¿color esperanza? el futuro es sombrío pese a los gestos de solidaridad, se verá qué secuelas sanitarias traerá la inundación a las generaciones más jóvenes.
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Hay solo dos olores en la noche de Santa Fe: a humedad y a la quema de basura podrida que todos los días sale de las casas inundadas. Colchones, mesas, cintas de casetes, libros, juguetes, comida. Restos apilados sobre la calle para su destrucción final. Algunos dicen que esas ráfagas ácidas se mezclan con las de la cremación clandestina de cadáveres al otro lado del Paraná. Que los muertos son muchos más que veintidós. Mil doscientos. Dos mil. Tres mil quinientos. Que no sólo son los ahogados sino también los cuerpos baleados en las noches que siguieron a la crecida del río Salado. Que desde los helicópteros y los techos de las casas se tiraba a matar. En las calles, a las 12 de la noche, hay sólo perros perdidos. Con el pelo ralo cortado por manchas de piel desnuda, cruzan la misma calle una y otra vez. Apenas miran al ras del suelo. El más alto, de pelo negro, husmea los restos de una silla. No hay luna. Tampoco nubes. Insiste en seguirme por varias cuadras. Camina esquivando las zanjas profundas que el agua dejó marcadas sobre el asfalto. A casi dos meses de la inundación, el río Salado parece ausente. Casas vacías que sólo se pueblan de día. Un carro con cinco chicos tirado por un burro se detiene frente a la basura amontonada en una esquina del barrio Santa Rosa de Lima. Despacio, hurgando casi sin hacer ruido, seleccionan lo único que les puede servir: una almohada partida y una rueda oxidada de bicicleta. –Tirá, nomás. El resto no sirve. Nos toman por boludos. Tienen 7, 8, no más de 9 años. Durante la noche del martes 29 de abril la ciudad no tuvo luz, agua ni teléfono. Llegaron camiones del Ejército. Helicópteros que iluminaban las calles en la noche cerrada. Tanquetas que cargaban con inundados hacia algún lugar. Y basura, mucha basura. En esos días la ciudad generó tres veces más desechos que los que produce en un año. Generó, también, litros de agua contaminada, casas tomadas con banderas anarquistas y rebeliones silenciadas. Más de 100 casos de leptospirosis, 155 de hepatitis, varicela, diarreas, tétanos, conjuntivitis, depresión, neumonía.los inundados mas alla de la cancha de colon, la calle J. J. Paso se interna en el barrio Chalet. Sin veredas, las zanjas apenas consiguen contener la lluvia que cae sobre Santa Fe desde hace diez días. El asfalto desgastado queda oculto bajo la tierra opaca que cubre las calles. Casas bajas, irregulares, blancas o grises, sin revoque, puertas de madera y límites marcados por alambre. Al fondo, jardines, parrillas, galpones, perros atados y alguna huerta. El 29 de abril, en el número 3996, Dolis Méjico se despertó y se disponía a preparar una de sus clases de danza. Mientras tomaba el primer mate de la mañana, se acomodó en la mesa de la cocina para revisar un manual de anatomía. No le gustó nada que su madre acercara las facturas grasosas a ese libro. Con la espalda curvada bajo el buzo azul, sin dejar de mirar la pava, Dolis le dijo a su hermano Alex: –Cuando salgas dejá prendida la radio. Ya hacía mucho que llovía sobre Santa Fe. Dolis comenzó a escuchar hablar del agua. Que estaba en el Norte. Que no era grave. Que no iba a llegar a la ciudad. Al principio no prestó atención. No había énfasis en la voz que daba la información. Una hora más tarde empezó a dudar. Miró a su madre de reojo y le dijo: –Ma, ¿por qué no sacamos algunas cosas?, por las dudas. Digo, ¿no?... antes de que salgas para la escuela... –¿Te parece? –Sí. La compu, la tele. Dolis juntó sin apuro los artefactos más valiosos y los llevó a la casa de su amiga Marisel. Sólo los electrodomésticos. Tenía tiempo, más tarde se llevaría las cosas más personales: libros, fotos, sus trajes de danza. –El agua tapó Barranquita –insistió la madre–, pero el intendente dijo que no va a llegar a acá. Dolis no le creyó. Cargó la compu, después las bicicletas. Más tarde, sus dos perros. Entre la computadora y los perros sólo pasaron quince minutos, pero cuando salió de su casa esa última vez el agua le llegaba a la cintura. Al cerrar la puerta sintió un dolor brusco en la ingle izquierda. Pensó que era el frío. O el esfuerzo de arrastrar los animales. Había caminado una cuadra cuando el dolor volvió. Era más fuerte. Esta vez no desapareció. Era el aviso de lo que vendría. De lo peor.esa misma mañana, una cuadra mas cerca del río Salado, Rubén Benítez terminó de calzarse su traje azul a eso de las 9. Sus cuatro hijos habían salido al jardín y Norma, su esposa, terminaba de limpiar la mesa del desayuno. Llevó las seis tazas hasta la mesada de la cocina, y limpió el piso de cerámica brillante. En el living colgaba un cuadro de San Cayetano y en una de las paredes del dormitorio, un rosario marrón. En una de las paredes del cuarto de una de sus hijas, estaba pintado un arco iris. Rubén salió de la casa mientras su esposa se acomodaba a la máquina de coser para terminar el vestido que su hija Florencia iba a llevar el sábado al cumpleaños de su mejor amiga. Estaba cansado. La noche anterior había trabajado reforzando las defensas del barrio junto a los vecinos. Al mediodía, ya en su escritorio del Banco de Santa Fe, empezó a inquietarse. Hablaban del avance del agua. Hablaban de tomar precauciones. Tardó una hora y media en regresar a su casa. Puso bolsas de arena por dentro y por fuera de las puertas. Subió los muebles por si el agua llegaba a pasar del zócalo. Desde la ventana vio cómo los vecinos ataban sus caballos para evitar que se escaparan. Escuchó que otros encerraban los perros y los chanchos en los baños. A las seis y media de la tarde ordenó a sus hijos que se fueran a la casa de los tíos. Junto a Norma, se sentó a esperar. los padres de ruben, jose y teresa benitez viven en la calle J. J. Paso desde hace más de cuarenta años. Fueron de los primeros en llegar al barrio. Viven en la casa blanca de siempre con su hijo menor, Ezequiel. Cuando empezaron a escuchar que el río estaba creciendo, el hombre enarcó las cejas. –No te preocupes, viejito, acá nunca se inundó –lo calmó ella–. Por la tierra que echamos antes de construir, ¿te acordás? Flaco, de piel oscura y bigote marcado, José cargó en silencio su bicicleta para ir a la otra punta del barrio. Afuera lloviznaba. Pero J. J. Paso es una calle mucho más alta que el resto. Ni con la lluvia llegaba el agua allí. La casa está a salvo, se tranquilizó Teresa. No paraba de llover. Al rato, José regresó. Con una sonrisa señaló el fondo de la casa, donde estaba Ezequiel, y pegó el grito: –¡Voy a ajustar la goma! Teresa le guiñó un ojo. Sonrió. Se sentó a esperar en la vieja silla de cuerina negra. el zumbido de las primeras sirenas se escuchó a lo lejos. Cinco minutos después, el golpe seco de las explosiones trajo al barrio el olor a pólvora. Los vecinos se reunieron en silencio. Agrupados en medio de la calle, intentaban protegerse de algo que todavía no podían definir. El miedo estaba en sus ojos. Mirando fijo hacia el Oeste, escucharon el rumor lejano del Salado. El agua que –lo