
Kentaro: el actor japonés que dirigió a una estrella de Kill Bill, trabaja con figuras del cine asiático y se enamoró de Buenos Aires
El realizador presentó su ópera prima, Bajo el cielo turquesa, en el Festival Internacional de Cine de la UBA y dialogó con LA NACIÓN sobre su trabajo
8 minutos de lectura'

En paralelo a su carrera como actor y productor de largometrajes de ficción y documentales, el director de cine japonés Kentaro llegó a la Argentina para presentar su ópera prima como realizador, una historia que une dos mundos: Mongolia y su país de origen. Bajo el cielo turquesa cuenta en su elenco con Yuya Yagira, premiado en Cannes; Amra Baljinnyam, figura del cine mongol, y Akaji Maro, legendario artista de butoh recordado por su participación en Kill Bill.
El film cuenta la historia de un joven acostumbrado a una vida de abundancia en el Japón contemporáneo que, durante un viaje por las estepas mongolas, experimenta otra forma de entender la existencia. Tras su presentación en el Festival Internacional de Cine de la UBA (FIC.UBA), el realizador dialogó con LA NACION sobre sus influencias, el rodaje y su deseo de filmar en la Argentina.
“Buenos Aires es un lugar mágico”, expresó. Y sumó: “Disfruto de la música y la cultura del tango, con tantos artistas talentosos. Supongo que esto es lo que algunos escritores describen como romántico. Me encantaría filmar algo hermoso e impactante aquí”.
La formación de Kentaro, quien ha participado como actor en títulos como Taxi 2 (2000), El beso del dragón (2001) y Rush Hour 3 (2007), estuvo marcada por el cine japonés, pero también por los grandes directores franceses e italianos. “Cuando era muy joven, tuve la oportunidad de ver algunas de estas obras en las pantallas grandes de los cines de París. Eso lo cambió todo”, recuerda. Y agrega: “El impacto y el ritmo reflexivo de una película proyectada en una pantalla grande en una sala oscura te enseñan mucho sobre la magia y la poesía del cine”.

Al hablar de la herencia de maestros del cine japonés como Akira Kurosawa y Yasujirō Ozu, considera que sus obras son más estudiadas por jóvenes cineastas fuera de Japón que dentro de su propio país.
−¿Cómo nació su vocación por el cine?
−He tratado de apreciar las infinitas nuevas formas de expresión, pero he aceptado que soy un retrófilo, reconociendo la influencia que recibí de los maestros japoneses, franceses e italianos del pasado.
−En su primera experiencia como director, ¿cuál fue el principal aprendizaje?
−Bajo el cielo turquesa fue una mezcla de todos los proyectos creativos en los que participé hasta ahora. La lección que aprendí fue que, para hacer algo bueno, hay que dar el 150 por ciento de un depósito que tiene capacidad para 100. Y para hacer algo excelente, ese número real es el 300 por ciento.
−La película es un viaje de transformación personal a través de las estepas de Mongolia. ¿Cómo surgió la idea de contar esta historia y qué lo llevó a elegir ese escenario?
−Llevaba varios años viajando a Mongolia, tanto durante el clima paradisíaco de los veranos como con un frío de -40 grados. El aroma y el viento de las montañas, el terciopelo verde de las estepas, los animales sin presencia humana a su alrededor: eran elementos que algún día quería capturar en una película. Tenía amigos mongoles y me hice amigo de algunas familias. Son muy diferentes de otras culturas asiáticas influenciadas por el confucianismo, personas apasionadas que valoran la comunicación genuina y directa. Sin embargo, hay algo que proviene de un pasado lejano, cosas como la capacidad de entenderse sin palabras, que se asemeja a la de los japoneses.
Las huellas de una vida
Bajo el cielo turquesa está coprotagonizada por Yuya Yagira y Amra Baljinnyam. Sobre este último, el realizador apunta: “No solo se le ocurrió la idea original de esta historia épica, sino que fue la pieza clave del proyecto. Es el actor más importante, más galardonado y más popular de Mongolia, y ahora también uno de los embajadores culturales del país. Aunque su papel era el de un hombre sencillo y rústico, su actuación es muy refinada e inteligente, con carisma y presencia. Conoce todos los ‘trucos del oficio’, y su elegante manejo del espacio y el ritmo es impresionante. Me recuerda a estrellas como Jean Gabin o Lino Ventura”.
En relación a Yagira, el cineasta señala que el japonés de 36 años premiado en su juventud como mejor actor en Cannes “estaba interesado en esta colaboración internacional, le gustó el guión, había participado en películas de autor y estaba volviendo a ganar fama en el cine comercial”. De la experiencia compartida en el set, agrega: “Le dije que no preparara nada y llegó con su actuación natural, su talento para la improvisación y su alma pura. Es lo que yo considero una estrella de cine auténtica y poco común. Sus instintos animales son los de un músico agudo y experimentado”.

