
La nueva Cenicienta es feminista
FLORENCIA.- Cuesta asociar a esta chica rubia, sonriente, de pose algo ingenua, vestida sencillamente de negro y casi sin maquillaje con la protagonista de una de las vidas más agitadas y tempestuosas del Hollywood moderno. La que confesó en una temprana autobiografía, escrita a los 14 años ("Little Girl Lost", pequeña niña perdida), su caída a partir de los 9 en un espiral en el que se mezclaron el ansia desmedida de fama, el alcoholismo y la drogadependencia, del que sólo pudo salir gracias a un duro e intenso proceso de rehabilitación.
Apenas Drew Barrymore -de ella se trata- llega al encuentro con la prensa internacional en esta ciudad de belleza impar, se comprende por qué la maquinaria hollywoodense, que en sus extraños giros suele ser cruel con sus protagonistas, pero a veces también piadosa, le concedió a esta actriz precoz como pocas la posibilidad de encarnar un papel que tiene bastante que ver con su vida auténtica, que a los 23 años, y con 28 films sobre sus espaldas, trata de reencaminar.
"Por siempre Cenicienta, una historia de amor" -film que Warner Fox distribuirá entre nosotros a partir de mañana- propone una vuelta de tuerca en este relato, probablemente el cuento de hadas más difundido en toda la historia de la literatura, y que en su versión más clásica (se dice que hay unas 500 en circulación) cuenta la historia de una jovencita de familia noble que, tras ser sometida a la servidumbre por una madrastra inescrupulosa, termina felizmente casada con un príncipe que la transporta a una vida de ensueño.
Aquí las cosas cambian un poco. Esta Cenicienta del siglo 16 personificada por Barrymore es autosuficiente y representativa del espíritu renacentista de su época, al punto que entre sus lecturas predilectas figura la "Utopía", de Tomás Moro. En vez de esperar pasivamente que el apuesto galán la rescate, ella decide salvarse a sí misma y salir en su búsqueda. Para llegar a ese objetivo no cuenta con la ayuda, como imaginaron los hermanos Grimm, de una dulzona hada madrina, sino de otro espíritu inquieto e independiente de la época: Leonardo Da Vinci.
En la variante imaginada por el director Andy Tennant no se tiene en cuenta la celebérrima calabaza convertida en carroza y sí, en cambio, el zapatito providencial con el que el príncipe identificará a nuestra heroína, confeccionado por la famosa casa Salvatore Ferragamo al costo de 50 horas de trabajo y objeto de atención más fuerte que la generada aquí por la presencia de algunos de los actores de la película.
Cuento de hadas
"En vez de la Cenicienta tradicional, descubro que este personaje es una especie de princesa sin corona, una feminista militante. Creo que hoy ninguna mujer debería considerarse a sí misma como Cenicienta o Blancanieves, y mucho menos quedarse esperando eternamente al príncipe azul. Tenemos que convencernos de que podemos ser por nosotras mismas las reinas de nuestras vidas", afirma, convencida, Drew, mientras experimenta su tic predilecto: dar vueltas y vueltas con los dedos índice y pulgar una de sus matas de pelo, como si ensayara el armado de una trenza que nunca culminará.
"Mi vida fue algo así como navegar en el medio del océano dentro de una canoa de bambú", confiesa la actriz. Su autobiografía lo explica sin disimulos ni eufemismos: "Tomé alcohol por primera vez a los nueve años, empecé a fumar marihuana a los diez, conocí la cocaína a los doce..."
Reconoce que antes de aprender a caminar "ya había iniciado un romance fulminante con la cámara", que la llevó a filmar su primer comercial a los once meses y a transformarse en un nombre que comenzó a recorrer el mundo a los seis, cuando de la mano de Steven Spielberg se convirtió en una de las estrellas de la taquillera "E.T."
De allí en adelante inició un camino hacia la autodestrucción, que había sido un triste común denominador en parte de la familia de ilustre linaje actoral a la que pertenece. Su famoso abuelo, John Barrymore, y su propio padre, John Jr. (o John Drew), tuvieron que enfrentar en el pasado hondas crisis matrimoniales, depresiones y tendencias adictivas.