sabrían después– lo arrastraba todo: animales, puentes, casas, gente. El agua que arrasaba el futuro.el enemigo caudaloso –Están volando las defensas para que el río corra –gritó Rubén. Estaba parado al lado de la zanja, la vieja radio portátil pegada a la oreja. Un líquido marrón, espeso, lento, empezó a llegar por medio de la calle. Pocos lo pudieron ver. Llegó desde las espaldas de Rubén. Desde el Este. Desde la cancha de Colón. La ciudad comenzó a cubrirse de agua. El agua helada abrió primero un arroyo y después formó una gran laguna en torbellino permanente. Rubén y Norma treparon al techo de su casa. Desde allí escucharon cómo explotaban los caños de su propio baño. Cómo el agua volteaba la puerta. Cómo la calle Paso se convertía en un río caudaloso de más de cuatro metros de profundidad.expulsadosa las seis y media de la tarde, teresa, la madre de Rubén, se levantó de su silla negra. Mientras José tapaba todas las entradas para evitar que el agua invadiera su casa, hizo una pila con sus cosas más valiosas. Teresa quiso hablar con uno de sus hijos, en Santo Tomé, del otro lado del Salado. Precisaba saber algo más. Marcó el número de siempre, pero le respondió una voz extraña. Habló igual: –Por favor, dígale a mi hijo que me venga a buscar. No hubo respuesta. –¿Me escucha, señor? ¿Me escucha? Sintió frío en los pies. Era el agua. –¡Salí, vieja, salí! –escuchó el grito de su hijo Ezequiel. –Sólo si el viejo viene conmigo –dijo. En el fondo de la casa, envuelto en su campera azul, José empujaba el agua con los pies. Era pura impotencia. La puerta estalló en el aire. Teresa sintió una picazón en el cuello, un cosquilleo en los pies y en el pelo enmarañado. Eran hormigas. Los camalotes se le pegaban al suéter gris. Apenas alcanzó a manotear el acolchado y, junto a José y Ezequiel, se aferró a la puerta destrozada que flotaba en el living. El último sonido que llegaron a escuchar fue el golpe del freezer cayendo en el agua. esperaron trepados al techo de una casa vecina. La más alta del barrio. Se abrazaron en un rincón, sentados sobre el cemento, rodeados por unos pocos juguetes destartalados. Era casi de noche cuando una canoa los sacó del barrio. Las nubes no dejaban ver ni una sola estrella. No quisieron saber con quiénes compartían el bote. Remaban juntos contra la corriente. –¡Agarráte, agarráte! ¡Por favor, no te sueltes! Teresa le hablaba a José, pero también a Ezequiel. A cada una de las personas de la canoa. Se hablaba a sí misma. –¡Bajen las cabezas! –gritó una voz desconocida. Pese al movimiento abrupto de la canoa, consiguieron esquivar una masa de cables enmarañados. Cuando llegaron a la cancha de Colón, el bote chocó contra una columna maciza. Se balancearon durante varios minutos en silencio. Luego, un golpe del agua los llevó hacia un lugar seco. El cielo se ensombreció. Sólo un rato después Teresa pudo escuchar los inesperados ruidos de la noche: helicópteros, vidrios que estallaban, sirenas, gritos, las olas enfurecidas que golpeaban las persianas cerradas de las casas.era medianoche cuando los padres de Rubén llegaron al Colegio San Cayetano, en el barrio Centenario. El claustro central, de techos altos y ventanas a la calle, estaba helado. Desde afuera llegaba el murmullo quejumbroso de los primeros evacuados. Sólo vieron caras desconocidas. Muchas. Demasiadas. Alguien le acercó una silla a Teresa. Una chica les ofreció un mate cocido. Ese fue el primer alivio: el olor a mate. Después del segundo sorbo, se durmió.¿adónde fueron?a esa hora, graciela, la hija de teresa y José, estaba recorriendo los centros de evacuados tratando de encontrar a sus padres. Circuló por conventos, escuelas, clubes, plazas, facultades. Recorrió todos los barrios de la ciudad. Llegó a ir a una misma escuela dos veces. No recordaba haber estado allí. Ni el barrio. Ni esa gente. Cuando entró en la iglesia Nuestra Señora de los Milagros, en la Plaza 25 de Mayo, escuchó la voz del cura: –Esto nos pasa como castigo. Es por los males que hacen cada día. Le hablaba a unos doscientos evacuados agrupados en el pasillo central. Eran casi todos chicos de entre 5 y 10 años. Ninguno tenía abrigo. Apenas remeras mojadas pegadas contra el cuerpo. Graciela se preguntó si era responsable de algo. Pero su duda duró sólo un momento. a las seis y media de la mañana, graciela los encontró. Habían pasado la noche dormitando en una silla, rodeados del movimiento constante de voluntarios y evacuados, la luz blanca dándoles en la cara. De cuando en cuando, el murmullo de los pies arrastrándose y las voces fatigadas era tapado por las sirenas chirriantes de las ambulancias y los gemidos de los enfermos. –¡No podía entrar! –le dijo Teresa a su hija–. Como era mi casa, el agua no me iba a entrar. Pero entró… Yo estaba con Dios, soy de Caritas. ¿Es justo que Dios me premie así? Era la primera vez que lloraba. Dejó caer la taza contra el piso. Abrazó a Graciela. Se sentía orgullosa de sus hijos. ¿Estárían los otros también con vida?refugiadoshay, ademas, otro olor en las calles de Santa Fe. Olor a guiso. El olor que anuncia la cercanía de un centro de evacuados. O la inminencia de una casa tomada que, como la de avenida Freyre, extiende su cocina al medio del boulevar. Son las 12 en punto y un hombre inclinado sobre una gran olla revuelve el menjunje rojizo para los seis chicos que lo rodean. –Yo vivía en las carpas –dice el hombre–. Pero nos vinimos para este local que estaba vacío. Allá no se aguanta. Es lo peor. Acá se está mejor. –Y señala un edificio de dos pisos donde viven quince familias. El infierno del que escapó es el campamento levantado detrás del Hospital Gálvez. Me subo a un taxi para llegar allí. El conductor dice que sí, que es lo peor. –Es aquí, en esta manzana –dice, y me advierte que tenga cuidado–. Los inundados… no sé, pobres… Son tres manzanas de arena rodeadas por una cerca de alambre. En el ingreso hay una bandera italiana y un cartel que recuerda italian government. Las carpas blancas con techo azul rompen el paisaje de una ciudad verde. Las carpas, dicen, fueron hechas para el desierto. No son capaces de soportar las lluvias de Santa Fe. No tienen canaletas alrededor, por eso la primera noche los evacuados se volvieron a inundar. Colchones, ropa, frazadas, comida, jueguetes, otra vez todo mojado. junto al poste de una de las canchas de futbol está Sebastián. Tiene 15 años, el pelo cortísimo, no es la primera vez que pierde de vista a su familia. –Ellos están en otro lado. Acá estoy con pibes, amigos de allá. Estoy bien. El brinco de uno de los caballos atados al poste lo obliga a correrse. –Salgo cuando quiero en una bici que tengo. La encontré aquí. Nos vamos con amigos. Acá no podemos darnos con bolsita. Te sacan, si te ven el poxirán. En la carpa donde vive hay una mugrienta bandera argentina de plástico. Dos mujeres lavan la ropa en tachos grises. Sebastián se sienta sobre una de las sillas sucias. –Acá armas no hay –dice–. Hubo, pero están los milicos todo el tiempo. Pero nunca hubo granadas, como en otros lados. El comentario es que, en algunos centros, durante las noches se descargan armas para tener un lugar seguro, lejos de los saqueos. Que