
Lunes, a las 22
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Tamaño de mito
Maradona se prueba el traje de conductor en un programa que busca replicar en pantalla la medida de su fama y su leyenda.
Maradona volvió. Tras un completísimo catálogo de excesos (una adicción casi sobrehumana a la cocaína, una falla cardíaca y desórdenes alimentarios que lo llevaron a pesar casi 130 kilos), Maradona está recuperado. La primera emisión de su programa consistió en el espectáculo de esta recuperación. El único tema de La noche del 10 fue que Maradona está vivo. Para sus incondicionales, con esto alcanza y sobra. Pero para el resto de los espectadores, este tema nos invita a preguntarnos si cualquier cosa que venga de un famoso constituye un espectáculo digno de atención. Y, a la vez, qué sucederá con este programa cuando la curiosidad por el nuevo estado del 10 y la emoción de ver a familiares conmovidos se desvanezca.
Para matizar esta incertidumbre, la segunda emisión logró relegar, en buena medida, los peores defectos y reforzó algunos aciertos del debut. Una escenografía espectacular, algunas secciones bien pensadas –la descripción quirúrgica de sus mejores goles, las historias emotivas de los fans–, invitados de primera línea (en algunos casos desaprovechados) y entrevistas híper estelares (Pelé, Ginóbili, Susana). De todas formas –previsiblemente–, el programa apostó a Maradona, a sus historias pública y personal, futbolística y, en especial, extrafutbolística como objeto de exhibición. Para el morbo mediático promedio, el Diego recuperado puede resultar una persona mucho menos interesante que el Maradona en vías de desintegración. Ese otro espectáculo, más imprevisible y cruel y, por ello, más fascinante, es ideal para el voyeurismo televisivo.
El debut nos mostró a un Maradona pasteurizado por una corrección tal que parece haber devorado su carisma: no hubo chispa, ni malicia, no apareció la falta de límites de la que hizo gala durante años, no hubo máximas instantáneas. El mayor capital de un conductor inexperto debería ser su espontaneidad, pero aquí también se vio cancelada. Hasta las múltiples “sorpresas” dedicadas al astro se revelaban, en general, demasiado ensayadas. En la conducción, Maradona nunca dejó de parecer desorientado. Y, encima, fue puesto en el vórtice de un panegírico continuo que pretendió vendernos todo lo que hiciera como un lujo, un privilegio, un milagro o una maravilla irrepetible. Lo más curioso es que Diego adhirió a un discurso tan antipático, mientras que en visitas recientes a otros programas se permitió mostrarse como alguien capaz de reírse de sí mismo, algo que la grandilocuencia de su show le impidió.
Precisamente, el principal freno a su lucimiento es la concepción del programa. La noche del 10 pone a Maradona como conductor todo terreno de un show monstruo con números musicales, una media docena de invitados clase a, juegos con la tribuna, varios escenarios y ¡emitido en vivo! Es una carga demasiado grande para permitir que Diego pueda ser él mismo, aunque en el segundo programa demostró una mayor naturalidad y fluidez que pueden derivar en algo mejor.
El problema es que el ciclo debe reflejar el tamaño de la importancia de su conductor. Si la televisión nos habla de la fama, Maradona no puede estar apenas en un living con futbolistas y amigos. Maradona debe conducir un programa gigante, que alimente y refleje su mito y que pueda emprender la tarea ciclópea que le encomiendan: detener la caída de Canal 13 hacia el tercer lugar.
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