
La nostalgia no es suficiente
Regular: "Adiós a Matiora" ("Proshchanie s Maryoroj"/1981), producción rusa en colores presentada por Artkino Pictures. Hablada en ruso. Guión: German Klimov, Larisa Sheptiko y Rudolf Tyurin, basado en una novela de Valentin Rasputin.
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Después de 18 años, "Adiós a Matiora" es uno de esos films de la ex Unión Soviética que había quedado archivado en el rincón de los recuerdos y que, ahora, revive en la pantalla más por curiosidad que por calidad.
Elem Klimov, su director, posee una larga trayectoria a través de títulos como "Sed bienvenidos", una sátira acerca de un campo de prisioneros; "Agonía", que descubre el derrumbamiento del zarismo y sus relaciones con el monje Rasputín, y "Ven y mira", título que le valió el gran premio en el Festival Internacional de Moscú en 1984. Tres años antes había rodado "Adiós a Matiora", pero ésta, como sus anteriores producciones, quedó por razones políticas mucho tiempo demorada en su estreno público.
Lo esquemático y lo vetusto.
Con "Adiós a Matiora" su realizador intentó un acercamiento al amor a la naturaleza, a la fuerza del terruño y a la necesidad de hundir las raíces en los ancestros que nunca pasan al olvido.
Matiora es el nombre de una aldea ubicada en la parte central de Rusia, junto a un gran río. Pero el progreso se ensañará con ese lugar y con sus pobladores: los ingenieros están construyendo un gran embalse para la producción de energía eléctrica, y Matiora deberá desaparecer bajo el agua.
El relato se centra en el personaje de Daria, una mujer ya anciana a la que su espacio terrenal la vio madurar y criar a sus hijos y a sus nietos. Por esa fuerte razón, su mente y su corazón se niegan a aceptar la inminente desaparición del pueblo de Matiora, ya que para ella es muy difícil entender que el progreso no se puede conseguir sin necesidad de destruir lo auténtico.
En estos tiempos en que el empuje de lo ecológico y las historias con personajes apremiados por el dolor a su terruño perdido son ya muy reiterativas tanto en el cine como en la literatura, "Adiós a Matiora" queda como una muestra vetusta a la que se agregan personajes esquemáticos transitados por el dolor y las esperanzas frustradas.
Como director, el ruso Elem Klimov se sintió, sin duda, fascinado por esa imparable máquina que es el progreso y por esos hombres y mujeres sumidos en el terror de la pérdida de aquello que supieron conquistar con la fuerza de su inquebrantable voluntad.
Pero el guión de "Adiós a Matiora" se detiene en lugares comunes, hecha mano de un perimido melodramatismo y procura insertarse en la poesía que sólo logra parcialmente en algunas escenas, como esas en que la anciana acicala su casa para decirle y decirse el adiós definitivo.
A estas alturas, cabe preguntarse cuál es el motivo de los exhibidores por reflotar un film como éste, de tan escasos valores y de mensaje tan trasnochado en el que un empeñoso elenco procuró dar vitalidad a una anécdota que se pierde entre la reiteración y la monotonía.