las bandas más pesadas de Santa Fe quieren mantener el control del armamento clandestino de la ciudad. Cargamentos enteros escondidos en las zonas inundadas, salvados del robo. Le pregunto a Sebastián si están organizados, si hay reclamos. –Sé que llegaron los piqueteros. Es por nosotros. A lo mejor voy a ver. No sé, para el gobierno nosotros somos todos iguales. Los lúmpenes, digo. Dentro de las carpas la oscuridad es total. Cada familia trata de identificar su territorio con alguna marca: una manta roja, una bandera de Boca, algún dibujo infantil. Tres burros atados a una carpa comen de una olla gigante. Es el mismo guiso del que se sirvieron las familias.entre la estacion de omnibus y el puerto de Santa Fe, rodeado por casas con prolijos jardines, está el Predio Ferial de la ciudad. Un par de galpones de ladrillos rojos y ventanas enrejadas. Allí, días después de la inundación, la gente se dividió en dos grupos. En el mismo galpón estaban evacuadas las barras bravas de Colón y de Unión, los dos clubes de fútbol rivales de la ciudad. Una noche los gritos empezaron a ser cada vez más fuertes. Golpeaban las rejas vivando a Santa Fe. Cada uno a un ritmo distinto. Sin acuerdo posible. –Al rato todo se calmó –cuenta Gladys Núñez–, pero fue cuando llegó la policía. Los primeros días no se podía dormir. Dejaban la música fuerte toda la noche. Si les decías algo te miraban mal. Yo sabía a quién no hablarle. A los que se drogan. Andan siempre como en las nubes, perdidos. Insultaban a los voluntarios. Les decían que estaban al pedo, que se movieran. Justo a esos chicos que nos ayudaron tanto. Gladys tiene el pelo apenas recogido sobre un buzo a rayas varios talles más grande. Mira cuidadosamente lo que anoto en mi cuaderno. Corrige el modo en que escribo el apellido de su hijo mayor. Lo hace con voz grave, en un susurro. Recorre con su mirada cada una de las familias con las que convive. Rodeada por sus cinco hijos, confiesa que no sabe dónde nació: –A mí me abandonaron, no sé de dónde soy. Viví en San Lorenzo con mis hermanos. Hasta los 15, cuando me junté. Pero hace años que vivo en el barrio Santa Rosa. En la casa de mi cuñado. El me deja estar allí. Pero toma. Me quiero ir. No es vida. No quiero ser más una anegada. Las sillas verdes de plástico cubren el salón. Los colchones delimitan el espacio de cada familia. Ella está en el sector tres, el último en recibir las donaciones. Gladys controla que Mariana, su hija más chica, termine de comer la tortita negra que es su desayuno: –Yo salvé los documentos. Siempre voy con los documentos encima porque llevo seguido a los chicos al hospital. Siempre están enfermos. Así que la campera también la saqué. Las dos camitas y el roperito se los robaron. Era lo que tenía. Florencia, la hija mayor de Gladys, se levanta del colchón para salir a jugar al jardín. Allí están las hamacas amarillas instaladas para los hijos de los visitantes a la reciente feria de automóviles. Florencia me dice que no, que no va a las clases de recuperación que dan las maestras. Que sabe que están, pero no quiere ir. No quiere perder el grado, pero prefiere salir de ese galpón, usar los juegos del jardín al sol. –Se la agarraban con los pobres voluntarios –dice ahora Gladys–. Ellos que tanto nos ayudaron. Que no tenían por qué venir. Ahora la luz se apaga a las nueve de la noche y no hay problemas. Pero había malandras que sólo dormían y tomaban. Hombres y mujeres que tomaban. Los ojos verdes de Gladys me miran más fijo todavía: –Sí, las mujeres también tomaban. voluntarioscuando maria sol perticara y juan Manuel Benítez vieron por televisión que el Hospital de Niños se inundaba, sintieron que la ciudad estaba en guerra. Que toda Santa Fe iba a quedar bajo el agua. Juntaron mil pesos del centro de estudiantes y salieron a comprar cosas para donar. Un día, desde el auto y empezaron a ver grupos de personas con bolsas improvisadas que erraban por la ciudad. Alguien les dijo: –Estoy buscando a mis cuatro hijas. ¿Las vieron? María Sol sintió que no era una pregunta más. Que en esa frase estaba el principio de algo. María Sol y Juan Manuel se unieron a dos amigos, recorrieron los centros de evacuados, pasaron el pedido por radio, caminaron por todo Santa Fe. Buscaron en las listas que estaba armando la universidad. En ese momento, aquella pregunta les pareció lo único importante. Esa madrugada, al volver a su casa, María Sol vació la heladera y la alacena. No dejó nada. Unió todo a las donaciones del día. Ni ella ni su madre sabían dónde estaba su hermano de 17 años. Luego María Sol y Juan Manuel supieron que la municipalidad necesitaba gente para cargar camiones, entonces decidieron que de allí en más ésa sería su tarea. A Juan Manuel lo mandaron a cubrir Barranquita. Iba en el camión junto a las provisiones, la asistente social y un policía. Al llegar al barrio se escucharon disparos. Venían desde dentro, de los techos de las casas que nunca llegaron a ver. –No te asustes –lo calmó el policía mientras sacaba el arma. Pero se asustó como nunca antes en su vida. La asistente social insistió. Tenían que entrar. –Hay que llevar estas cosas. No podemos dejar a los evacuados sin esto. Juan Manuel miró fijo al policía buscando protección. Se escuchó una ráfaga de disparos. Ningún grito. Ni una sola voz. Era mediodía. Alguien golpeó la cabina del camión y les indicaron dar marcha atrás. Durante las siguientes semanas recorrieron los centros de evacuados. Escuelas, clubes, galpones, casas tomadas. Cada día descubrían un nuevo refugio. Obras en construcción, fábricas abandonadas, casillas deshechas. Vieron, también, la rebelión. Mientras repartían comida en la Universidad Tecnológica, les extrañó ver que los hombres se agrupaban en un rincón. Todos hombres. Sólo tres se acercaron. –Queremos pedir algo –dijo sin énfasis uno de ellos. Era la primera vez que escuchaban un reclamo. No podían imaginar el motivo. –Ahora vamos a repartir la comida. ¿Puede ser más tarde? –dijo Juan Manuel. Los tres se adelantaron y, sin levantar la voz, insistieron: –Es que, justamente, se trata de la comida. –Esta vez hablaron más despacio. Sonó la bocina del camión de reparto de asistencia. La distribución por toda la ciudad estaba sincronizada. No había más tiempo. –Mirá –dijo uno–, acá se les da de comer primero a los chicos y a las mujeres y después a los hombres. Nosotros no estamos acostumbrados así. En casa comemos primero nosotros, después los chicos y, si sobra, las mujeres. Y así tiene que ser.cada uno de los centros organizo actividades para los chicos: payasos, títeres, clases de dibujo, mimos, músicos. Pero los adultos apenas atinaban a estar sentados escuchando música mientras hacían circular un mate interminable. –En los centros no hay nada que hacer. Así que se coge todo el tiempo –comenta Luciano. Luciano es voluntario desde el primer día y dice que trata de no escuchar. Me cuenta que en el Colegio Nacional habilitaron dos aulas para coger. Que en otra escuela decidieron hacer una colecta para comprar preservativos. Que en la Facultad de Derecho un profesor entró en un aula y se encontró con dos tipos cogiendo. Que es normal. la resistenciael