Por eso, cada vez que Drew habla de Danielle, la Cenicienta que encarna en esta película, lo hace con signos que delatan episodios de su propia vida. "En el film, de algo que fue un problema, mi personaje saca fuerzas para seguir, en vez de convertirse en una persona agria y resentida. Lo hace porque tiene sólidas convicciones, se mueve sin arrogancia y sale en busca del amor, como todos nosotros lo hacemos. Estando en la peor posición, siente la responsabilidad de seguir, de ir hacia adelante. Qué bueno es para uno poder forjar su propio destino", dice, como si contara cómo hizo para escapar del infierno en el que se había convertido su vida.
En el film, esta Cenicienta se las ve con una madrastra ambiciosa que personifica, en una curiosa muestra del destino, la heredera de otra familia de larga prosapia artística: Anjelica Huston. Sus hermanastras son la bonita Megan Dodds y Melanie Lynsky (la aplaudida protagonista de "Criaturas celestiales") y el príncipe que la corteja tiene la apostura de Dougray Scott, vestido en la piel de un personaje a quien Danielle le enseña, según Barrymore, "que el poder no está en el dinero, sino en la capacidad de cambiar al mundo para mejorarlo".
También solidaria
Como dice estar dispuesta a avalar esta última actitud con hechos ("hay muchísima gente que busca el poder de manera avara y tramposa", afirma), Barrymore encaró en estos últimos tiempos una intensa tarea comunitaria, con participación en entidades que luchan en favor de la protección de la salud femenina, la promoción del sexo seguro y la preservación de la vida silvestre.
Esa multiplicidad de actividades también se manifiesta en su carrera cinematográfica, donde volvió a cotizarse en forma elevada (cobra cerca de tres millones de dólares por film) a partir del éxito de la comedia "La mejor de mis bodas".
"Adoro hacer personajes bien distintos cada vez. Nunca trato de buscar papeles idénticos. Cada película es, para mí, un desafío, la posibilidad de enfrentar en la ficción alguno de los miedos que tengo en la vida real", explica Barrymore antes de decir que donde sí se sintió una verdadera Cenicienta fue en "Home fries", una película independiente en la que encarna a la camarera de un local de fast food que descubre, al morir el hombre con el que ella vivía, que éste tenía secretamente esposa e hijos.
Drew Barrymore tiene hoy toda la energía puesta en su flamante productora, Flower Films, cuyo primer proyecto ("Never been kissed", en el que la actriz encarna a una periodista que revive sus propias pesadillas cuando se infiltra en una escuela secundaria para conocer la vida de los adolescentes) ya esta en marcha.
Pero prefiere, de tanto en tanto, mirar hacia atrás y sacar una y otra vez las enseñanzas de un tiempo amargo. "En el fondo, uno siempre está buscando la aprobación de alguien, y hay que estar preparado cuando la respuesta no es demasiado grata. Mi personaje en "Por siempre..." percibe esa necesidad y, cuando recibe esa respuesta con una vida que no es demasiado grata, decide aceptar su libertad y desandar el camino. Tenia que pasar por ese rito para mirar hacia el futuro".
Drew Barrymore, que dice haber salido del infierno a fuerza de trabajo, se imagina en unos años más convertida en una actriz de comedia hecha y derecha. "Cuando era pequeña -recuerda- todos decían que iba a ser la futura Elizabeth Taylor, pero estaba siempre triste y sola. Ahora tengo ganas de hacer películas que diviertan a la gente. Quiero ser algo así como un Jim Carrey con polleras".
La chica rubia hace un nuevo mohín, sonríe y antes de despedirse dice que le agradece a Hollywood, aunque aprendió que su magia es más efímera que la del cuento de hadas que acaba de interpretar en el cine. A los 23 años acaba de empezar a reescribir su vida, y no imagina otra cosa que un final feliz.
Arte de magia
El pequeño zapato de cenicienta que luce Drew Barrymore es una de las estrellas del film. Los diseñadores de Ferragamo concibieron un producto único, con 2000 pequeñas perlas y 1000 puntos de strass. La parte superior fue hecha de seda, con bordados iridiscentes y flores de plata, y el taco luce filigranas también plateadas. Todo se confeccionó a mano, siguiendo el modo tradicional de la artesanía florentina.




