"La Argentina fue el sexto país más rico del mundo"
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"¡El tiempo de las vacas gordas! Desde chico escuché la expresión. A veces con admiración, otras con nostalgia por algo perdido definitivamente, a veces en forma peyorativa. Entonces decidí averiguar qué había de cierto en todo eso. ¿Cuál era la verdad? Y así comenzó todo", explica el investigador Alberto Dodero, autor junto con el historiador de arte francés Phillippe Cros de Argentina. Los años dorados (1889-1930). La obra es el resultado de una investigación que duró cinco años, que recopila alrededor de 4000 testimonios. El libro contiene 1600 fotos, algunas inéditas.
-¿Por qué años dorados?
-Es que en esa época la Argentina llegó a ser el sexto país más rico del mundo. Fueron años en que prácticamente una generación tuvo que fundar un país. Eran dirigentes muy capaces, de gran compromiso y, sobre todo, con metas muy claras. Además eran notables representantes, que habían viajado mucho, ¡conocían el mundo! Y sabían mostrar el país, venderlo hábilmente en congresos y exposiciones.
-¿Por ejemplo?
-En 1889, Miguel Juárez Celman envió a su vicepresidente, Carlos Pellegrini, como representante argentino a la gran Feria Internacional que se celebraba en París, con motivo del centenario de la toma de La Bastilla, símbolo de la Revolución Francesa. El día de la inauguración de los pabellones habló en primer lugar el presidente de Francia, Sadi Carnot, y luego le correspondía hacerlo al representante del Reino Unido, pero, como estaba enfermo, de acuerdo con el protocolo le correspondía hacerlo a Pellegrini. Cuando Carnot se enteró, en forma despectiva dijo: "¿En qué nos hablará este hombre? No debe saber ni castellano". Pero el enviado era hijo del ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, nacido en Charribéry, y había aprendido el francés antes que el castellano. Esto había influido en su manera de hablar, hasta tal punto que sus compañeros lo llamaban el gringo . Incluso hizo sus estudios primarios en la escuela de su tía, Ana Evans, donde se hablaba fundamentalmente inglés y francés. La sorpresa de Carnot y sus ministros debió ser mayúscula, y cronistas de la época estuvieron de acuerdo en afirmar que el discurso del vicepresidente argentino había sido más interesante que el del presidente francés. Eran hombres increíbles, algunos injustamente olvidados.
-¿Cómo quién?
-El salteño Victorino de la Plaza, del que en general la gente no habla. De chico andaba descalzo, vendiendo las empanadas que cocinaba su madre en la plaza de la ciudad de Salta para poder vivir. Urquiza le concedió una beca para estudiar en el Colegio de Concepción del Uruguay, y cuentan que les lavaba la ropa a sus compañeros para obtener unos pesos. Luchó en la Guerra del Paraguay y Mitre lo ascendió a capitán de artillería. Estudió abogacía y antes de recibirse fue secretario de Dalmacio Vélez Sarsfield en la redacción del Código Civil. Había logrado un notable dominio del inglés, y Carlos Pellegrini lo envió a Londres como agente financiero del gobierno argentino para resolver el problema de la deuda externa. Fue el primer abogado sudamericano en litigar ante los tribunales londinenses. ¡No era fácil! Pero se daba en todos los niveles, también entre los inmigrantes.
-¿Quiere recordar a alguno?
-Llegaron artesanos increíbles, con un extraordinario conocimiento de su oficio. Por ejemplo, Salvador De la Porta, inmigrante italiano y uno de los mejores fabricantes de calzado a medida del mundo. Tenía un local en la calle Maipú, que después de su muerte atendieron sus hijos y descendientes, pero no lo busque porque ya no existe. Yo heredé de mi abuelo y de mi padre zapatos hechos por él. Una vez, en Londres, fui al local de John Lobb, en St. James Street, el fabricante de zapatos a medida más importante del mundo, a comprar unos mocasines. Cuando el vendedor vio los zapatos que llevaba llamó al gerente, que me dijo sin titubear: "¡Salvador de la Porta, Buenos Aires, Argentina!" ¿Se da cuenta?
-¿Algún descubrimiento inesperado?
-Una tarde caminaba por el Barrio Latino en París cuando descubrí una librería. Entré. A un costado había una enorme pila de libros con un cartel que decía: 20 francos . En aquella época todavía no circulaban los euros. Terminé comprando uno que tenía un título que me pareció divertido, Epoca dorada de las monarquías europeas . Pasó el tiempo. Un día, ya en Buenos Aires, en plena investigación, se me dio por abrirlo, y entonces encontré algo que me intrigó: una foto de 1907, donde la infanta Isabel de Borbón, la Chata, como le decían, aparece bajando de un carruaje frente al Palacio de Windsor para asistir a una reunión con los principales monarcas europeos. Pero lo que me llamó la atención fue el vestido, que me pareció conocido. Qué curioso. Busqué en el material que tenía de la infanta. Y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que era el mismo que la infanta lucía al salir del tedéum del 25 de mayo de 1910. Increíble, se había puesto un vestido viejo para asistir a la ceremonia inaugural de los festejos del Centenario. ¡No se puede confiar en nadie!