mismo dia de la inundacion, ruben y Norma levantaron una carpa en el techo de su casa. Después de tres noches, ella decidió unirse a sus hijos en la casa de su hermano. Pero Rubén vivió en ese techo húmedo durante más de tres semanas. –Andáte tranquila que yo estoy armado. A nosotros nadie nos roba –tranquilizó a su mujer en la despedida. –Cuidáte a la noche. Dicen que hay gente que no pudo salir. Que a la señora de enfrente le agarró un infarto al querer sacar a su hermana. Son muertos que todavía andan por allí. Esa tarde lo visitaron sus compañeros de trabajo. Llegaron en canoa para darle comida. Juntó las provisiones y se sentó a esperar. Al atardecer, descalzo y apenas cubierto con una camisa, empezó a sentir frío. Vio un par de medias y cordones de zapatillas flotando entre camalotes, perros muertos y restos cloacales. Como pudo, recogió las medias y se las ató. Fueron su único abrigo en tres semanas. Durante las noches pensó. Sabía que bajo el agua estaba los electrodomésticos, pero sobre todo temía que se le rompiera alguna foto. Tenía casi cinco mil fotos, un registro minucioso de su vida: las ecografías de los chicos, el casamiento, las fiestas del fin del secundario de sus hijos, los cumpleaños. Durante la segunda noche se empezaron a escuchar tiros. Primero llegaba el sonido de una canoa golpeando contra el agua. Despúes, el disparo. –Vienen a chorear, Rubén –le dijo una voz–. ¿Supiste lo de Silvina, la de enfrente? –No. ¿Qué pasó? –Quedó enganchada en el ventilador del techo. Apenas si se salvó. Durante dos días se alimentaba con lo que le traía el agua. La sacaron hace un rato en piragua, pero la hermana estaba durmiendo y no pudo salir. Esa noche los helicópteros empezaron a volar bajo sobre Santa Fe. Buscaban canoas con saqueadores. Gente en procura de electrodomésticos, pero sobre todo cargamentos de droga y arsenales de armas escondidos en los aguantaderos. A la mañana siguiente algunos chanchos empezaron a caer de los árboles. –Pobres bichos, no dan más –se rió Rubén. Desde los techos comenzaron a cazarlos. A cada uno le tocó un chancho entero. Rubén puso el suyo en un balde, lo trozó y fue comiéndolo a lo largo de los días. Esa misma noche, en el barrio Centenario, apareció un cadáver colgado en un poste de luz. Tenía un cartel que decía: estoy muerto por chorro. El agua que corría por la calle Paso iba trayendo otros cuerpos. Nadie preguntaba si eran ahogados. En la oscuridad de la noche, Rubén escuchaba voces anónimas. –Cuidáte –le advertían–. Están robando hasta las chapas de los techos de las casas. –En la radio dicen que están linchando gente. Los chanchos sirvieron de comida durante varios días. Después, los inundados cortaron las riendas de los caballos muertos y los repartieron. Podían tirar varios días más atrincherados en sus carpas.el enemigo interno –No salga, señora. tenga cuidado. A un mes y medio de la inundación, Rosa es una de las última evacuadas en la escuela Cuarto Centenario. Antes de irse para siempre se abraza a Esther Schnidrig, la directora que el 30 de abril transformó las aulas en grandes dormitorios y el patio central en un centro de primeros auxilios. Rosa se aferra a un par de colchones chicos y una bolsa con frazadas, y dice: –Cuídese. Esos no son de los que joden. Si lo dicen, lo hacen. La escuela fue alguna vez la casa del gobernador de la provincia. En el despacho de la directora, en penumbras, están dos maestros y Esther. La directora mira perpleja. –¿Escuchaste? Hasta recibo amenazas. Yo, amenazas. Después de todo lo que les dimos. Me dice que no tuvo tiempo de hacer la denuncia. –Los problemas empezaron el 22 de mayo. Esa noche la policía vino a buscarme porque había dos personas que se estaban peleando. Suena el teléfono. –No, no puedo abrir la escuela hasta que no desinfecten –dice la directora al aparato, sin levantar la voz–. Hay hasta alacranes. Rompieron todo. Acá estoy con una periodista. Le estoy contando todo. Luego cuelga y sigue su relato: –El 23 de mayo le dije al personal que abandonaba, no daba más. A partir de ese momento se hizo cargo un grupo de la Juventud Peronista. Llegó el desborde. Hasta comida en mal estado había. Aparecieron toda clase de bichos. Amenzaban con incendiar la escuela. Se llevaron toda la mercadería. Después de lo que hicimos nos pagan así, pero fue la gente de afuera que se metió, no los evacuados. Le dimos demasiado tiempo al gobierno para que se acomodara. Los voluntarios que venían cobraban un sueldo así que no tenían apuro en que la gente se fuera. Son punteros políticos, no los voluntarios de los primeros días. Tratamos de preservar la imagen de la escuela. Acá hubo droga, pero la controlamos; donde hay una escuela, hay orden. En el barrio dicen que los evacuados trajeron más robos. Que los primeros días, como tenían la panza llena no robaban, pero después, aburridos, salieron de nuevo. Que los vecinos ya no salen de noche. Que los negocios cierran más temprano. Que desde que esa gente llegó al barrio pasan cosas. No es gente de allí. Son distintos.la nueva familiacon las ventanas tapiadas por chapas, abandonada hace más de diez años, la casilla de la estación de tren todavía mantiene la cartelera de madera con los últimos recorridos. El sol se refleja sobre el blanco perfecto de los baños químicos que cubren la vereda. El bar de la esquina tiene el televisor clavado en mtv. Hoy, la ronda de mate se acompaña con Madonna. La oscuridad parece aislar la estación del resto de la ciudad. Hay olor a pis. Llega desde el piso, pero también desde cada perro, cada gato, cada cochecito que cruza el salón principal. Las paredes están cubiertas por cientos de dibujos de los chicos que viven allí desde hace más de un mes. Paneles de cartón marcan los límites de cada familia. descalzos no. nos ponemos las zapatillas, dice un cartel. A los 550 evacuados que están en la vieja estación el agua les arrastó la casa. Una asistente social cuenta que los chicos se divierten, que hay espectáculos, que hay máquinas de coser para las mujeres. Sí, hay droga y prostitución, reconoce, pero no es peor que en los barrios: –Somos una gran familia. Les ordenamos la vida. A las 11 de la noche se cierra la puerta. hay solo dos olores en la noche de Santa Fe: a humedad y a la quema de basura podrida que todos los días sale de las casas inundadas. Colchones, mesas, cintas de casetes, libros, juguetes, comida. Restos apilados sobre la calle para su destrucción final. Algunos dicen que esas ráfagas ácidas se mezclan con las de la cremación clandestina de cadáveres al otro lado del Paraná. Que los muertos son muchos más que veintidós. Mil doscientos. Dos mil. Tres mil quinientos. Que no sólo son los ahogados sino también los cuerpos baleados en las noches que siguieron a la crecida del río Salado. Que desde los helicópteros y los techos de las casas se tiraba a matar. En las calles, a las 12 de la noche, hay sólo perros perdidos. Con el pelo ralo cortado por manchas de piel desnuda, cruzan la misma calle una y otra vez. Apenas miran al ras del suelo. El más alto, de pelo negro, husmea los restos de una silla. No hay luna. Tampoco nubes. Insiste en seguirme por varias cuadras. Camina