
La herencia de los Romanov
Qué habría sido de la ópera eslava sin los Romanov, la familia que dio a Rusia tres siglos de autocracia? Porque ya el primer gran título, fruto de Miguel Glinka, gira en torno del primero de ellos. Ahora, cuando el nombre de los Romanov ha dejado de ser prohibido y los restos (en caso de serlos) de Nicolás II, su mujer, hijos y servidores, asesinados en 1918, han recibido sepultura oficial, el presidente Yeltsin califica a aquella matanza como "una de las páginas más vergonzosas de la historia de Rusia".
* * *
Pero hay muchas otras páginas de espectacular violencia en esa larga crónica de los Romanov, y la ópera ha sabido sacar el mejor partido. Glinka abrió el fuego en 1836 con "La vida por el zar", en la que un campesino llamado Ivan Susanin salva de las garras polacas a Miguel III, sobrino nieto de Ivan el Terrible. Hasta 1917 fue considerada la ópera-símbolo del repertorio ruso. Pero eso de dar la vida por un zar no era cosa de bolches, que por algo hicieron su sangrienta revolución; de modo que fue inmediatamente proscripta y luego, con el argumento centrado en la lucha del pueblo contra el invasor polaco, recuperada bajo el título de "Ivan Susanin". Ahora, desmembrada la Unión Soviética, "La vida por el zar" ha retomado su nombre primitivo. Es sólo un ejemplo de la maldición que parece pesar sobre las óperas rusas: los avatares de la política también instalan su campo de batalla en el escenario lírico.
El teatro Mariinsky de San Petersburgo, que en estos días deslumbra con su perfección instrumental, vocal y escénica al público de Buenos Aires, tiene en su repertorio a "Jovánschina" de Mussorgski, en cuya historia planean -aunque no aparezcan en escena- tres Romanov: la regente Sofía y sus hermanos Ivan (un débil mental) y Pedro, que es quien finalmente, con apenas diecisiete años, desplaza a sus hermanos y se queda con la torta de bodas. Y es justamente este personaje, fundador de San Petersburgo y ambicioso promotor de una Rusia occidental y moderna, el que se convertirá en la "vedette" del repertorio lírico.
* * *
El viernes último, con el funeral de los Romanov en la Catedral petersburguesa de San Pedro y San Pablo, no sólo parece haberse conmovido la gente común, unida en multitudinaria procesión en medio de un repique de campanas. También el mundo religioso y político tuvo un sacudón. Porque tanto el patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Alexis II, como los miembros del Senado, el general nacionalista Lebed, el jefe del partido comunista Ziuganov, la Cámara baja, con mayoría comunista y nacionalista, y el presidente Yeltsin tejieron su propia historia de intrigas e intereses partidarios. ¿Pero no parece ésta una monumental escena de ópera rusa? ¿Dónde estarán los Glinka o los Mussorgski actuales que cierren el último capítulo de este linaje? Habrá que esperar que los operistas del XXI recojan el guante. Y que tengan imaginación para hacerlo tan genialmente como aquéllos.