Otra figura destacada del film es Akaji Maro, actor y referente del butoh japonés, recordado por interpretar al jefe de la mafia criminal en Tokio en Kill Bill: Volumen 1. Kentaro lo conocía desde hacía años por sus presentaciones de danza en París. Sobre su elección para el personaje de Saburo, el exprisionero de guerra en Mongolia y abuelo adinerado del joven protagonista encarnado por Yagira en la película, el director cuenta: “Cuando escribí el papel, de inmediato me vino a la mente Akaji: su presencia, su voz potente y única, su rostro increíble. Quería a alguien que tuviera las huellas de su vida grabadas en el rostro. Como la textura de las montañas de Mongolia. Era él; fue mi primera y única opción. La textura de su presencia y la resonancia de su voz son hermosos trazos creativos en el lienzo de esta película que no se pueden explicar solo con palabras”.
El rodaje tuvo lugar en una zona de Mongolia situada a doce horas en camioneta de Ulán Bator, la capital, y la producción debió trasladar todo lo necesario para trabajar en aquellos parajes: equipos técnicos, agua potable, generadores de energía.
La película se filmó con cámara de 8K con lentes analógicas Leica pulidas a mano. “Eso generó una calidad visual maravillosa; combinada con movimientos de cámara irregulares; con este tipo de artesanía la cámara se convierte en una interfaz humana, casi como un personaje más de la película”, señala el cineasta.
−¿Quiso explorar algún aspecto de la sociedad japonesa a través de esta historia?
−El personaje interpretado por Yagira es el de un chico malcriado que no tiene ningún propósito en la vida. He conocido a hombres así en Japón, pero también en otras culturas. Se trata de estar tan acostumbrado al acceso a lo material que uno olvida o nunca aprende sobre los elementos esenciales y fundamentales de la vida. Esto también se ilustra en el concepto de color de la película, que muestra al personaje en un Japón moderno, tecnológicamente avanzado y con comodidades materiales en monocromo, para terminar en colores primarios saturados.
−Los protagonistas son hombres, ¿qué lugar ocupan hoy las mujeres en la industria cinematográfica japonesa?
−Están empezando a ocupar un lugar importante en la industria. Cada vez hay más productoras y directoras muy talentosas. Por otro lado, el enfoque educativo Yutori en Japón, con una actitud más relajada hacia conceptos como la disciplina, la resistencia y la ética laboral estricta (que antes pesaban mucho sobre la población masculina), abrió muchas posibilidades para que las mujeres se destaquen en el ámbito laboral. Siempre he apreciado la representación de las mujeres en las obras de maestros como Mizoguchi y Truffaut.
−Bajo un cielo turquesa se estrenó en América del Sur en el Festival Internacional de Cine de la Universidad de Buenos Aires. ¿Qué significa para usted presentar la película ante el público argentino y en esta institución?
−Es un honor presentar mi película en una institución con una tradición académica tan prestigiosa. Los argentinos, y en particular los porteños, tienen algo que me resulta familiar y similar al público europeo. Las imágenes del paisaje mongol, el acceso a las hermosas y extensas estepas y la cultura ecuestre pueden tener algunos paralelismos con la belleza de la Pampa, con lo cual creo que el público argentino se identificará. Bajo el cielo turquesa es la primera coproducción internacional real con Mongolia (con un equipo de filmación local auténtico) en la historia. Esto le da mayor autenticidad a la película.
−De sus días en Buenos Aires, ¿qué fue lo que más le atrajo de la ciudad y su gente?
−Buenos Aires no solo es una ciudad hermosa, sino que combina un ambiente europeo familiar con un contexto de gente muy cálido. La historia dramática del país le da a esta capital un dinamismo similar a la emoción de París y Nueva York de antaño, de las que solo he leído. Me encantaría filmar algo hermoso e impactante aquí. Estoy agradecido por todas las personas maravillosas que conocí y por mis nuevos amigos, a quienes espero conservar por mucho tiempo.