esquivando las zanjas profundas que el agua dejó marcadas sobre el asfalto. A casi dos meses de la inundación, el río Salado parece ausente. Casas vacías que sólo se pueblan de día. Un carro con cinco chicos tirado por un burro se detiene frente a la basura amontonada en una esquina del barrio Santa Rosa de Lima. Despacio, hurgando casi sin hacer ruido, seleccionan lo único que les puede servir: una almohada partida y una rueda oxidada de bicicleta. –Tirá, nomás. El resto no sirve. Nos toman por boludos. Tienen 7, 8, no más de 9 años. Durante la noche del martes 29 de abril la ciudad no tuvo luz, agua ni teléfono. Llegaron camiones del Ejército. Helicópteros que iluminaban las calles en la noche cerrada. Tanquetas que cargaban con inundados hacia algún lugar. Y basura, mucha basura. En esos días la ciudad generó tres veces más desechos que los que produce en un año. Generó, también, litros de agua contaminada, casas tomadas con banderas anarquistas y rebeliones silenciadas. Más de 100 casos de leptospirosis, 155 de hepatitis, varicela, diarreas, tétanos, conjuntivitis, depresión, neumonía.los inundados mas alla de la cancha de colon, la calle J. J. Paso se interna en el barrio Chalet. Sin veredas, las zanjas apenas consiguen contener la lluvia que cae sobre Santa Fe desde hace diez días. El asfalto desgastado queda oculto bajo la tierra opaca que cubre las calles. Casas bajas, irregulares, blancas o grises, sin revoque, puertas de madera y límites marcados por alambre. Al fondo, jardines, parrillas, galpones, perros atados y alguna huerta. El 29 de abril, en el número 3996, Dolis Méjico se despertó y se disponía a preparar una de sus clases de danza. Mientras tomaba el primer mate de la mañana, se acomodó en la mesa de la cocina para revisar un manual de anatomía. No le gustó nada que su madre acercara las facturas grasosas a ese libro. Con la espalda curvada bajo el buzo azul, sin dejar de mirar la pava, Dolis le dijo a su hermano Alex: –Cuando salgas dejá prendida la radio. Ya hacía mucho que llovía sobre Santa Fe. Dolis comenzó a escuchar hablar del agua. Que estaba en el Norte. Que no era grave. Que no iba a llegar a la ciudad. Al principio no prestó atención. No había énfasis en la voz que daba la información. Una hora más tarde empezó a dudar. Miró a su madre de reojo y le dijo: –Ma, ¿por qué no sacamos algunas cosas?, por las dudas. Digo, ¿no?... antes de que salgas para la escuela... –¿Te parece? –Sí. La compu, la tele. Dolis juntó sin apuro los artefactos más valiosos y los llevó a la casa de su amiga Marisel. Sólo los electrodomésticos. Tenía tiempo, más tarde se llevaría las cosas más personales: libros, fotos, sus trajes de danza. –El agua tapó Barranquita –insistió la madre–, pero el intendente dijo que no va a llegar a acá. Dolis no le creyó. Cargó la compu, después las bicicletas. Más tarde, sus dos perros. Entre la computadora y los perros sólo pasaron quince minutos, pero cuando salió de su casa esa última vez el agua le llegaba a la cintura. Al cerrar la puerta sintió un dolor brusco en la ingle izquierda. Pensó que era el frío. O el esfuerzo de arrastrar los animales. Había caminado una cuadra cuando el dolor volvió. Era más fuerte. Esta vez no desapareció. Era el aviso de lo que vendría. De lo peor.esa misma mañana, una cuadra mas cerca del río Salado, Rubén Benítez terminó de calzarse su traje azul a eso de las 9. Sus cuatro hijos habían salido al jardín y Norma, su esposa, terminaba de limpiar la mesa del desayuno. Llevó las seis tazas hasta la mesada de la cocina, y limpió el piso de cerámica brillante. En el living colgaba un cuadro de San Cayetano y en una de las paredes del dormitorio, un rosario marrón. En una de las paredes del cuarto de una de sus hijas, estaba pintado un arco iris. Rubén salió de la casa mientras su esposa se acomodaba a la máquina de coser para terminar el vestido que su hija Florencia iba a llevar el sábado al cumpleaños de su mejor amiga. Estaba cansado. La noche anterior había trabajado reforzando las defensas del barrio junto a los vecinos. Al mediodía, ya en su escritorio del Banco de Santa Fe, empezó a inquietarse. Hablaban del avance del agua. Hablaban de tomar precauciones. Tardó una hora y media en regresar a su casa. Puso bolsas de arena por dentro y por fuera de las puertas. Subió los muebles por si el agua llegaba a pasar del zócalo. Desde la ventana vio cómo los vecinos ataban sus caballos para evitar que se escaparan. Escuchó que otros encerraban los perros y los chanchos en los baños. A las seis y media de la tarde ordenó a sus hijos que se fueran a la casa de los tíos. Junto a Norma, se sentó a esperar. los padres de ruben, jose y teresa benitez viven en la calle J. J. Paso desde hace más de cuarenta años. Fueron de los primeros en llegar al barrio. Viven en la casa blanca de siempre con su hijo menor, Ezequiel. Cuando empezaron a escuchar que el río estaba creciendo, el hombre enarcó las cejas. –No te preocupes, viejito, acá nunca se inundó –lo calmó ella–. Por la tierra que echamos antes de construir, ¿te acordás? Flaco, de piel oscura y bigote marcado, José cargó en silencio su bicicleta para ir a la otra punta del barrio. Afuera lloviznaba. Pero J. J. Paso es una calle mucho más alta que el resto. Ni con la lluvia llegaba el agua allí. La casa está a salvo, se tranquilizó Teresa. No paraba de llover. Al rato, José regresó. Con una sonrisa señaló el fondo de la casa, donde estaba Ezequiel, y pegó el grito: –¡Voy a ajustar la goma! Teresa le guiñó un ojo. Sonrió. Se sentó a esperar en la vieja silla de cuerina negra. el zumbido de las primeras sirenas se escuchó a lo lejos. Cinco minutos después, el golpe seco de las explosiones trajo al barrio el olor a pólvora. Los vecinos se reunieron en silencio. Agrupados en medio de la calle, intentaban protegerse de algo que todavía no podían definir. El miedo estaba en sus ojos. Mirando fijo hacia el Oeste, escucharon el rumor lejano del Salado. El agua que –lo sabrían después– lo arrastraba todo: animales, puentes, casas, gente. El agua que arrasaba el futuro.el enemigo caudaloso –Están volando las defensas para que el río corra –gritó Rubén. Estaba parado al lado de la zanja, la vieja radio portátil pegada a la oreja. Un líquido marrón, espeso, lento, empezó a llegar por medio de la calle. Pocos lo pudieron ver. Llegó desde las espaldas de Rubén. Desde el Este. Desde la cancha de Colón. La ciudad comenzó a cubrirse de agua. El agua helada abrió primero un arroyo y después formó una gran laguna en torbellino permanente. Rubén y Norma treparon al techo de su casa. Desde allí escucharon cómo explotaban los caños de su propio baño. Cómo el agua volteaba la puerta. Cómo la calle Paso se convertía en un río caudaloso de más de cuatro metros de profundidad.expulsadosa las seis y media de la tarde, teresa, la madre de Rubén, se levantó de su silla negra. Mientras José tapaba todas las entradas para evitar que el agua invadiera su casa, hizo una pila con sus cosas más valiosas. Teresa quiso hablar con uno de sus hijos, en Santo Tomé, del otro lado del Salado. Precisaba saber algo más. Marcó el número de siempre, pero le respondió una