
João Bosco, un diamante oculto
Figura: el músico brasileño, una de las figuras destacadas de la música popular de su país, debuta hoy en Buenos Aires.
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Hijo dilecto de Tom Jobim y João Gilberto. Compañero de ruta del poeta Vinicius de Moraes. Autor de canciones emblemáticas de la música popular brasileña, en plena época dictatorial, ungidas por la voz de la enorme Elis Regina. Cantante y guitarrista contracultural. Oriundo de Minas de Gerais, João Bosco es dueño de un pergamino tan grueso como la discografía que contiene toda su obra: 19 discos hasta llegar a su último trabajo, "As mil e Uma Aldeias".
En el universo que conforma su estatura artística se cruzan la herencia libanesa y los tópicos musicales de la región árabe, legado de sus abuelos paternos, y una infancia enredada entre la música nordestina, el rock, el descubrimiento de la bossa nova y su ascendencia tropicalista y experimental.
Hoy, mañana y pasado, este artista brasileño, todo un símbolo para sus contemporáneos (fue el primer artista de su país en hacer un recital para la MTV), actuará en La Trastienda, luego de tocar en Nueva York junto a João Gilberto, acompañado de Nico Assumpcao (bajo), Ricardo Silveira (guitarra), Armando Marcal (percusión) y Robertinho Silva (batería).
Desde Río de Janeiro, el músico promete a La Nación : "Estos recitales serán una síntesis, una retrospectiva de mi música de antes y de ahora. También, como buenos hijos de Jobim y João Gilberto, no puedo dejar de hacer las músicas que comprenden ese universo tan maravilloso de la bossa nova".
El nuevo CD de João Bosco es una bitácora de los caminos que el músico ha sembrado en los últimos años. Un paso adelante en su propuesta y una mirada interior hacia su memoria sonora. Parte de ese material aparecerá en este primer encuentro con un público que lo tiene como un ilustre desconocido, salvo un reducido grupo que lo conoce y venera.
"En mi último disco son todas músicas brasileñas, pero decoradas con elementos de un mundo árabe fuertemente arraigado en mi costado sentimental (mis abuelos paternos vivieron en el Líbano) y en mi ciudad natal, Ponte Nova, en el estado de Minas Gerais, había una colonia árabe muy expresiva. De manera que pasé mi infancia entre toda esta cultura, oyendo la lengua árabe y miles de historias sin fin", reconoce el músico. Su actitud preferida es la del cambio constante. Tiene un lema: "Necesito cambiar para ser más parecido a mí mismo", dice a manera de confesión. Para luego soltar que: "Nací en un país cuya cultura es consecuencia de una gran variedad de razas. Somos genuinamente mestizos. Mi experiencia camina en dirección de combinar las distintas culturas de aquí y de allá".
Toda la música ha pasado por sus oídos y esa información es la que complementó su tarea artesanal. "Mi formación musical se dio sin preconceptos. Me acuerdo de mis tiempos de rock and roll, pero también crecí escuchando músicas de Brasil, America latina, del Caribe, etcétera, sin la menor necesidad de clasificarlas. Pienso que esa manera desprejuiciada de escuchar música se dio al hacerla. Nací tropicalista." Esta vez, parte de la herencia de sus antepasados terminaron acercándole respuestas sobre su propia identidad. "La música árabe, el fado y el flamenco son músicas irresistibles. Una guitarra gitana dentro de una escala árabe con una voz de fadista da un resultado musical intrigante y bello. Estaré irremediablemente listo para eso. Siempre cerca de esas situaciones y mezclas", explica. Bosco encontró la clave de una música en perpetuo movimiento, bella, sugestiva y provocadora. Hacedor del milagro permanente, de convertir el caos de la hoja en blanco en melodías. "Aprendí a convivir con la nada musical, a no saber que irá a suceder después. Y aprendí que a partir de ahí puede surgir la sorpresa. Esa es una experiencia personal e intransferible. Es el pan nuestro de cada día".





