
La incomunicación por partida doble
"De lo que no se habla" y "De repente, el último verano". De Tennessee Williams. Con Rita Cortese, Patricia Gilmour, Alicia Berdaxagar, Tony Lestingi, Pochi Ducasse, Claudia Lapacó, César Bianco, María Socas y Helena Tritek. Música: Luis María Serra. Escenografía y vestuario: Marta Albertinazzi. Luces: Jorge Pastorino. Traducción y dirección: Hugo Urquijo. Teatro San Martín. Nuestra opinión: regular
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Como en su estreno en Nueva York, en 1958, con el título "Garden District", el San Martín decidió poner en escena, juntas, dos piezas de Tennessee Williams. La breve "De lo que no se habla" precediendo a "De repente, el último verano", con la dirección de Hugo Urquijo.
Tienen en común sólo ciertos rasgos temáticos generales y el ambiente socioeconómico en el que se desarrollan, territorios que, por otro lado, podrían considerarse comunes a buena parte de las obras de Williams. Pero, salvo eso, se trata de dos historias bien distintas. Sobrevuela sobre ambas el tema de la incomunicación, del acallamiento de ciertas verdades.
En "De lo que no se habla" coexisten dos mujeres, interpretadas con calidad por Rita Cortese -enorme- y Patricia Gilmour. Dos mujeres que habitan la misma casa, sólo que una es la patrona y la otra, su secretaria. Este juego de confrontar a dos clases sociales, de poner en evidencia los despliegues de poder arbitrario de unas sobre otras, habitual en Williams, pasa a un segundo plano cuando los detalles de la relación entre ambas comienzan a salir a la luz, en un intento por hablar "de lo que no se habla".
Urquijo elige para esta pieza breve ritmos y contrarritmos en las actuaciones y una puesta en escena que se desarrolla a proscenio, con un dispositivo escenográfico austero. Las luces de Pastorino cortan en diagonal el inicio y el final de la obra e imprimen climas en su desarrollo.
Claroscuros
En "De repente, el último verano" ha muerto un hombre. Dos mujeres, su madre y su prima, están en disputa. La madre es poderosa y adinerada; la joven, sensible e insegura. Una compleja relación, de incesto sublimado, unía a Violeta Vener, la madre, con su hijo muerto en circunstancias que toda la familia se niega a aceptar. La única testigo de esa muerte es su prima, Catalina. Violeta Vener la ha internado en una casa para locos porque sólo un demente podría contar, como Catalina, una historia tan macabra sobre los sucesos.
En medio de esta historia hay un médico neurólogo; una monja que acompaña a Catalina hasta la casa de su tía Violeta, donde transcurre la situación; la señorita Foxwill, asistente personal de la dueña de casa, y la madre y el hermano de la testigo, que llegan a la cita.
No cabe ninguna duda de que un elenco integrado por Alicia Berdaxagar, como Violeta; María Socas, como Catalina; Tony Lestingi, como el médico; Pochi Ducasse, como la señorita Foxwill; Helena Tritek, como la hermana Felicitas; Claudia Lapacó, como la madre de Catalina, y César Vianco, como su hermano, es un lujo para cualquier director. Sin embargo, la dirección actoral comete algunos excesos.
Claudia Lapacó, una actriz brillante, y César Bianco dibujan dos personajes que, si se los saca de contexto, son fantásticos; pero en el marco de un autor como Williams, digno de coloraturas menos exacerbadas, parecen sacados de una pieza del grotesco; una intención que se anticipa incluso desde el vestuario.
En medio de las buenas actuaciones aparece la mano del director con imposiciones de desplazamientos ilógicos, que nunca se detienen, o marcaciones de grotesco que buscan la risa del público. Y no es que Tennessee Williams no tenga humor, pero más virado hacia lo patético, sin obviedades ni trazos gruesos.
Otro problema del espectáculo reside en la compleja, difícil criatura que compuso María Socas, una actriz de notable sensibilidad. Siendo como es la de mayor protagonismo en la historia, el director la expuso a un trabajo catártico, con movimientos continuos que le impiden a la actriz tocar fondo, hacer pie en el relato.
Parece haber en estos detalles un problema de concepto que incide en la lectura de la pieza y hasta dificulta su comprensión.
La noble constitución de los actores transforma el espectáculo en disfrutable, sobre todo en los momentos en que, pese a todo, consiguen apoderarse de sus personajes y del escenario. Pero las sutiles filigranas de Williams hubiesen merecido una mano más delicada y menos ceñida a las acotaciones del autor, que destejiera los velos y echara luz sobre la oscuridad.