voz extraña. Habló igual: –Por favor, dígale a mi hijo que me venga a buscar. No hubo respuesta. –¿Me escucha, señor? ¿Me escucha? Sintió frío en los pies. Era el agua. –¡Salí, vieja, salí! –escuchó el grito de su hijo Ezequiel. –Sólo si el viejo viene conmigo –dijo. En el fondo de la casa, envuelto en su campera azul, José empujaba el agua con los pies. Era pura impotencia. La puerta estalló en el aire. Teresa sintió una picazón en el cuello, un cosquilleo en los pies y en el pelo enmarañado. Eran hormigas. Los camalotes se le pegaban al suéter gris. Apenas alcanzó a manotear el acolchado y, junto a José y Ezequiel, se aferró a la puerta destrozada que flotaba en el living. El último sonido que llegaron a escuchar fue el golpe del freezer cayendo en el agua. esperaron trepados al techo de una casa vecina. La más alta del barrio. Se abrazaron en un rincón, sentados sobre el cemento, rodeados por unos pocos juguetes destartalados. Era casi de noche cuando una canoa los sacó del barrio. Las nubes no dejaban ver ni una sola estrella. No quisieron saber con quiénes compartían el bote. Remaban juntos contra la corriente. –¡Agarráte, agarráte! ¡Por favor, no te sueltes! Teresa le hablaba a José, pero también a Ezequiel. A cada una de las personas de la canoa. Se hablaba a sí misma. –¡Bajen las cabezas! –gritó una voz desconocida. Pese al movimiento abrupto de la canoa, consiguieron esquivar una masa de cables enmarañados. Cuando llegaron a la cancha de Colón, el bote chocó contra una columna maciza. Se balancearon durante varios minutos en silencio. Luego, un golpe del agua los llevó hacia un lugar seco. El cielo se ensombreció. Sólo un rato después Teresa pudo escuchar los inesperados ruidos de la noche: helicópteros, vidrios que estallaban, sirenas, gritos, las olas enfurecidas que golpeaban las persianas cerradas de las casas.era medianoche cuando los padres de Rubén llegaron al Colegio San Cayetano, en el barrio Centenario. El claustro central, de techos altos y ventanas a la calle, estaba helado. Desde afuera llegaba el murmullo quejumbroso de los primeros evacuados. Sólo vieron caras desconocidas. Muchas. Demasiadas. Alguien le acercó una silla a Teresa. Una chica les ofreció un mate cocido. Ese fue el primer alivio: el olor a mate. Después del segundo sorbo, se durmió.¿adónde fueron?a esa hora, graciela, la hija de teresa y José, estaba recorriendo los centros de evacuados tratando de encontrar a sus padres. Circuló por conventos, escuelas, clubes, plazas, facultades. Recorrió todos los barrios de la ciudad. Llegó a ir a una misma escuela dos veces. No recordaba haber estado allí. Ni el barrio. Ni esa gente. Cuando entró en la iglesia Nuestra Señora de los Milagros, en la Plaza 25 de Mayo, escuchó la voz del cura: –Esto nos pasa como castigo. Es por los males que hacen cada día. Le hablaba a unos doscientos evacuados agrupados en el pasillo central. Eran casi todos chicos de entre 5 y 10 años. Ninguno tenía abrigo. Apenas remeras mojadas pegadas contra el cuerpo. Graciela se preguntó si era responsable de algo. Pero su duda duró sólo un momento. a las seis y media de la mañana, graciela los encontró. Habían pasado la noche dormitando en una silla, rodeados del movimiento constante de voluntarios y evacuados, la luz blanca dándoles en la cara. De cuando en cuando, el murmullo de los pies arrastrándose y las voces fatigadas era tapado por las sirenas chirriantes de las ambulancias y los gemidos de los enfermos. –¡No podía entrar! –le dijo Teresa a su hija–. Como era mi casa, el agua no me iba a entrar. Pero entró… Yo estaba con Dios, soy de Caritas. ¿Es justo que Dios me premie así? Era la primera vez que lloraba. Dejó caer la taza contra el piso. Abrazó a Graciela. Se sentía orgullosa de sus hijos. ¿Estárían los otros también con vida?refugiadoshay, ademas, otro olor en las calles de Santa Fe. Olor a guiso. El olor que anuncia la cercanía de un centro de evacuados. O la inminencia de una casa tomada que, como la de avenida Freyre, extiende su cocina al medio del boulevar. Son las 12 en punto y un hombre inclinado sobre una gran olla revuelve el menjunje rojizo para los seis chicos que lo rodean. –Yo vivía en las carpas –dice el hombre–. Pero nos vinimos para este local que estaba vacío. Allá no se aguanta. Es lo peor. Acá se está mejor. –Y señala un edificio de dos pisos donde viven quince familias. El infierno del que escapó es el campamento levantado detrás del Hospital Gálvez. Me subo a un taxi para llegar allí. El conductor dice que sí, que es lo peor. –Es aquí, en esta manzana –dice, y me advierte que tenga cuidado–. Los inundados… no sé, pobres… Son tres manzanas de arena rodeadas por una cerca de alambre. En el ingreso hay una bandera italiana y un cartel que recuerda italian government. Las carpas blancas con techo azul rompen el paisaje de una ciudad verde. Las carpas, dicen, fueron hechas para el desierto. No son capaces de soportar las lluvias de Santa Fe. No tienen canaletas alrededor, por eso la primera noche los evacuados se volvieron a inundar. Colchones, ropa, frazadas, comida, jueguetes, otra vez todo mojado. junto al poste de una de las canchas de futbol está Sebastián. Tiene 15 años, el pelo cortísimo, no es la primera vez que pierde de vista a su familia. –Ellos están en otro lado. Acá estoy con pibes, amigos de allá. Estoy bien. El brinco de uno de los caballos atados al poste lo obliga a correrse. –Salgo cuando quiero en una bici que tengo. La encontré aquí. Nos vamos con amigos. Acá no podemos darnos con bolsita. Te sacan, si te ven el poxirán. En la carpa donde vive hay una mugrienta bandera argentina de plástico. Dos mujeres lavan la ropa en tachos grises. Sebastián se sienta sobre una de las sillas sucias. –Acá armas no hay –dice–. Hubo, pero están los milicos todo el tiempo. Pero nunca hubo granadas, como en otros lados. El comentario es que, en algunos centros, durante las noches se descargan armas para tener un lugar seguro, lejos de los saqueos. Que las bandas más pesadas de Santa Fe quieren mantener el control del armamento clandestino de la ciudad. Cargamentos enteros escondidos en las zonas inundadas, salvados del robo. Le pregunto a Sebastián si están organizados, si hay reclamos. –Sé que llegaron los piqueteros. Es por nosotros. A lo mejor voy a ver. No sé, para el gobierno nosotros somos todos iguales. Los lúmpenes, digo. Dentro de las carpas la oscuridad es total. Cada familia trata de identificar su territorio con alguna marca: una manta roja, una bandera de Boca, algún dibujo infantil. Tres burros atados a una carpa comen de una olla gigante. Es el mismo guiso del que se sirvieron las familias.entre la estacion de omnibus y el puerto de Santa Fe, rodeado por casas con prolijos jardines, está el Predio Ferial de la ciudad. Un par de galpones de ladrillos rojos y ventanas enrejadas. Allí, días después de la inundación, la gente se dividió en dos grupos. En el mismo galpón estaban evacuadas las barras bravas de Colón y de Unión, los dos clubes de fútbol rivales de la ciudad. Una noche los gritos empezaron a ser cada vez más fuertes. Golpeaban las rejas vivando a Santa Fe. Cada uno a un ritmo distinto. Sin