
La polémica figura del dramaturgista
Suena a "dramaturgo", pero no es lo mismo. Es un pariente cercano. "Dramaturgista" se empezó a usar aquí unos tres o cuatro años atrás. Lo oí nombrar por primera vez cuando Rosa Brill desempeñó esa tarea en la versión de "Roberto Zucco", de Koltés, dirigida por Daniel Fanego en "El Callejón de los Deseos".
El insoslayable Diccionario del Teatro, de Patrice Pavis, lo define así: "Traducción del término alemán "Dramaturg". Con él designamos la nueva figura del consejero literario y teatral vinculado a una compañía, a un director o a un responsable de la preparación de un espectáculo. El primer "dramaturg" fue Lessing: su "Dramaturgia de Hamburgo" (1767) es una compilación de críticas y reflexiones teóricas, el resumen de una tradición alemana de actividad teórica y práctica que precede y determina la puesta en escena de una obra. El alemán distingue, a diferencia del francés y del español, el "Dramatiker", el que escribe obras, del "Dramaturg", que prepara su interpretación y realización escénicas".
Conviene recordar que Gothold Ephraim Lessing (1729-1781) fue un dramaturgo alemán (también era teólogo y médico) más recordable como erudito y teorizador que como autor. Consideraba a Shakespeare el más sublime poeta del teatro y procuró convencer al público de su país de que el Bardo era el heredero directo de la doctrina aristotélica muy por encima de Corenille y Racine, a quienes estimaba perniciosos.
Tuvo, a raíz de ese criterio, un fuerte encontronazo con Voltaire, a quien conoció en la corte de Federico el Grande de Prusia. El rey, admirador rendido del filósofo francés, tomó ojeriza a Lessing y éste se marchó a Hamburgo, donde pudo desarrollar su gran obra teórica mediante el análisis de las ciento cuatro obras que aconsejó representar en el Nuevo Teatro de esa ciudad y en cuya puesta en escena intervino activamente.
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En realidad, la figura del dramaturgista no es tan nueva. En el teatro porteño existió, en su Edad de Oro, en los primeros decenios de este siglo, el director artístico de la compañía, el hombre que por lo general elegía el repertorio (de acuerdo, claro está, con el empresario o con el capocómico) y, si era necesario, adaptaba el texto. Legendarios son los nombres de Joaquín de Vedia y José González Castillo, y en épocas más cercanas el de Armando Discépolo.
Don Armando también era director de escena, aunque no siempre el dramaturgista asumía ese doble papel. En algunos casos no se ha podido nunca deslindar exactamente los territorios. Concretamente, en la famosa compañía del Odeón en los años treinta, donde el doctor Enrique Telémaco Susini figuraba como empresario y Antonio Cunill Cabanellas como director escénico.
Los franceses, según Pavis, se resisten al dramaturgista. Sin embargo, desde siempre lo han utilizado en su teatro: es notoria la costumbre francesa de adaptar los libretos extranjeros hasta transformarlos, a veces, sin demasiado respeto por el original.
En mi juventud viví una fugaz aventura escénica en el papel de un viejo notario (me caracterizaba entonces con el aspecto que tengo ahora), dirigido por Héctor Bianciotti, en "Lucha hasta el alba", de Ugo Betti, en el teatrito de la Asociación Cristiana Femenina. Al año siguiente, 1955, vi la misma obra en París: titulada "Sans amour", era tan distinta que me costó reconocerla. El conflicto subsistía, pero el "dramaturgista" (no recuerdo su nombre) había modificado y suprimido parlamentos y personajes, alterando las psicologías y, por lo tanto, las situaciones. No es éste el caso de los dramaturgistas locales, entre quienes recuerdo a Mauricio Kartun, Jorge Goldenberg, Rosa Brill y el propio Agustín Alezzo, adaptador de su versión de "Ricardo III", sobre la espléndida traducción de Cristina Piña.
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