece un fajo de billetes, unos más lisos que otros, y otra cantidad de dólares arrugados esparcidos sobre el sofá.
Frescolate tiene 25 años, pero comenzó a hacer breakdance a los 13 y creó un grupo que se llama Aniquilación. Hace cinco años empezó a rapear. “Desde que falleció mi abuela”, dijo, “todo cambió. Ahora lo hago todo por ella”. “¿Por qué?”, le pregunto, pero Frescolate me mira como si fuera de otro planeta. “Pues porque mi abuela hubiera estado muy orgullosa de mí”.
“¿Estás contento de ganar?”, le pregunto. “No tanto”, responde, “no me gusta hablar mal de otra persona. Lo mío es el freestyle, sí, pero no para dañar a nadie. Lo que sí me alegra es que mi madre sepa que soy capaz de hacer algo”. “¿Cómo así?”, pregunto. “Bueno, ella sabe que soy capaz de hacer algo, lo que quiero decir es que ya le probé que uno puede vivir del hip hop”. En Argentina, según Frescolate, no hay dónde competir, y su sueño no es grabar un disco sino viajar a Estados Unidos para tener contrincantes. “¿Te vas a quedar con los demás emcees?”, pregunto, porque sé que habían hablado de quedarse un día más en casa de Tek One grabando algo juntos. “No. Mi visa vence mañana, pero seguro que iré esta noche a la fiesta. Lo que quiero hacer es llegar al hotel y estar un rato tranquilo y en silencio porque aún no aterrizo”.
Frescolate llegó a la fiesta más tarde, como prometió, vestido de rojo y negro. Se acercó a un grupo de hip hopers que bailaban en el primer piso del bar. Había dos chicas expertas y otros tres o cuatro tipos que se turnaban el honor de bailar en el centro del grupo. Frescolate tomó impulso y comenzó a hacer breakdance. Los bailarines, que pertenecían a una compañía profesional de baile, aplaudieron sin saber quién era el chico blanco que había llegado, y siguieron en su rutina. La fiesta duró hasta el amanecer, pero Frescolate desapareció temprano, junto con los demás emcees. Los gallos ya no tenían nada más qué decir.