acuerdo posible. –Al rato todo se calmó –cuenta Gladys Núñez–, pero fue cuando llegó la policía. Los primeros días no se podía dormir. Dejaban la música fuerte toda la noche. Si les decías algo te miraban mal. Yo sabía a quién no hablarle. A los que se drogan. Andan siempre como en las nubes, perdidos. Insultaban a los voluntarios. Les decían que estaban al pedo, que se movieran. Justo a esos chicos que nos ayudaron tanto. Gladys tiene el pelo apenas recogido sobre un buzo a rayas varios talles más grande. Mira cuidadosamente lo que anoto en mi cuaderno. Corrige el modo en que escribo el apellido de su hijo mayor. Lo hace con voz grave, en un susurro. Recorre con su mirada cada una de las familias con las que convive. Rodeada por sus cinco hijos, confiesa que no sabe dónde nació: –A mí me abandonaron, no sé de dónde soy. Viví en San Lorenzo con mis hermanos. Hasta los 15, cuando me junté. Pero hace años que vivo en el barrio Santa Rosa. En la casa de mi cuñado. El me deja estar allí. Pero toma. Me quiero ir. No es vida. No quiero ser más una anegada. Las sillas verdes de plástico cubren el salón. Los colchones delimitan el espacio de cada familia. Ella está en el sector tres, el último en recibir las donaciones. Gladys controla que Mariana, su hija más chica, termine de comer la tortita negra que es su desayuno: –Yo salvé los documentos. Siempre voy con los documentos encima porque llevo seguido a los chicos al hospital. Siempre están enfermos. Así que la campera también la saqué. Las dos camitas y el roperito se los robaron. Era lo que tenía. Florencia, la hija mayor de Gladys, se levanta del colchón para salir a jugar al jardín. Allí están las hamacas amarillas instaladas para los hijos de los visitantes a la reciente feria de automóviles. Florencia me dice que no, que no va a las clases de recuperación que dan las maestras. Que sabe que están, pero no quiere ir. No quiere perder el grado, pero prefiere salir de ese galpón, usar los juegos del jardín al sol. –Se la agarraban con los pobres voluntarios –dice ahora Gladys–. Ellos que tanto nos ayudaron. Que no tenían por qué venir. Ahora la luz se apaga a las nueve de la noche y no hay problemas. Pero había malandras que sólo dormían y tomaban. Hombres y mujeres que tomaban. Los ojos verdes de Gladys me miran más fijo todavía: –Sí, las mujeres también tomaban. voluntarioscuando maria sol perticara y juan Manuel Benítez vieron por televisión que el Hospital de Niños se inundaba, sintieron que la ciudad estaba en guerra. Que toda Santa Fe iba a quedar bajo el agua. Juntaron mil pesos del centro de estudiantes y salieron a comprar cosas para donar. Un día, desde el auto y empezaron a ver grupos de personas con bolsas improvisadas que erraban por la ciudad. Alguien les dijo: –Estoy buscando a mis cuatro hijas. ¿Las vieron? María Sol sintió que no era una pregunta más. Que en esa frase estaba el principio de algo. María Sol y Juan Manuel se unieron a dos amigos, recorrieron los centros de evacuados, pasaron el pedido por radio, caminaron por todo Santa Fe. Buscaron en las listas que estaba armando la universidad. En ese momento, aquella pregunta les pareció lo único importante. Esa madrugada, al volver a su casa, María Sol vació la heladera y la alacena. No dejó nada. Unió todo a las donaciones del día. Ni ella ni su madre sabían dónde estaba su hermano de 17 años. Luego María Sol y Juan Manuel supieron que la municipalidad necesitaba gente para cargar camiones, entonces decidieron que de allí en más ésa sería su tarea. A Juan Manuel lo mandaron a cubrir Barranquita. Iba en el camión junto a las provisiones, la asistente social y un policía. Al llegar al barrio se escucharon disparos. Venían desde dentro, de los techos de las casas que nunca llegaron a ver. –No te asustes –lo calmó el policía mientras sacaba el arma. Pero se asustó como nunca antes en su vida. La asistente social insistió. Tenían que entrar. –Hay que llevar estas cosas. No podemos dejar a los evacuados sin esto. Juan Manuel miró fijo al policía buscando protección. Se escuchó una ráfaga de disparos. Ningún grito. Ni una sola voz. Era mediodía. Alguien golpeó la cabina del camión y les indicaron dar marcha atrás. Durante las siguientes semanas recorrieron los centros de evacuados. Escuelas, clubes, galpones, casas tomadas. Cada día descubrían un nuevo refugio. Obras en construcción, fábricas abandonadas, casillas deshechas. Vieron, también, la rebelión. Mientras repartían comida en la Universidad Tecnológica, les extrañó ver que los hombres se agrupaban en un rincón. Todos hombres. Sólo tres se acercaron. –Queremos pedir algo –dijo sin énfasis uno de ellos. Era la primera vez que escuchaban un reclamo. No podían imaginar el motivo. –Ahora vamos a repartir la comida. ¿Puede ser más tarde? –dijo Juan Manuel. Los tres se adelantaron y, sin levantar la voz, insistieron: –Es que, justamente, se trata de la comida. –Esta vez hablaron más despacio. Sonó la bocina del camión de reparto de asistencia. La distribución por toda la ciudad estaba sincronizada. No había más tiempo. –Mirá –dijo uno–, acá se les da de comer primero a los chicos y a las mujeres y después a los hombres. Nosotros no estamos acostumbrados así. En casa comemos primero nosotros, después los chicos y, si sobra, las mujeres. Y así tiene que ser.cada uno de los centros organizo actividades para los chicos: payasos, títeres, clases de dibujo, mimos, músicos. Pero los adultos apenas atinaban a estar sentados escuchando música mientras hacían circular un mate interminable. –En los centros no hay nada que hacer. Así que se coge todo el tiempo –comenta Luciano. Luciano es voluntario desde el primer día y dice que trata de no escuchar. Me cuenta que en el Colegio Nacional habilitaron dos aulas para coger. Que en otra escuela decidieron hacer una colecta para comprar preservativos. Que en la Facultad de Derecho un profesor entró en un aula y se encontró con dos tipos cogiendo. Que es normal. la resistenciael mismo dia de la inundacion, ruben y Norma levantaron una carpa en el techo de su casa. Después de tres noches, ella decidió unirse a sus hijos en la casa de su hermano. Pero Rubén vivió en ese techo húmedo durante más de tres semanas. –Andáte tranquila que yo estoy armado. A nosotros nadie nos roba –tranquilizó a su mujer en la despedida. –Cuidáte a la noche. Dicen que hay gente que no pudo salir. Que a la señora de enfrente le agarró un infarto al querer sacar a su hermana. Son muertos que todavía andan por allí. Esa tarde lo visitaron sus compañeros de trabajo. Llegaron en canoa para darle comida. Juntó las provisiones y se sentó a esperar. Al atardecer, descalzo y apenas cubierto con una camisa, empezó a sentir frío. Vio un par de medias y cordones de zapatillas flotando entre camalotes, perros muertos y restos cloacales. Como pudo, recogió las medias y se las ató. Fueron su único abrigo en tres semanas. Durante las noches pensó. Sabía que bajo el agua estaba los electrodomésticos, pero sobre todo temía que se le rompiera alguna foto. Tenía casi cinco mil fotos, un registro minucioso de su vida: las ecografías de los chicos, el casamiento, las fiestas del fin del