La Nacional y una versión de la Quinta de Mahler al límite
Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Pedro Ignacio Calderón. En programa: Sinfonía N° 5 de Gustav Mahler. Función del miércoles 14, en el Auditorio de Belgrano.
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Diez días después de haber finalizado los dos conciertos en homenaje a Johannes Brahms, la Orquesta Sinfónica Nacional tuvo que enfrentarse con otro complejo y monumental compositor: Gustav Mahler. El director de la agrupación, Pedro Ignacio Calderón, decidió programar para el concierto del miércoles pasado la "Sinfonía N° 5", una obra que -como toda la música sinfónica de Mahler- es un barómetro ideal para las orquestas. Es una composición de gran aliento que requiere una gran cantidad de instrumentistas y, por las características de su orquestación, exige un alto rendimiento individual y de concertación.
La quinta de las nueve sinfonías que escribió fue estrenada en 1904 y para el propio compositor no fue una tarea sencilla: la obra fue objeto de una prolongada serie de revisiones en la orquestación. El problema con el que se enfrentó no se debió tanto a la dimensión de la orquesta sino al concepto casi camarístico de su escritura.
El público que se acercó al Auditorio de Belgrano para escuchar la versión de la Sinfónica Nacional encontró, cuando ingresaba a la sala, a casi todos sus integrantes repasando insistentemente los pasajes más complejos de la obra. Si bien esta es una práctica habitual no lo es tanto ver sentados a la mayoría de los músicos revisando lo que iban a tocar. Esto era una señal más de la difícil tarea con la que se enfrentarían luego.
La versión que ofreció la Sinfónica Nacional, tuvo muchos puntos para destacar, aunque también dejó algunas dudas. El primer movimiento fue el más logrado desde todo punto de vista: sin fallas, con potencia y buena afinación en los tutti. El segundo y el quinto movimiento mostraron que la orquesta está al límite de sus posibilidades y por lo tanto en algunos pasaje sonó exigida.
Se pudo comprobar la gran evolución que está teniendo la fila de metales. Mejoró su afinación y tiene solistas como el cornista Fernando Chiappero, que resolvió sin fallas la partitura difícil y de alta exposición que tenía en el scherzo del tercer movimiento.
Los solistas de la orquesta cumplieron en general bien sus pasajes, aunque hubo titubeos. Durante toda la obra, fueron los momentos de mayor sutileza y de menor volumen donde hubo más errores, producto tal vez de distracciones, porque no presentaban problemas técnicos de resolución: alguien que se pasaba de largo etre los violines, o algún desbalance dinámico en la entrada de los fagotes, por ejemplo.
Está claro que una versión discográfica tiene la ventaja de ser grabada sin errores y con muchas variantes pero nada puede reemplazar la emoción que genera la entrega de alrededor de cien instrumentistas y un director haciendo música durante más de una hora. Por eso el esfuerzo de la Sinfónica y Calderón es válido y porque la obra , en general, sonó bien.
La solución para que la versiónt ienda a la perfección es tener resto, algo que se logra con más ensayos grupales y también tocando este tipo de obras, que en definitiva ayudan a que una orquesta siga creciendo.