secundario de sus hijos, los cumpleaños. Durante la segunda noche se empezaron a escuchar tiros. Primero llegaba el sonido de una canoa golpeando contra el agua. Despúes, el disparo. –Vienen a chorear, Rubén –le dijo una voz–. ¿Supiste lo de Silvina, la de enfrente? –No. ¿Qué pasó? –Quedó enganchada en el ventilador del techo. Apenas si se salvó. Durante dos días se alimentaba con lo que le traía el agua. La sacaron hace un rato en piragua, pero la hermana estaba durmiendo y no pudo salir. Esa noche los helicópteros empezaron a volar bajo sobre Santa Fe. Buscaban canoas con saqueadores. Gente en procura de electrodomésticos, pero sobre todo cargamentos de droga y arsenales de armas escondidos en los aguantaderos. A la mañana siguiente algunos chanchos empezaron a caer de los árboles. –Pobres bichos, no dan más –se rió Rubén. Desde los techos comenzaron a cazarlos. A cada uno le tocó un chancho entero. Rubén puso el suyo en un balde, lo trozó y fue comiéndolo a lo largo de los días. Esa misma noche, en el barrio Centenario, apareció un cadáver colgado en un poste de luz. Tenía un cartel que decía: estoy muerto por chorro. El agua que corría por la calle Paso iba trayendo otros cuerpos. Nadie preguntaba si eran ahogados. En la oscuridad de la noche, Rubén escuchaba voces anónimas. –Cuidáte –le advertían–. Están robando hasta las chapas de los techos de las casas. –En la radio dicen que están linchando gente. Los chanchos sirvieron de comida durante varios días. Después, los inundados cortaron las riendas de los caballos muertos y los repartieron. Podían tirar varios días más atrincherados en sus carpas.el enemigo interno –No salga, señora. tenga cuidado. A un mes y medio de la inundación, Rosa es una de las última evacuadas en la escuela Cuarto Centenario. Antes de irse para siempre se abraza a Esther Schnidrig, la directora que el 30 de abril transformó las aulas en grandes dormitorios y el patio central en un centro de primeros auxilios. Rosa se aferra a un par de colchones chicos y una bolsa con frazadas, y dice: –Cuídese. Esos no son de los que joden. Si lo dicen, lo hacen. La escuela fue alguna vez la casa del gobernador de la provincia. En el despacho de la directora, en penumbras, están dos maestros y Esther. La directora mira perpleja. –¿Escuchaste? Hasta recibo amenazas. Yo, amenazas. Después de todo lo que les dimos. Me dice que no tuvo tiempo de hacer la denuncia. –Los problemas empezaron el 22 de mayo. Esa noche la policía vino a buscarme porque había dos personas que se estaban peleando. Suena el teléfono. –No, no puedo abrir la escuela hasta que no desinfecten –dice la directora al aparato, sin levantar la voz–. Hay hasta alacranes. Rompieron todo. Acá estoy con una periodista. Le estoy contando todo. Luego cuelga y sigue su relato: –El 23 de mayo le dije al personal que abandonaba, no daba más. A partir de ese momento se hizo cargo un grupo de la Juventud Peronista. Llegó el desborde. Hasta comida en mal estado había. Aparecieron toda clase de bichos. Amenzaban con incendiar la escuela. Se llevaron toda la mercadería. Después de lo que hicimos nos pagan así, pero fue la gente de afuera que se metió, no los evacuados. Le dimos demasiado tiempo al gobierno para que se acomodara. Los voluntarios que venían cobraban un sueldo así que no tenían apuro en que la gente se fuera. Son punteros políticos, no los voluntarios de los primeros días. Tratamos de preservar la imagen de la escuela. Acá hubo droga, pero la controlamos; donde hay una escuela, hay orden. En el barrio dicen que los evacuados trajeron más robos. Que los primeros días, como tenían la panza llena no robaban, pero después, aburridos, salieron de nuevo. Que los vecinos ya no salen de noche. Que los negocios cierran más temprano. Que desde que esa gente llegó al barrio pasan cosas. No es gente de allí. Son distintos.la nueva familiacon las ventanas tapiadas por chapas, abandonada hace más de diez años, la casilla de la estación de tren todavía mantiene la cartelera de madera con los últimos recorridos. El sol se refleja sobre el blanco perfecto de los baños químicos que cubren la vereda. El bar de la esquina tiene el televisor clavado en mtv. Hoy, la ronda de mate se acompaña con Madonna. La oscuridad parece aislar la estación del resto de la ciudad. Hay olor a pis. Llega desde el piso, pero también desde cada perro, cada gato, cada cochecito que cruza el salón principal. Las paredes están cubiertas por cientos de dibujos de los chicos que viven allí desde hace más de un mes. Paneles de cartón marcan los límites de cada familia. descalzos no. nos ponemos las zapatillas, dice un cartel. A los 550 evacuados que están en la vieja estación el agua les arrastó la casa. Una asistente social cuenta que los chicos se divierten, que hay espectáculos, que hay máquinas de coser para las mujeres. Sí, hay droga y prostitución, reconoce, pero no es peor que en los barrios: –Somos una gran familia. Les ordenamos la vida. A las 11 de la noche se cierra la puerta.stella maris tiene 26 años, es de barranquita, uno de los barrios más pobres de Santa Fe. Descorre las sábanas que hacen de puerta de su refugio para hacerme pasar. Su hija mayor, Joanna, de 8 años, está con las maestras; Nicolás, 11 meses, duerme la siesta en un cochecito que alguien donó. –Justo antes de la inundación yo quería volver a estudiar. Quería ser asistente social. Pero ahora no voy a poder. Mi marido hace changas; es mecánico electricista, y yo tengo un Plan Trabajar. Esta es gente del barrio que ni saludo –dice, y hace un gesto con el brazo que envuelve la estación–. Ahora es mi familia. Le pregunto cómo es la casa en la que le gustaría vivir, cómo la imagina. –Una casa seca. Cuando salgo, una columna de manifestantes marchan hacia la Casa de Gobierno con un cartel del Polo Obrero. Otro grupo se encolumna detrás de la bandera del Movimiento Independiente de Jubilados. Piden subsidios, pero también casas. Que la inundación sirva para que nadie tenga ranchos en Santa Fe. Que el intendente Marcelo Alvarez renuncie de una vez. Cuando ven llegar a los piquetstella maris tiene 26 años, es de barranquita, uno de los barrios más pobres de Santa Fe. Descorre las sábanas que hacen de puerta de su refugio para hacerme pasar. Su hija mayor, Joanna, de 8 años, está con las maestras; Nicolás, 11 meses, duerme la siesta en un cochecito que alguien donó. –Justo antes de la inundación yo quería volver a estudiar. Quería ser asistente social. Pero ahora no voy a poder. Mi marido hace changas; es mecánico electricista, y yo tengo un Plan Trabajar. Esta es gente del barrio que ni saludo –dice, y hace un gesto con el brazo que envuelve la estación–. Ahora es mi familia. Le pregunto cómo es la casa en la que le gustaría vivir, cómo la imagina –Una casa seca. Cuando salgo, una columna de manifestantes marchan hacia la Casa de Gobierno con un cartel del Polo Obrero. Otro grupo se encolumna detrás de la bandera del Movimiento Independiente de Jubilados. Piden subsidios, pero también casas. Que la inundación sirva para que nadie tenga ranchos en Santa Fe. Que el intendente Marcelo Alvarez renuncie de una vez. Cuando ven llegar a los piquet




